Jueves 29 de Septiembre del 2016
Google+ Pinterest
sponsors 1; 2

Licenciados que recuperan la vida en el campo


Los licenciados se van al campo.
La tierra se ha convertido en el sustento de multitud de licenciados españoles. Después de años en los que muchos jóvenes veían la actividad agrícola y ganadera con desinterés, la política de austeridad extrema a la que está sometida España, y sus devastadoras consecuencias, ha propiciado que un número creciente de jóvenes con estudios superiores recurran al campo como salida profesional, en un movimiento que nunca antes se había dado en nuestro país. Ni de esta forma ni, desde luego, con esta intensidad.

Los números que maneja Asaja (Asociación Agraria de Jóvenes Agricultores), y que cita su presidente, Pedro Barato, muestran que en los últimos cinco años 2.500 jóvenes se han incorporado al campo en Castilla y León mientras que en Castilla-La Mancha, entre 2000 y 2010, fueron 8.764. Crecen con fuerza las vocaciones agrarias, en parte debido al desplome del ladrillo, en parte a la necesidad. Pero hay más razones.

“La gente quiere trabajar en una actividad basada en la economía real, y además, vivir en el campo es algo más económico que en una ciudad”, reflexiona Pedro Barato. “Aunque lo que de verdad buscan es una vida diferente”. Por eso, este experto cree que “llegan aires nuevos a la agricultura”.

Estos vientos proceden también de la Unión Europea, donde la tasa media de incorporaciones sobre la población agrícola es del 6,4% frente al 4% español. Así que este movimiento de retorno —que también vive Portugal— aún tiene margen para crecer más en España, evidenciando que el sector está inmerso en pleno cambio estructural. Tanto es así que ya van surgiendo algunas evidencias de esta transformación. “La superficie fresera en Huelva ha aumentado esta campaña como consecuencia de los licenciados que han vuelto al campo”, asegura Eduardo López, responsable de relaciones laborales de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG).

De directivo a productor
Juan Luis González ha interiorizado los nuevos valores del campo. Un amago de infarto con solo 41 años le mostró que quizá estaba escogiendo el sendero equivocado. Cuando su corazón le avisó era director general de la firma de neumáticos Goodyear Dunlop, y de él se esperaba la trayectoria de quien se deja más de diez horas al día en un despacho. “Pero se acabó. Tras el gran susto, pensé: ‘Tengo que hacer algo diferente; tengo que reinventarme”. Y lo hizo en el campo. En concreto, en Palma del Río (Córdoba) y entre naranjos (200 hectáreas). Desde hace un año produce tres millones de kilos de naranjas en esas tierras, que vende sobre todo usando la Red, y de esta forma da continuidad —a través de su empresa Orange3— a la cuarta generación de agricultores en su familia. Y cuenta, con entusiasmo, que del corazón va fenómeno.

Y a la vez algunos lugares comunes van cayendo. Si el canon tradicional nos habla de un agricultor español generalmente varón, envejecido (según el INE, hay 167.000 agricultores que tienen más de 49 años) y poco identificado con las tecnologías de la información o con las nuevas técnicas agrícolas, casos como los de Miguel Minguet, Juan Luis González, María del Mar Ferral o Miren Belate avanzan que, poco a poco, otro tipo de agricultores buscan su lugar en nuestros campos.

Incluso ya hay quien le ha puesto nombre a este movimiento: “nuevo campesinado”. Así lo narra Gustavo Duch, coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, que además traza el retrato de estos nuevos campesinos. “Estas personas que vuelven al campo creen en explotaciones pequeñas y sostenibles cuya base son los cultivos ecológicos.

Además no quieren utilizar las subvenciones agrícolas europeas o depender de las grandes superficies para vender sus productos; buscan el contacto directo y la distribución por Internet”.

Miguel Minguet es un joven (37 años) ingeniero industrial formado en Inglaterra que ha encontrado en el arroz su espacio profesional. Cultiva 16 variedades diferentes en el parque nacional de la Albufera (Valencia), y “en su vida pasada” había sido consultor en tecnología; de hecho, llegó a trabajar para la compañía automovilística Ford. Pero en 2008 tuvo que tomar una decisión. O se reincorporaba a la explotación familiar, en ese privilegiado paisaje de Valencia, o cerraba. Su padre se hacía mayor y había que buscar el recambio. Cuatro años después recoge un millón y medio de kilos de arroz gourmet bajo el paraguas de Sivaris. “Hay mucha gente joven que está volviendo al campo, pero hay otra que, simplemente, no se ha ido”, afirma Minguet.

Este sentido de pertenencia o de anclaje a un entorno geográfico, pero también cultural, habita en Miren Belate. Una pamplonesa de 32 años que desde 2009 tiene en Ilarregui (Navarra) una explotación de 40 hectáreas con 75 vacas lecheras. En estos verdes y escarpados predios produce al año 340.000 litros de leche, que vende íntegramente a Danone. Para ella, “el trabajo es vida, y la ganadería es vida feliz”, resume enérgica.

Atrás ha dejado cuatro años ejerciendo como abogada que ahora, con el tiempo, parecen una nube oscura en la memoria. No fue fácil. “Me tocó la fase de ‘esta chica está loca’, pero para mí la ganadería no solo era una respuesta a la crisis, sino sobre todo vocación”, comenta. “Era una forma de dar salida a las tierras y el trabajo de años en el campo de mi madre”.

En el fondo es recobrar una forma de entender la agricultura y recordar, como indica Gertjan van der Geer, gestor del fondo de inversión Pictet Agriculture, “que las buenas prácticas elevan la calidad de las tierras de labranza, disminuyen el uso de bienes de producción agrícola y reducen costes”.

Pero quizá una de las lecciones más interesantes que deja este nuevo enfoque es que no solo responde a condicionantes económicos, sino que “va acompañado de una ideología política y de un pensamiento social que defiende la vida en el campo y los valores que se asocian con él y que, por cierto, tanta falta nos hacen”, puntualiza Gustavo Duch.

Un cambio vital, que cada vez anhela más gente. De hecho, María del Mar Ferral pasea estos días entre olivos. Tiene 40 hectáreas de ellos —de la variedad arbequina— que apuran este octubre el intenso sol de Jerez de la Frontera (Cádiz). Es una finca que pertenece a la familia, y pronto empezará a producir, junto con su hermano Luis, aceite bajo su propia marca: Ferral. Diplomada en relaciones laborales, recuerda, a sus 37 años, que hubo un tiempo de mandar currículos y de pensar que quizá habría que irse al extranjero. “Pero decidí retomar la actividad familiar aquí en vez de buscar otras opciones”. Y siente que encaja bien. “En el campo hago todas las funciones, aunque en el tractor no me subo”, sentencia con una sonrisa cómplice.

Se entiende entonces que ahora, cuando la crisis es más virulenta, haya quien todavía nos recuerde algo que se escucha estos días de vendimia en Castilla y León: “Si la patria de un hombre es su infancia, la tierra es la memoria”. Hacia ella volvemos.

Miguel Angel García Vega
Fuente: El País

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>