Jueves 29 de Septiembre del 2016
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La revolución china en capital humano


La nueva revolución china está en las universidades.
La madre de Zhang Xiaoping dejó la escuela al terminar la primaria. Su padre, que tenía nueve hermanos, nunca fue escolarizado.

Pero la joven Zhang, de 20 años, forma parte de una nueva generación de chinos que aprovechan los esfuerzos del Estado para producir graduados universitarios en cantidades inauditas:

Pekín busca tener, para 2020, 195 millones de profesionales, 75 millones más que Estados Unidos y más también que cualquier otro país.

Zhang está en segundo año de una nueva universidad del sur de China y cursa una maestría de literatura en inglés. Pero su materia optativa es la cultura pop norteamericana, que absorbe de programas de TV que mira por Internet. Todo en pos de su mayor ambición: trabajar para una automotriz china y poder ofrecer la perspectiva cultural y la fluidez en inglés que la empresa necesita para abastecer a la próxima generación de taxis de bajo consumo que Nueva York planea poner en marcha en 2021. “Ése es mi sueño”, dice Zhang.

En China hay millones de estudiantes como ella, jóvenes brillantes y con aspiraciones que se convertirán en una fuerte competencia para Occidente en las próximas décadas.

China invierte 250.000 millones de dólares al año en lo que los economistas llaman “capital humano”.

Así como Estados Unidos construyó una generación de profesionales de clase media hacia fines de la década de 1940 y principios de la de 1950, con la ayuda de una ley que formó en las universidades a millones de veteranos de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno chino destina ingentes subsidios a educar a decenas de millones de jóvenes que dejan el campo para mudarse a las ciudades.

El objetivo es cambiar el sistema actual, en el que una reducida elite con formación de excelencia supervisa un vasto ejército de obreros semicalificados y trabajadores rurales.

China quiere empujar aún más su curva de crecimiento, con una enorme ampliación de su base educativa, que se parezca más a la multifacética fuerza laboral de Europa y Estados Unidos. Todavía es demasiado pronto para saber si esos esfuerzos darán resultado.

Aunque potencialmente podría incrementar el poderío industrial de China a nivel mundial, una población cada vez más educada plantea acuciantes problemas para los líderes del país.

Mientras que el ritmo de crecimiento de la economía china se desaceleró durante el último año, el país enfrenta una avalancha de profesionales recién graduados con altas expectativas y acotadas oportunidades.

Mucho depende de que el autoritario sistema político chino pueda crear un sistema educativo que aliente una creatividad y espíritu innovador de nivel internacional, tal como lo exigen las economías modernas, y de que sea capaz de generar empleos de calidad.

LAS INDUSTRIAS DE MODA
China también enfrenta formidables dificultades para lidiar con la corrupción endémica, un sistema político esclerosado, graves daños medioambientales, monopolios estatales ineficientes, entre otros problemas.

Pero si esas dificultades son superadas, una fuerza de trabajo mejor formada podría hacer que China se convierta en un enorme rival de Occidente.

“Eso ayudaría a China a avanzar en su economía, en su innovación política y tecnológica, pero la nueva clase media en ascenso también ejercerá presión para impulsar cambios de gobierno”, dijo Wang Huiyao, director general del Centro para China y la Globalización, un grupo de estudios con sede en Pekín.

El actual plan quinquenal de China, que finaliza en 2015, hace foco en siete prioridades de desarrollo nacional, varias de ellas referidas a nuevas industrias que están de moda entre los graduados universitarios de Occidente.

Se trata de energías alternativas, ahorro energético, protección medioambiental, biotecnología, informática avanzada, equipamiento industrial de punta, y los así llamados vehículos de nuevas energías, como los automóviles híbridos y eléctricos.

Al mismo tiempo, muchas grandes universidades se especializan en tecnologías existentes en las industrias chinas, que ya son un creciente desafío para los occidentales.

