Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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El poder de mil millones de mujeres que viven en la India y en China


Milagros económicos sin mujeres.
Es un cliché hablar de la India como una tierra de contradicciones, pero es también una verdad fundamental. Este es, por ejemplo, un país en el que las mujeres han ocupado los más altos cargos políticos (Indira Gandhi se convirtió en la segunda mujer en el mundo en encabezar un gobierno en 1966), han logrado los premios literarios más prestigiosos del planeta (las escritoras Arundhati Roy y Kiran Desai han ganado ambas el premio Booker) y se han situado entre sus principales líderes empresariales (Kiran Majumdar Shaw, por ejemplo, dirige la compañía de biotecnología más importante de la India: Biocon).

Yo misma me crie en la capital de India, Nueva Delhi, en un entorno que era en su mayor parte ajeno a las diferencias de género. Recibí la mejor educación en las instituciones más elitistas del país, donde los niños y las niñas asistían en cantidades similares y las niñas superaban a los niños en resultados académicos. Mis compañeras de clase han continuado sus carreras trabajando como periodistas en los vibrantes medios de comunicación electrónicos del país, dominados por las mujeres, como abogadas de éxito o como activistas de la sociedad civil.

Yo estoy casada con un español y he vivido y trabajado en China, Bruselas y Yakarta, con libertad y sin ninguna objeción por parte de mis padres. Esto forma parte de la realidad de la India contemporánea para un sector de su población.

Pero la mayor democracia del mundo es también un país donde un patriarcado profundamente arraigado, en combinación con una extendida pobreza, han creado una sociedad enormemente misógina.

Casi un 40% de las mujeres siguen siendo analfabetas, algo que les priva del más fundamental control sobre sus vidas. El país ha visto desaparecer a millones de niñas, ya sea por abortos realizados cuando eran fetos, o por muertes sucedidas antes de alcanzar a cumplir un año debido a negligencias en su cuidado asociadas al género. La violencia contra las mujeres en forma de violaciones y acoso relacionado con la dote está también muy extendida.

De modo que a pesar del alto perfil de algunos ejemplos de mujeres que se mueven en la esfera pública, la tasa de empleo femenino de India es de un mero 29% del total de la población femenina en edad de trabajar (de 15 a 64 años).

A India y su vecino del norte China a menudo se les incluye en el mismo saco como ejemplos de países asiáticos que están marcando un giro cada vez más acusado hacia el Este en el equilibrio estratégico global de poder.

Pero de hecho China está muy por delante de India en prácticamente todos los parámetros del desarrollo, desde su participación en el comercio mundial y su infraestructura hasta el empoderamiento de las mujeres.

Esta última diferencia es inmediatamente palpable. Ver a mujeres en lugares de trabajo es mucho más habitual en Pekín que en Nueva Delhi. Cuando me mudé a la capital china en 2002 inmediatamente me chocó que las mujeres que conducían autobuses y taxis o trabajaban como policías fueran una visión común.

En contraste, gran parte de la vida diaria en India se desarrollaba bajo la premisa de que simplemente no se podía esperar que los hombres contuvieran sus deseos sexuales cuando se relacionaban con mujeres, y de que éstas tenían constante necesidad de proteger su virtud frente a hombres salvajes y violentos.

En los aeropuertos indios no solo los controles de seguridad para las mujeres eran realizados a su vez por mujeres sino que también se llevaban a cabo en cubículos separados, totalmente aislados con cortinas. En las calles indias no solo las mujeres no conducían autobuses, sino que se sentaban en secciones especiales separadas y reservadas solo para ellas.

Estas observaciones empíricas eran confirmadas por las estadísticas. Los niveles de alfabetización de las mujeres en China alcanzaban un elevado 91,4%. La tasa de empleo femenino en este país casi triplica la de India (y supera la media mundial) situándose apenas por debajo del 70%.

Según el Informe de Diferencias de Género 2011 del Foro Económico Mundial, India se situaba en el puesto 113 entre 135 países, en comparación con el 61 de China. El índice medía las diferencias de género de los países en términos de educación, salud, poder económico y empoderamiento.

Los grandes pasos que las mujeres chinas han dado desde los días en que sus pies debían sufrir fracturas y ataduras para reducirlos hasta un tamaño diminuto que los hombres consideraban bonito, constituyen un tema complejo, atribuible en parte a la revolución comunista. En teoría al menos la igualdad de los sexos era parte integrante de la ruptura con el pasado del país que los comunistas habían intentado crear.

