Sábado 01 de Octubre del 2016
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Mas ofrece un proyecto a los catalanes frente a los sacrificios venideros


La cuarta vía, el camino más inteligente.
Europa vive tiempos extraordinarios donde modelos, estructuras y formas de organización, privados y públicos, han quedado obsoletos. Como la vida sigue, familias, ciudadanos y empresas improvisan fórmulas que, por numerosas, los poderes fácticos se ven obligados a dar por buenas.

Ejemplos: la Iglesia no aprueba ciertas formas de control de la natalidad, pero tolera extraoficialmente que matrimonios católicos se sirvan de ellas; la propia Administración mira hacia otro lado cuando profesionales autónomos trabajan recurrentemente para una misma empresa, sin contrato laboral; parejas de hecho tienen hijos sin importarles no estar unidos por lo civil, pues sus derechos y obligaciones están prácticamente garantizados.

El hecho prevalece sobre lo nominal. Pragmatismo se antepone a estructura. Lo importante no es categorizar una relación, sino flexibilizarla para preservar sus ventajas.

Soberanías perdidas

En el ámbito europeo sucede algo parecido. Los países miembro de la Unión Europea (UE) han cedido soberanías y, sin embargo, se comportan como si sus obsoletas estructuras de estado fuesen el marco de la ley. El concepto europeo de estado que sucedió a la Segunda Guerra Mundial está finiquitado.

Los estados actúan como soberanos y han dejado de serlo. ¿Acaso cabe hablar de soberanía e independencia del Estado español en materia económica? Y, de forma análoga, ¿tendría una Catalunya independiente una soberanía total?

El Estado español carece de moneda propia, no puede fijar tipos de interés, devaluar o revaluar la moneda ni imprimir dinero. Un estado catalán adscrito a la UE, tampoco podría.

De acuerdo a la inminente reforma financiera europea, van a cederse competencias de los bancos centrales nacionales. El Banco de España perderá competencias. Catalunya no tendría regulador financiero ni supervisor bancario propio.

Como la crisis del euro es, en gran medida, resultado de una política monetaria común en un territorio de políticas fiscales dispares, se van a ceder más competencias en materia fiscal con tal de coordinar las políticas económicas de la unión. España no tiene soberanía sobre su gasto público, los límites de endeudamiento ni su déficit anual. Una Catalunya independiente tampoco la tendría.

Así, España y Catalunya están disputándose una independencia política y económica que, en la práctica, está en manos de la UE.

Por eso pocos comprendieron el amplio abanico de opciones que Artur Mas desplegó cuando afirmó que una Catalunya puede encajar con España de un modo diferente a través de Europa obviando el término independencia.

Igual que independencia es un concepto desfasado en el seno de la Unión Europea, Madrid no puede insistir en conservar una soberanía política que ya no ostenta y que, por lógica, Catalunya tampoco puede alcanzar.

La quimera no es reclamar la independencia catalana, sino pensar que España todavía lo es.

Necesitamos olvidar el concepto de Estado español tal como lo conocemos. Y el de Estado catalán tal como habría sido y no pudo ser. Probablemente ambos son imposibles.

Si esto se aceptase como un hecho natural, se abrirían múltiples alternativas (y no sólo la confederación de estados) de vinculación política y económica. Tengamos perspectiva histórica. Sistemas políticos para responder a cuestiones económicas ha habido muchos, y cambian continuamente.

En la vertiente social, una Catalunya independiente tendría una ciudadanía desencajada. La declaración universal de los derechos del hombre (Resolución de la Asamblea General de la ONU de 10/12/1948) dice que “…a nadie se privará arbitrariamente de su nacionalidad”.

Obtenida la independencia de Catalunya por vías democráticas y pacíficas, no se podría obligar a los ciudadanos que votaron en contra a que renunciasen a la nacionalidad española. Podría darse que una importante proporción de la población de Catalunya decidiese conservarla. Una Catalunya con millones de residentes sería muy compleja de gestionar.

El propio Jordi Pujol reconoció “el peso y el papel de la lengua castellana en una hipotética Catalunya independiente”. La cultura castellana es una parte muy importante del PIB catalán. El empresariado catalán buscaría cómo conservar esa parte de negocio porque sufriría mucho al margen del castellano. Es decir: la convivencia social y cultural de identidades es obligada.

Por eso, Artur Mas debe alinear muy bien el discurso político con el popular. El independentismo del siglo XX no es factible económica, cultural ni políticamente. El problema es que muchos lo creen todavía vigente y sería un engaño venderlo al votante. Declinar el término independencia es un gran reto pedagógico para quienes incorporen en su programa el derecho a decidir.

Tanto un acuerdo bilateral como una secesión unilateral tendrían lugar en la Unión Europea, un marco donde las soberanías totales han desaparecido y lo que priman son acuerdos para compartir gastos, inversiones, infraestructuras e iniciativas de toda índole entre regiones y estados miembro. Pertenecer a un espacio de soberanías delegadas y acuerdos multilaterales convierte en anacrónico un plebiscito por la independencia.

Eso no significa seguir igual que hasta ahora. Diseñemos un nuevo modelo sin renunciar, españoles y catalanes, a nada de lo que nos une y divide. En tal proceso, debe erradicarse la dicotómica cuestión de si en ese modelo Catalunya pertenece o no a España. Es un debate reduccionista estéril, pues hoy en día ningún territorio pertenece a otro como si fuera una propiedad.

Podríamos llamarlo la cuarta vía, el camino más inteligente, barato y rápido para abolir el subvencionismo perpetuo y el déficit fiscal, injusto por vitalicio.

Es una jugada maestra por parte de Mas ofrecer un proyecto a los catalanes frente a los sacrificios venideros. Una ilusión para levantar el país. ¿Por qué no se hace lo propio en el resto de España?

La cuestión catalana debería servir de acicate para que los estamentos más casposos de la España centralista comprendan que reside una oportunidad en ofrecer un nuevo proyecto constitucional por el que apostar y sacrificarse los próximos diez años.

Además, urge una profunda revisión del modelo de las autonomías, modelo que nos lleva a la ruina. Se atendería así a las aspiraciones económicas y políticas de Catalunya y, de paso, se reestructuraría la administración pública según una combinación territorial que garantizase la autosuficiencia fiscal. Muchos en el PP y el PSOE piensan así pero, censurados por la (también) obsoleta disciplina de partido que pervierte la democracia en partitocracia, callan.

Si esta cuarta vía está también cerrada, las emociones ganarán a las razones.

Fernando Trias de Bes
Escritor y economista. Profesor asociado de Esade.
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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