La Universidad Geely de Pekín, una institución privada fundada en 2000 por Li Shufu, presidente de la automotriz Geely, ya cuenta con 20.000 alumnos que estudian una amplia variedad de carreras, pero con énfasis en ingeniería y ciencias, en especial ingeniería automotriz.

Li también financió y construyó la Universidad Sanya, una institución dedicada a la enseñanza de profesiones liberales que cuenta con 20.000 alumnos, entre ellos la joven Zhang.

El creciente número de profesionales chinos es una bolsa de talentos que las empresas del mundo están ansiosas por aprovechar.

Multinacionales como IBM, General Electric, Intel y General Motors ya contrataron a decenas de miles de graduados de universidades chinas.

Las astronómicas cifras de graduados podrían hacer que el empuje educativo de China, un país de más de 1300 millones de habitantes, termine siendo imparable. En la última década, China duplicó su cantidad de universidades e institutos de formación profesional, hasta los 2409 actuales.

Al cuadruplicar el número de sus graduados universitarios en la última década, China produce ahora ocho millones de profesionales al año, tanto de universidades como de institutos comunitarios. El número ya supera holgadamente el de Estados Unidos, aunque no en porcentaje. Con apenas una cuarta parte de los habitantes de China, Estados Unidos produce cada año tres millones de profesionales.

“Estamos comenzando a ver líderes formados en China, con el talento de conducir”, dijo Kevin Tauylor, presidente de las operaciones de BT -la ex British Telecom- para Asia, Medio Oriente y África.

SIN FRONTERAS
Si el esfuerzo de China rinde frutos, el salto adelante en educación tendría una profunda influencia en una economía global en la cual una creciente cantidad de bienes y servicios cruza las fronteras nacionales.

Cada vez más, graduados universitarios de todo el mundo compiten por trabajos similares, y el boom de la educación superior en China está comenzando a poner presión en las oportunidades de empleo en todas partes, incluyendo Estados Unidos.

Se espera que hacia fines de esta década, China tenga cerca de 195 millones de graduados profesionales, comparados con los no más de 120 millones que tendrá Estados Unidos para entonces.

Por supuesto que la cantidad no es sinónimo de calidad. Y algunos expertos chinos contraponen que no hay profesores e instructores calificados para cubrir el vertiginoso aumento de la matrícula en las instituciones académicas.

“El mayor problema es encontrar buenos profesores, especialmente buenos profesores de alrededor de 40 años con buena experiencia; ellos son los docentes más buscados en China”, dijo Nathan Jiang, vicepresidente de la Universidad Geely.

Sobre todo en sectores como ingeniería, de lejos la carrera más popular en China, las empresas ofrecen mucho más a los profesores que las universidades. El sueldo básico para un docente universitario promedio está por debajo de los 300 dólares al mes, menos de lo que gana un operario de una línea de montaje.

Giles Chance, profesor invitado de la Universidad de Pekín, dijo que muchas de las decenas de millones de nuevos graduados tal vez consigan trabajo como operarios, pero que no tienen la capacitación para competir en vastos sectores de la economía norteamericana, en particular en servicios como salud, ventas y banca.

“Un graduado chino de una universidad de segunda línea no es equiparable a un norteamericano, ni por su capacidad lingüística ni por su familiaridad cultural”, dijo Chance.

La gran pregunta que se les plantea a las universidades chinas es si pueden cultivar la innovación a gran escala, para competir con los mejores y más brillantes norteamericanos en áreas como el hardware de multimedia y el software de aplicaciones, o para superar en diseño e ingeniería a los alemanes a la hora de fabricar autos resistentes y equipamiento fabril automatizado.

Si no resuelve el enigma de la innovación, China podría tener problemas para avanzar una vez que sus ventajas de trabajo de bajo costo y capital barato desaparezcan, lo que según los economistas podría suceder en unos 10 o 15 años, y posiblemente antes.

Keith Bradsherthe 
Fuente: The New York Times-La Nación

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