Bajo el gobierno de Mao (quien pronunció la famosa frase: “las mujeres sostienen la mitad del cielo”), por primera vez se concedió a estas el derecho a divorciarse y a poseer tierras.

Se erradicó la costumbre de vendar los pies y se declaró ilegal la venta de novias y el concubinato. Las mujeres siguieron sufriendo las privaciones y restricciones de ese periodo, al igual que lo hicieron los hombres, pero por primera vez se educó a la gente en la creencia de la igualdad de géneros.

En el extensísimo corazón de la China interior las ventas de novias nunca desaparecieron totalmente e incluso hoy esta práctica sobrevive en las zonas rurales. Las concubinas en su sentido tradicional pueden haber dejado de existir pero en la nueva China de reemergente riqueza y privilegio, la práctica de mantener amantes ha reemergido también, al igual que la prostitución.

No hay mujeres en los escalones más altos del poder político chino (algo ejemplificado por el comité permanente de nueve miembros del politburó). La élite empresarial y científica del país continúa también siendo de dominio masculino. Y, lo que resulta más preocupante, el ratio de sexo en China es ligeramente peor que el de India, situándose en aproximadamente 119 niños por cada 100 niñas.

Normalmente se culpa a la tristemente célebre política del hijo único implementada por Pekín de este desequilibrio entre géneros. Durante más de tres décadas la mayoría de las familias de zonas urbanas y muchas de las de zonas rurales se han visto limitadas por ley a tener un solo hijo. La tradicional preferencia hacia los varones, unida al uso de la tecnología de ultrasonido, ha conducido, al igual que en India, a la generalización del aborto de fetos femeninos.

Pero los efectos de la ingeniería demográfica de China no son una cosa de blanco y negro cuando hablamos del empoderamiento de géneros.

Se puede afirmar que una de las razones de que la situación de las mujeres sea comparativamente mejor en la China urbana es también la política de hijo único.

Liberadas de la carga de criar a varios niños, las mujeres chinas son capaces de participar más fácilmente en el mercado de trabajo. Además, los padres tienden a gastar todos sus recursos en el único hijo que se les permite tener, independientemente de su sexo.

La política de hijo único es normalmente considerada una violación de los derechos humanos básicos y yo tendía a estar de acuerdo con esto. Pero me vi desconcertada cuando tuve la oportunidad de conversar con un grupo de mujeres indias, líderes de pequeñas poblaciones, durante un tour por China hace unos años.

Muchas de ellas provenían de las zonas más pobres de India y argumentaban que la política de hijo único era en realidad una medida de empoderamiento.

“Si en la India también hiciéramos obligatorio tener un solo hijo, ¿qué no podrían lograr las mujeres?”, preguntaba Preeti Coudhary, la única mujer miembro del consejo de su aldea del Estado de Haryana, en el norte del país. Eso me dio qué pensar.

Para muchas mujeres indias la vida era obviamente tan dura que el verse obligadas a limitarse a tener un solo hijo en realidad contribuiría a mejorar su calidad de vida. Pero incluso en ausencia de una ley semejante, la suerte de las mujeres indias estaba mejorando gradualmente. El nivel de alfabetismo era un claro ejemplo, con especiales avances entre niños en edad escolar, de modo que aunque los índices de alfabetización femeninos en su conjunto eran todavía pésimos, la alfabetización femenina en la .

Las necesidades de la nueva economía han abierto también la opción de muchas más profesiones para las mujeres de pueblos y ciudades pequeñas, por ejemplo en el comercio y la banca.

India y China son con frecuencia aclamadas como la ejemplificación de los milagros económicos del siglo XXI. Y es cierto que el reciente crecimiento económico en estos Estados ha ayudado a cientos de millones de personas a salir de la pobreza. Pero cualquier comentario sobre milagros debe ser atenuado antes las continuas privaciones a las que cientos de millones de mujeres más se enfrentan en esas naciones.

No hay manera de imaginar cuán más milagrosos podrían ser su crecimiento y su desarrollo si fueran capaces de liberar y aprovechar las capacidades y fortalezas de los más de mil millones de mujeres que viven en los dos países.

Pallavi Aiyar
Fuente: FP en español

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1 comentario

  1. La revolución de la mujer asiática. | En Positivo :: Buenas noticias e ideas positivas Responder

    […] marcar un hito que reclama ya la sociedad.Zigor AldamaFuente: El PaísFotos: Reuters, APLeer más:Mujeres en la India y en ChinaEn Positivo no se identifica necesariamente con los artículos y opiniones publicadas en la […]

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