Domingo 25 de Septiembre del 2016
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La hora de un referéndum en Europa


Es necesario un referéndum sobre el futuro de Europa.
La construcción europea, tal y como la han dirigido hasta ahora las élites y su “paternalismo condescendiente”, ha llegado a su límite. El próximo paso hacia la unión política no podrá realizarse sin consultar directamente a los ciudadanos, en opinión del director de la revista italiana de geopolítica Limes.

Entre “menos interdependencia” y “más integración”, la aguja de la balanza se inclina hacia el primer elemento. ¿Esta inclinación es definitiva? Por supuesto que no. Si no hay nada que garantice que al final surgirán los Estados Unidos de Europa, tampoco está escrito que el conflicto intraeuropeo que ha desencadenado la crisis del euro desembocará en la desintegración de la UE, o peor aún, en una guerra.

La urgencia de los problemas exige analizarlos con frialdad, dejar a un lado nuestros prejuicios y nuestras visiones consoladoras, hacer volar nuestra imaginación no para disfrazar el presente, sino para imaginar el futuro.

Sobre todo, cualquier proyecto europeo debe pasar por el debate público y por el consentimiento de los pueblos europeos interesados.

Ya no se puede crear Europa en nombre de los europeos. Son ellos los que deben elegir si quieren crear Europa y cómo quieren que sea. Personalmente lo interpreto como una cuestión de geopolítica soberana. Un Estado democrático europeo, con límites e instituciones que hay que definir. En concreto, se trata de ir más allá de la lógica de los tratados europeos.

El consentimiento de los pueblos, una necesidad

Actualmente, los Estados miembros son los que determinan qué es la Unión Europea y sobre todo, lo que no es. Esto implica una pérdida de legitimidad de la democracia por partida doble: a escala nacional, donde la función parlamentaria ha llegado a su punto más bajo en la historia, donde la legitimidad de los Gobiernos se quiebra día a día y donde los partidos políticos ya no son ni sombra de lo que fueron; a escala comunitaria, con una Comisión desacreditada que, haciendo caso omiso del ridículo, finge ser un poder ejecutivo, flanqueado por un Parlamento elegido con listas nacionales, que defiende intereses nacionales y cuyos poderes están muy lejos de los que la tradición occidental asigna a las asambleas legislativas.

Los beneficiarios de esta coyuntura son las fuerzas antidemocráticas o abiertamente racistas que utilizan a Europa como un elemento disuasivo, para cosechar frutos políticos y atraer a los electores.

El ideal europeo, erigido sobre los escombros de las guerras mundiales con el fin de garantizar la paz, de fomentar el progreso y de hacer progresar la libertad, ha producido el efecto contrario. Los efectos colaterales son que Europa socava sus valores y devalúa lo que pretendía proteger.

Se pueden contemplar varias soluciones muy distintas entre sí para resolver la fractura entre la interdependencia y la integración. Para que funcionen, cada una requiere el consentimiento de los pueblos.

Ha llegado la hora de preguntar a los europeos si quieren unificar sus países o no. Mediante un referéndum.

Y no con una de esas consultas nacionales con las que los electores de este u otro Estado miembro aprueban o rechazan (en este último caso, se llama a las urnas a los electores hasta la aprobación del texto) un tratado ilegible que, por consiguiente, ni siquiera se ha leído.

Reanimando a los espíritus primitivos

Este referéndum entre los veintisiete Estados miembros de la Unión (veintiocho a partir del año que viene), que se celebraría al mismo tiempo y según las mismas normas en el conjunto del espacio comunitario, plantearía la cuestión fundamental: “¿Está a favor o en contra de la creación de un Estado europeo integrado por todos los Estados miembros de la Unión Europea o de algunos de estos Estados (en este caso, indique cuáles)?”.

Por supuesto, se trataría de una votación de consulta. Pero las voces en coro de varios cientos de millones de europeos tendrían un poderoso efecto de arrastre en las decisiones de los dirigentes políticos nacionales.

Independientemente del resultado, por fin tendríamos una imagen clara del grado de eurofilia de los europeos. Algo que los eurófilos siempre han evitado astutamente. Pero en este punto, ya debería estar claro que si un día logramos unificar para siempre Europa o una parte de la misma para convertirla en un elemento influyente en la democracia del mundo, únicamente se hará sobre las cenizas del europeísmo.

De sus reflejos complacientes y paternalistas y de su cultura en el fondo elitista y antidemocrática. Por ello, 55 años después del Tratado de Roma, no sólo no hemos unificado Europa, sino que estamos reanimando a los espíritus primitivos, al arrancar las raíces liberales y democráticas de sus países miembros.

Este artículo es un extracto del capítulo “L’Europa agli europei”, publicado en el informe Nomos & Khaos 2012, del instituto de investigación italiano Nomisma.

Lucio Caracciolo
Fuente: IL FOGLIO MILÁN-Presseurope

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