Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Obama: hay una brisa de esperanza


Obama 2.0.
Una brisa de esperanza sopla en EE.UU. La inauguración del nuevo mandato de Obama se produce en un momento de repunte de la economía, de apaciguamiento de los tambores de guerra, de reforma de salud, de apoyo a la educación, de regularización de inmigrantes indocumentados, de control del armamentismo doméstico y de apuesta por energías renovables.

De repente, ha surgido un Obama dispuesto a enfrentarse a un Partido Republicano que siguió una estrategia de tierra quemada, tratando de destruir por todos los medios a un Obama sospechoso de socialdemocracia, aupado al poder por una movilización popular.

Obama llegó a la presidencia en plena crisis financiera que amenazaba con ser catastrófica y que derivó en crisis industrial y de empleo. Con la guerra de Iraq aún candente, la de Afganistán fuera de control, Bin Laden y Al Qaeda boyantes y con unas fuerzas armadas superadas por el caos provocado por la pretensión de un unilateralismo planetario más allá de la capacidad de un superpoder decadente.

Las primeras medidas de Obama fueron para controlar la crisis financiera y económica aunque eso significara entregar de nuevo el poder a Wall Street y comprometer dos billones de dólares, uno para salvar a los bancos y otro para estimular la economía. Funcionó.

Se restableció el equilibrio y la economía fue recuperándose lentamente ( a diferencia de Europa), con sectores, como el automóvil, resurgiendo con fuerza como resultado de la intervención del Gobierno.

Obama lanzó un plan de inversión en infraestructuras que superó, en proporción con el PIB, la inversión de Roosevelt durante el new deal. Acabó la retirada de Iraq, atacó en Afganistán para acabar la guerra en posición de fuerza y mató a Bin Laden, descabezando a Al Qaeda. Y se la jugó a fondo en la reforma del sistema de salud, su obsesión.

Pero cometió un error decisivo que ralentizó sus reformas y dio pie a una oposición populista financiada por grandes corporaciones y alimentada desde la extrema derecha. Quiso unir al país por encima de divisiones partidistas. Y malgastó 18 meses de su mandato en intentar consensuar políticas con dirigentes republicanos envalentonados con su control de la Cámara de Representantes en las elecciones del 2010. Algo así sucedió con los poderes fácticos: Wall Street, que, tras ser salvado, quiso volver a sus privilegios. Y los pretorianos de las guerras: Petraeus y McChrystal sobre todo, que trataron de seguir hasta la victoria total.

A trancas y barrancas, Obama superó la mayoría de estos obstáculos, forzó al retiro a McChrystal, mientras Petraeus (hábilmente promocionado por Obama a jefe de la CIA) se autoliquidó por un asunto de faldas aún no aclarado en sus implicaciones de seguridad, Wall Street tuvo que aceptar una reforma moderada de sus prácticas abusivas, la reforma de salud siguió adelante y, sobre todo, Obama derrotó claramente a los republicanos en la elección presidencial. Como consecuencia, el famoso Tea Party ha desaparecido prácticamente, los republicanos carecen de liderazgo y están profundamente divididos entre los fundamentalistas de la moral, los fundamentalistas del mercado y los políticos que intentan sobrevivir pactando con Obama.

Y este es el momento, en el inicio del segundo mandato, en que un Obama que superó la ingenuidad de querer unir a todos pasa al ataque. Decidió que unir a la gente sí, pero a los partidos no.

Así que en lugar de negociar en los pasillos de Washington, moviliza su apoyo popular para avanzar de forma decisiva en temas clave, usando si es necesario decretos presidenciales sin pasar por el Congreso. De momento la nueva actitud ofensiva ha conseguido que los republicanos apoyaran la subida de impuestos a los ricos (más de 450.000 dólares anuales) y a las ganancias de capital, algo inédito en tiempos recientes.

Y es que el déficit público es la gran amenaza de la economía y Obama, más coherente que los europeos, piensa que esto sólo se soluciona a corto plazo con subidas de impuestos y a medio plazo con crecimiento económico estimulado por gasto público. Ahora está consiguiendo que se autorice el aumento del endeudamiento público para disponer de recursos.

Y si el Congreso cierra el grifo pondrá presión desde la sociedad, con la ayuda de la Organización para la Acción, la asociación de base formada en la campaña de Obama para apoyar las iniciativas presidenciales. Más aún: Obama va a enfrentarse por fin al lobby pro armas y va a proponer una serie de medidas, empezando por la verificación de identidad de los compradores de armas y siguiendo por el control de municiones, contando con la presión ciudadana sobre sus representantes. Y el gran proyecto de futuro: legalizar a 11 millones de indocumentados creando una masa de futuros votantes, sobre todo hispanos, que recordarán en su voto a quien les permitió sentirse estadounidenses.

Tras cerrar el vergonzoso capítulo de Iraq, Obama se apresta a terminar la intervención en Afganistán en el 2014, y a evitar en el futuro iniciar guerras sin sentido, lo que incluye negociar con Irán hasta el final, aunque no podría evitar una acción armada si hubiese una confrontación entre Israel e Irán. Pero se acabaron el unilateralismo y la amenaza de intervención. Obama no renuncia a su poder geopolítico, entre otras cosas porque no se fía de China, Rusia, Irán, Corea del Norte, ni de las redes terroristas activas. Pero utilizará información, tecnología ( drones), logística y diplomacia activa en lugar de invasiones destructivas e indiscriminadas.

No vamos a un mundo en paz, porque no lo está, pero sí a una política de contención de riesgos al menor coste económico y humano.

En fin, con respecto a Europa, Obama tiene dos obsesiones: estabilizar la economía española y convencer a Merkel de que pase de la austeridad al crecimiento. De momento, su contribución a la salida de la crisis se centra en reducir la deuda de EE.UU. y hacer crecer su economía.

Paz y crecimiento en lugar de guerra y crisis. Hay una brisa de esperanza.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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