Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Ser padres mirando para atrás



¿Cómo ser mejores padres? Aprendiendo de los antepasados.
¿Pueden enseñarnos algo las sociedades tradicionales, como las que aún se pueden encontrar en Nueva Guinea, sobre nuestro propio mundo? El antropólogo Jared Diamond parece pensar que así es, ya que de esa manera ha subtitulado su nuevo trabajo, The World Until Yesterday (Viking), es decir, “el mundo hasta ayer”, que se ha publicado esta misma semana. Célebre por su libro ganador del Pulitzer Armas, gérmenes y acero (Ed. DeBolsillo), que le permitió dar el paso de ser un experto en la vesícula biliar a una de las autoridades más reputadas (pero también más discutidas) de su campo, el biólogo y fisiólogo ha retornado a algunos de sus parajes preferidos del planeta para averiguar de qué manera se diferencian de nosotros y cómo se comportaba el hombre antes de dar su último salto tecnológico.

El hombre que señaló en Armas, gérmenes y acero que la supremacía de Occidente estaba basada en sus condicionantes climatológicos y geográficos, vuelve esta vez para investigar cuáles han sido los comportamientos más frecuentes en la crianza de los hijos hasta, como asegura el título, ayer mismo.

Sin embargo, Diamond intenta no reducir situaciones muy complejas a explicaciones sencillas, ni considerar el pasado como una Arcadia perdida donde todo era necesariamente mejor.

En muchos casos, asegura que no debemos elevar estas anécdotas a una categoría general, pero sí que pueden ayudarnos a entender mejor nuestro rol como padres.

Por ejemplo, Diamond indica que el infanticidio es una práctica mucho más común de lo que podríamos esperar, y que se utiliza tanto para acabar con aquellos niños enfermos como para poner coto a los excesos de natalidad. Algo que, obviamente, nadie sería capaz de defender en nuestra sociedad. A continuación, presentamos algunos de los descubrimientos de Diamond.

Los padres de las sociedades tradicionales protegen a sus hijos mucho más de lo que pensaríamos–Hasta los cuatro años, cuidan siempre de sus hijos.

Una de las tesis más llamativas que defiende el libro es que en las sociedades formadas por cazadores, frente a lo que cabría esperar debido a los habituales estereotipos sobre la virilidad y el machismo, los niños son consolados cada vez que lloran, son protegidos de manera muy estrecha, pasan mucho tiempo durmiendo al lado de sus padres y gozan de un gran contacto físico con sus cuidadores. ¿Sobreprotección, pues? En realidad, una manera de desarrollar la confianza y habilidades sociales de los niños. A partir de los seis años, son los varones quienes se encargan de los cuidados del niño.

–Acuden a consolar a sus hijos cuando lloran. En sintonía con el punto anterior, Diamond manifiesta que ante la polémica que tan de moda se ha puesto durante la última década y que se ha preguntado si es preferible acudir a la cuna cuando el niño se pone a llorar o es mejor esperar a que se canse, las sociedades que el autor ha estudiado lo tienen claro: se debe acudir a consolar al pequeño por la noche.

–Algunas sociedades permiten a los niños pegar a sus padres. Rápidamente, nos apresuramos a interpretar que aquellos casos en los que los pequeños agreden a sus progenitores como una señal más del exceso de libertad del que gozan los niños hoy en día, un producto directo de la decadencia de la autoridad y la jerarquía social. Sin embargo, el caso de los pigmeos kung y aka puede conducirnos a reflexionar sobre ello ya que, como cuenta Diamond, “permiten a sus hijos golpearlos e insultarlos”. Además, los padres nunca utilizan la violencia física contra ellos. La razón que esgrimen estos pigmeos es que, a esas edades, los seres humanos aún carecen de juicio y de responsabilidad sobre sus actos.

–No recurren al entretenimiento pasivo. En el mundo occidental, la mayor parte de relaciones entre padre e hijo se establecen mediante una afición común: el deporte, los videojuegos, el cine o la televisión, que permiten compartir un tiempo juntos a la vez que disfrutar de un espectáculo que no obliga a mantener durante dos horas una conversación. Diamond indica que las relaciones paterno-filiales de estas sociedades durante el tiempo libre gozan de un carácter mucho más bidireccional que implica a ambas personas. “Vemos cómo la gente que vive en sociedades pequeñas pasan más tiempo hablando que nosotros, y no gastan ningún tiempo en el entretenimiento pasivo que proporcionan elementos externos, como la televisión, los videojuegos o los libros”.

–Sus habilidades sociales se desarrollaban más rápidamente. Otra de las grandes diferencias que Diamond establece respecto a las sociedades modernas. El autor asegura que “los occidentales que visitan este tipo de tribus se sorprenden rápidamente de la capacidad que tenían los más pequeños para comunicarse con ellos y con sus iguales”.

El escritor señala la paradoja existente en nuestra sociedad contemporánea, que consiste en valorar de manera positiva las habilidades comunicativas al mismo tiempo que decimos continuamente a nuestros hijos lo que deben hacer en cada momento, limitando su iniciativa personal.

Las pequeñas tribus generan un sistema de vigilancia que hace que el crimen sea más difícil de cometer–Dejan a sus hijos campar completamente a sus anchas. Es la célebre sentencia de “déjale que haga daño, que así aprende”, llevada al extremo. Diamond asegura sorprendido cómo en una tribu de Nueva Guinea, diferente a los aka (el otro polo), la mayor parte de adultos presentaban quemaduras, cicatrices u otras heridas de guerra semejantes. La razón es que una de las leyes de la crianza era dejar a los hijos completamente solos ante cualquier adversidad, ya estuviesen estos jugando con cuchillos o internándose en una hoguera.

–La “paranoia constructiva” puede ser más útil de lo que parece. A un nivel más general, sin centrarse ya únicamente en los niños, Diamond considera que una de las diferencias sustanciales, y de las que más podemos aprender, es la que se refiere a los procesos de vigilancia y castigo, sobre todo en un momento en el que el sistema penitenciario americano está costando un gran dinero a las arcas públicas. Diamond mantiene que en las pequeñas sociedades, por su tamaño, todos se conocen mutuamente, y que ello implica una vigilancia constante en la que se busca identificar los “signos de alarma” que pueden anticipar un crimen, con el objetivo de restaurar la armonía. Y que dada la importancia del “cara a cara”, es mucho más complicado cometer un crimen. El autor indica que, mientras en nuestras sociedades damos más importancia a la marginación de los elementos perniciosos y a la restitución del daño, en las tribus tradicionales, se privilegia la reparación emocional.

–Las poblaciones que peor se alimentan no son las occidentales, sino las que acaban de adoptar ese estilo de vida. En uno de los capítulos finales del ensayo, Diamond aclara que, aunque sea cierto que el estilo de vida occidental repercute de manera significativamente negativa en la salud de la población, especialmente en lo que concierne a la obesidad y a la diabetes, no debemos generalizar. Los que más sufren estos problemas son aquellos lugares, como los países árabes productores de petróleo, que han adoptado esa forma de vida rápidamente. El biólogo argumenta que mientras los europeos hemos gozado de siglos para cambiar nuestros hábitos, estos nuevos ricos han alterado rápidamente su alimentación, por lo que su cuerpo no se ha adaptado con la misma velocidad.

Fuente: El Confidencial

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