Martes 27 de Septiembre del 2016
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Obama es el favorito del mundo


¿Por qué el mundo va con Obama?
Una amiga estadounidense activa en la campaña de Barack Obama me escribió desde Washington esta semana lamentándose de que los extranjeros no puedan votar en las elecciones que se celebrarán pasado mañana en su país. “Ganaríamos por goleada”, dijo. Hay datos que la avalan.

Un artículo en The Washington Post hace un par de semanas afirmó que Obama gozaba de “una amplia popularidad” en el resto del mundo, especialmente en Europa.

“Desde las Highlands de Escocia hasta el tacón de Italia todo es territorio Obama”, dijo el Post. “Una encuesta el mes pasado de la Marshall Fund de Alemania indicó que el 75% de los europeos estaba a favor de Obama contra un 8% que iba con Romney”. Incluso los líderes conservadores de Europa han demostrado ser partidarios de Obama, señaló el Post, entre otras cosas porque razonan que asociarse con él mejora su imagen ante sus propios votantes. Mariano Rajoy, por ejemplo, se hizo la foto en septiembre con Obama pero se negó, cuando se le presentó la oportunidad, en Londres en julio, a hacérsela con Romney. Boris Johnson, el alcalde conservador de Londres y probable futuro líder de su partido, menospreció al candidato republicano en las vísperas de los Juegos Olímpicos refiriéndose a él como “un tipo llamado Mitt Romney”.

En cuanto a Asia, una encuesta reciente mostró que el 86% de los japoneses y el 63% de los chinos respaldaban a Obama. Podemos suponer, sin necesidad de más encuestas, que el apoyo se extiende más allá de Europa a África, a América Latina, a los países musulmanes.

La derecha israelí, cortejada sin disimulo por Romney, sería la clara excepción a la regla, pero por lo demás cabe poca duda de que Obama es el candidato favorito del mundo.

¿Por qué? Cada país tendrá sus razones. Pero en el fondo se reduce a lo siguiente: Obama pertenece de manera más reconocible al resto del planeta Tierra que Romney; sus valores, siendo más tolerantes, son más inclusivos; vive menos encerrado en aquella estrecha y autosatisfecha isla mental —excepcionalismo americano, la llaman— habitada por su rival y los que votarán por él.

Entrar en los detalles políticos y económicos que definen y dividen a los dos candidatos presidenciales no sería, en este amplio contexto, relevante. En general la gente fuera de EE UU (y muchos dentro, pero esa es otra cuestión) no sigue los pormenores de la campaña presidencial, pero sí les interesa quién va a ganar.

Sienten, de manera intuitiva pero también por algunos hechos concretos, que Obama tiene más sensibilidad por lo que ocurre en el resto del mundo y, como consecuencia, representa menos peligro para todos.

Sobre la mayor amenaza que late sobre Oriente Próximo hoy día, una posible guerra con Irán, Romney se ha posicionado incondicionalmente al lado del belicoso primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, con quien Obama ha preferido mantener las distancias.

Hay una cosa en la que Obama y Romney están de acuerdo. Chocan en cuanto a la economía, la sanidad pública, el aborto, la homosexualidad, el medio ambiente, pero algo que no deja de hacer ninguno de los dos es recordar a sus ciudadanos que viven en el mejor país del mundo, el más rico, el más fuerte.

No hablan casi nunca de política exterior en sus campañas porque saben que a pocos de sus compatriotas les importa, y a los votantes indecisos menos. Pero ambos se hacen eco en sus discursos de la famosa frase de Thomas Jefferson, que Estados Unidos representa “la última y la mejor esperanza para la humanidad”. Tienen que hacerlo. Esta fe y este optimismo son los sellos de identidad de la gran mayoría de los votantes.

Pero Romney se lo cree más que Obama, cuyo padre era keniano, que pasó parte de su infancia en Indonesia y está más dispuesto a reconocer lo complejo y variado que es el mundo en el que vivimos, a respetar más a los que no han nacido en EE UU.

Y el mundo lo agradece, aunque eso no signifique que en caso de ser reelecto se den las circunstancias para otra guerra. La diferencia es la sensación que da Obama de que antes de actuar se lo pensaría dos veces, y con bastante más criterio que su rival.

Por tanto, es lógico que el mundo no solo se interese por la contienda entre Obama y Romney, sino que tome partido. EE UU puede o no ser el mejor país de la historia, pero es sin duda el más influyente. Debido a los límites —la división de poderes— que le impone la Constitución, el presidente tiene más libertad para incidir en las vidas de gente fuera de su país que dentro (si lo dudan, pregunten en Pakistán o Irak o Irán o Palestina o Israel, lugares cuyos destinos, por cierto, nos afectan a todos).

Por eso hay cierta lógica en la idea de mi amiga en Washington de que el resto del mundo debería poder votar en las elecciones de su país. No va a ocurrir, con lo cual este martes estaremos a la merced de millones de personas que sienten mínimo interés por cómo somos o qué pensamos. La abrumadora mayoría iremos con Obama porque sabemos que él y los suyos se interesan un poco más.

John Carlin
Publicado en: El País

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