Domingo 25 de Septiembre del 2016
Google+ Pinterest
sponsors 1; 2; 3; 4

No entendemos nada de lo que significa todo lo bello que nos rodea


Fatal arrogancia.
De vez en cuando, sin pedir permiso, la naturaleza llama a la puerta y nos sorprende haciendo la siesta. Y entonces, sin previo aviso, se alzan los mares, se quiebran los suelos, ruge el fuego de las entrañas, danzan enloquecidos los vientos, y el ser humano descubre su tremenda fragilidad.

Incluso allí donde nuestra arrogancia creyó tocar al cielo subida en altivas montañas de hierro, los vientos nos recuerdan que cualquier azar natural domina por encima de nuestras quimeras.

Cuando ello ocurre y nos llegan las imágenes de grandes avenidas anegadas de agua, o de rascacielos mutilados o de miles de personas buscando refugio, volvemos a nuestra minúscula dimensión, y quizás por un tiempo recordamos que somos una vulnerable casualidad.

Supongo que como a todos, también a mí me impacta esa naturaleza desatada que juega al azar con nuestras vidas.

¡Pobres de nosotros, que en nuestra soberbia solemos creer que podemos tutearnos con ella! Y ni tan siquiera hemos aprendido la primera letra del abecedario. En realidad, nunca existió la gramática…

En momentos así, viendo a la gran Nueva York momentáneamente derrotada, o rebuscando en la retina cualquier otra catástrofe natural, no puedo evitar pensar en nuestro maltrato a la Tierra.

Hay una frase de Víctor Hugo que me gusta especialmente: “Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla, mientras el género humano no la escucha”.

A excepción de cuando la naturaleza ruge, que entonces sí la escuchamos y a la fuerza recordamos que su rugido es temible. En su maravillosa película Lo imposible, José Antonio Bayona retrata con maestría ese autismo en el que vivimos los humanos, ajenos al pálpito del planeta. Es el momento en que todos están a sus cosas, el niño con su pelota, la madre buscando una hoja perdida de un libro, el padre con los otros hijos, la vida mirando hacia adentro… y de golpe el mar se agiganta y engulle el mundo.

Y los seres humanos se convierten en pequeñas motas de polvo intentando sobrevivir. Por supuesto, la humanidad no tiene la culpa de esos momentos de locura de la naturaleza, tan impredecibles como inevitables.

Pero tenemos la culpa de no valorar el extraordinario planeta en el que vivimos e, incapaces de ver su grandeza y nuestra pequeñez, nos otorgamos el derecho de reinar sobre él despóticamente. ¡Cuánto maltrato, cuánta soberbia, cuánta ingratitud, cuánto egoísmo! Y cuánta ceguera, incapaces de entender que su maltrato es nuestra perdición.

“O cambiamos de conducta o cambiamos de planeta”, dijo alguien en algún lugar.

Probablemente no haremos ni una cosa ni la otra, porque somos jinetes sin otro objetivo que cabalgar indolentes e insatisfechos. Y no entendemos nada de lo que significa todo lo bello que nos rodea. Es por ello que, en lugar de amar el sonido de la naturaleza cuando nos canta, sólo la escuchamos cuando grita enloquecida.

Pilar Rahola
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>