Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Obama renueva la esperanza en el mundo


Obama llena de optimismo el futuro de Estados Unidos.
Barack Obama marcó ayer un tono mucho más progresista para su segundo mandato con un discurso en el que anticipó un futuro distinto y mejor, en el que haya verdadera igualdad de oportunidades, sin discriminaciones sociales ni ventajas legales que favorezcan el éxito de algunos a costa de la perenne marginación de otros, un futuro en el que los grandes valores en los que se fundamenta este país estén realmente al servicio del más humilde sus ciudadanos. “Respondamos a la llamada de la historia e iluminemos el incierto futuro con la preciosa llama de la libertad”, dijo el presidente tras prestar juramento para un nuevo mandato de cuatro años.

Decir a estas alturas que un discurso de Obama fue emocionante puede parecer redundante. En realidad, nadie esperaba mucho de este discurso, en un tiempo en el que hacen falta más obras que palabras.

Pero Obama sorprendió con un discurso verdaderamente emocionante, en el que les recordó a las 600.000 personas presentes en la calle y a los 311 millones de estadounidenses las buenas razones que tienen para estar orgullosos de serlo.

Y, sobre todo, la enorme oportunidad de que disponen de mejorar aún mucho más su país, dignificándolo, modernizándolo, asumiendo los retos que presenta esta nueva época y extendiendo lo más posible los sueños que movieron a los padres fundadores.

Más importante aún, este fue un discurso que definió a Obama como pocos que haya pronunciado hasta ahora.

Fue un discurso que sitúa al presidente en un rumbo claro, el de la paz y la justicia social, y un discurso que algún día permitirá, quizá, referirse al mandato de Obama como aquel en el que se intentó reducir las diferencias entre los norteamericanos y el país ganó unidad y fe en su destino como una fuerza para el bien, como “una fuente de esperanza para los pobres, los enfermos, los marginados, las víctimas de prejuicios”.

Aunque este no era el momento por eso –lo será el discurso sobre el estado de la Unión, el próximo 12 de febrero-, hubo algunas referencias a objetivos concretos e inmediatos. La más clara fue la promesa de “responder a la amenaza del cambio climático”. “Algunos pueden todavía negar el contundente juicio de la ciencia”, dijo, “pero nadie puede evitar el devastador impacto de los incendios masivos, las monstruosas sequías y las tormentas más poderosas”. Advirtió que “el camino hacia las fuentes de energías sostenibles será largo y a veces difícil”, pero añadió que “EE UU tiene que estar al frente”.

Obama habló también de la necesidad de completar el trabajo para la igualdad de las mujeres, de los homosexuales –“si realmente somos creados iguales, el amor que cada uno le ofrece a otro también debe de ser tratado por igual”- y aludió a la reforma migratoria al declarar que “nuestro viaje no habrá terminado hasta que encontremos una mejor forma de acoger a los esforzados y esperanzados inmigrantes que todavía ven América como la tierra de las oportunidades”.

Por encima de compromisos sobre lo que estará en su mesa de trabajo en estos próximos cuatro años, Obama hizo ayer una defensa de su modelo de país y de su visión de hacia dónde lo quiere conducir. Son, por supuesto, solo palabras. Palabras que hoy mismo chocarán con la realidad de un momento político extremadamente polarizado y de la mediocridad y el egoísmo de quienes defienden sus particulares intereses día a día.

Pero, si el mundo vive hoy, entre otras muchas cosas, una crisis de confianza, las palabras pueden ayudar, al menos, a enfocar de forma más precisa la búsqueda de soluciones.

El modelo que Obama mostró, la tarea que ofreció a lo que llamó en término kennedyanos “nuestra generación”, es la de “hacer realidad para cada norteamericano los valores de vida, libertad y búsqueda de la felicidad”. ¿Cómo se hace eso? Con unidad –“preservar nuestra libertad individual requiere en última instancia una acción colectiva… tenemos que actuar como una nación, como un pueblo”-, con fe en el poder transformador de una sociedad –“ustedes y yo, como ciudadanos, tenemos el poder de marcar el rumbo de este país”- y con tolerancia hacia las ideas de los demás –“no podemos confundir los principios con el absolutismo”.

Obama en el ámbito doméstico por un país más igualitario, un país “que no puede triunfar cuando a muy pocos les va muy bien mientras que a una mayoría cada ve mayor les va cada vez peor”, unos EE UU en los que “cada persona encuentre independencia y orgullo en su trabajo, en el que los trabajadores honestos reciban un salario que pueda sacar a sus familias del sufrimiento, en el que una niña nacida en la más sombría pobreza sepa que tiene las mismas oportunidades que cualquiera”.

Y en el ámbito internacional, Obama se situó de forma más decidida a favor de la búsqueda de la paz. “Creemos que la paz y la seguridad verdaderas no requieren una guerra perpetua”, afirmó.

“Demostraremos el coraje”, añadió “de tratar de resolver nuestras diferencias con otras naciones pacíficamente, no porque seamos inocentes sobre los peligros que nos acechan, sino porque creemos que el entendimiento puede eliminar de forma más duradera las sospechas y los miedos”.

Será la última vez que Obama hable desde la escalinatas del Capitolio. En cuatro años EE UU tendrá otro presidente. Pero el actual aprovechó esta última oportunidad para dejar un mensaje que, con opiniones a favor y en contra, resonará por mucho tiempo.

Antonio Caño
Fuente: El País

1 comentario

  1. Lic. Alfonso Germán Arreola Responder

    El Presidente Obama, tiene buenos propósitos, y requiere de la participación del mayor numero posible, tanto de su país como del mundo, para acabar con las guerras, el desperdicio, la contaminación y el desempleo.
    Lo positivo y lo negativo de un país, se mide por el numero de pobladores que actúan de una otra manera, y ya es tiempo de dejar de hablar de países ricos y pobres, para empezar a hablar de los que son ejemplo de solidaridad, educación, y planes positivos para el corto, mediano y largo plazos.

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