Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Elecciones en Cataluña, del nacionalismo catalán a el nacionalismo español


Nacionalismo.
Hoy es un buen día para rescatar el ensayo sobre el nacionalismo del autor que recibió una bala franquista en el cuello durante la guerra civil española y después escribió Homenaje a Cataluña. En sus Notas sobre el nacionalismo George Orwell explica que no se limita a la conexión entre identidad política y el accidente de haber nacido dentro de un determinado territorio geográfico.

Para Orwell el nacionalismo abarca mucho más; es un estado mental inflexible y poco racional, muchas veces auto engañoso e hipócrita, siempre competitivo y en su esencia —aunque el término no estaba tan en boga en sus tiempos como ahora— racista.

“Por nacionalismo quiero decir, primero, el hábito de suponer que los seres humanos pueden ser clasificados como insectos y que bloques enteros de millones o decenas de millones de personas pueden ser clasificados con certeza como buenos o malos”, escribe Orwell. “Pero segundo —y esto es mucho más importante— me refiero al hábito de identificarse con una sola nación u otra unidad, colocarla más allá del bien y del mal y no reconocer ninguna otra obligación más allá de la de promover sus intereses”.

El escritor británico detecta estas actitudes tanto en los ideólogos de la derecha y de la izquierda como en los fanáticos religiosos, pero lo interesante hoy, precisamente, es ponderar lo útil que pueda ser su ensayo como definición de las expresiones cada día más extremas del nacionalismo catalán y de lo que en Cataluña llaman “el nacionalismo español”.

Pasa el tiempo y uno ve como el discurso de ambos va encajando, cada día más, con estas dos precisiones orwellianas. Los independentistas catalanes clasifican a “los españoles” —o a los andaluces o a los extremeños— como si cada uno de ellos no fuera un individuo único y soberano; sus enemigos en el resto de España clasifican a “los catalanes” con el mismo deshumanizante desdén. Cada uno entiende sus obligaciones e intereses en función de los prejuicios que le han inculcado y se muestra incapaz —o no tiene la más mínima voluntad— de intentar meterse en la piel del otro.

Como entendería Orwell si estuviera vivo, y como muchas veces se ha dicho, la guerra civil española aún no ha terminado; los hábitos mentales de aquellos tiempos perduran y el diálogo de sordos sobre el tema nacionalista sirve como buen ejemplo. Se eleva y se eleva la temperatura de la discusión, se impone el conflicto sobre el debate, la emoción sobre la racionalidad y la posibilidad de llegar a soluciones pragmáticas, basadas en un sobrio análisis de las aspiraciones o los temores del otro, se esfuman.

Lo que brilla por su ausencia es el respeto mutuo. Empatía: nadie parece entender el significado, o el valor, de la palabra, mucho menos los dirigentes políticos.

La regla parece ser que el chilla más alto será el ganador. El objetivo es negar lo que es real para el otro, hacer que desaparezca como por arte de magia, pero lo que ocurre es que se echa más leña al fuego, se genera mayor antagonismo. Esta ha sido la consecuencia de prácticamente todas las declaraciones sobre la cuestión catalana provenientes del Gobierno de Mariano Rajoy (“españolizar a los catalanes”, etcétera) desde la enorme manifestación independentista en Barcelona del 11 de septiembre. Cuatro meses antes se oyó a Esperanza Aguirre, entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, pedir que se suspendiera la final de la Copa del Rey entre el Barcelona y el Athletic Bilbao porque los aficionados iban a pitar el himno nacional. No se suspendió y lo pitaron; pero si se hubiera suspendido el sentimiento independentista se hubiera inflamado más, no al revés.

La realidad es que el mayor aliado que tiene el independentismo catalán, más influyente que Convergència i Unió o Esquerra Republicana sobre los corazones y las mentes de la población, es el gobierno del PP.

El peor aliado sería un gobierno nacional dispuesto a reconocer que el impulso secesionista responde a emociones reales y se debe tomar en serio, que merece una respuesta medida y respetuosa, abierta al diálogo. Partiendo, por ejemplo, del reconocimiento de que el catalán es un idioma auténticamente nacional hablado por muchos millones de españoles y que no se emplea, como algunos españoles fuera de Cataluña parecen creer, “solamente para joder”.

Por el otro lado se podría hacer un esfuerzo para reflexionar sobre la arraigada noción de que “los catalanes somos superiores al resto de los españoles” o preguntarse, suponiendo que sea verdad que sin Cataluña serían más pobres aquellos seres humanos que por las cosas del destino nacieron en otra región de España, si éste es un tema digno de interés o compasión. Aunque como dice Orwell, según su definición del pensamiento “nacionalista”, “la lealtad es el tema, y la compasión deja de operar”.

Orwell reconoce al final de su ensayo que “estos odios y amores nacionalistas forman parte de lo que la mayoría somos….nos guste o no”.

Es decir, no se trata de una cuestión meramente española; es un síntoma del subdesarrollo de la civilización humana. Pero se puede hacer “un esfuerzo moral”, propone Orwell, para que nuestros inevitables impulsos emocionales no contaminen nuestros procesos mentales.

Una modesta propuesta (vivo en Cataluña, soy de familia madrileña y conozco un poco el tema) para iniciar el recorrido por este camino: ¿por qué no intentamos moderar un poco el lenguaje cuando hablamos de los “catalanes” o “los madrileños” o “los andaluces”? ¿Por qué no considerar racistas no solo a los que insultan a los negros, o a los musulmanes, o a los “sudacas” o a los judíos sino también a aquellos que denigran los que han nacido dentro del territorio español?

Se daría un pequeño paso adelante, quizá, si en la cultura española esto fuera mal visto también.

John Carlin
Publicado en: El País

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3 comentarios

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