Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Tenemos que cambiar la definición de ‘optimismo’


Leopoldo Abadía: “En lugar de quejarte, dime qué podemos hacer”
“Este es el momento de ser optimistas, y te voy a decir por qué”. Podrá parecer una afirmación arriesgada para estos tiempos convulsos que corren, pero Leopoldo Abadía (Zaragoza, 1933), célebre autor del súperventas La crisis ninja (Espasa) y, más recientemente, 36 cosas que hay que hacer para que una familia funcione bien (Espasa), así como colaborador de este periódico en su blog Desde San Quirico, se atreve a afirmarlo desde un prisma particular. “Tenemos que cambiar de definición de ‘optimismo’.

Si decimos que el ‘optimismo’ es ‘aquí no pasa nada’, es mentira, porque lo que pasa es muy serio. El optimismo consiste en luchar con uñas y dientes para salir de una situación concreta. Todos sabemos que hay unos problemas muy serios, pero hay que salir adelante como sea”.

El optimismo será precisamente el eje central de la charla que impartió junto a Victor Küppers, Carlos Andreu y el humorista Santi Rodríguez, en el ciclo El entusiasmo, la alegría, el optimismo y el buen humor en tiempo de crisis, donde explicaró a la audiencia qué se puede hacer en estos momentos, o mejor dicho, con qué ánimo deberíamos afrontar las dificultades.

“El mayor riesgo que corremos es quedarnos paralizados. Hay muchísima gente que no lo está, pero todos podemos tener un bajón y decir ‘qué mal va todo’. Es de lo que hay que escapar”, señala Abadía. “Yo suelo decir que debería estar prohibido hablar de la crisis, que sólo puedo hablar yo para vender el libro”, señala de manera irónica. “Porque si no, al final entramos en la disculpa de ‘es que con esto de la crisis…’.

¿Qué estás haciendo para salir de ella? No me digas que las cosas están mal, que ya lo sabemos, sino mira a ver qué podemos hacer. A todos nos pasa que cuando algo no te va bien, tenemos la tentación de echarle la culpa a los demás. ‘Fíjate el Gobierno’, ‘fíjate el Gobierno anterior’, ‘fíjate el Gobierno que viene’…”.

Si pienso que me voy a hundir, termino hundiéndomeEl quid de la cuestión está, por lo tanto, en no buscar excusas y lanzarse a la acción: “Un país con 47 millones de personas intentando trabajar, sin rendirse, es un país riquísimo. Un país con 47 millones diciendo ‘a ver si me lo soluciona el Estado, la Comunidad Autónoma o mi Ayuntamiento’ es un país pobrísimo’. Me gustaría que fuésemos un país riquísimo”.

Parece muy sencillo apostar por el optimismo, pero hay casos donde sigue siendo un concepto problemático. ¿Cómo decirle a una persona en paro, que ha sufrido una desgracia personal y cuya situación no tiene visos de mejorar, que debe ser optimista? “A esa persona en concreto hay que decirle que hay que seguir adelante. No le puedes pedir que sea optimista, según la definición que siempre hemos tenido, así que hay que decirle ‘¿qué podemos hacer? ¿Tiene algún amigo que pueda colocarle? ¿Alguien de la familia que pueda echarle una mano? ¿Ha leído los periódicos a ver qué empleos hay por ahí? ¿Sabe inglés para buscar trabajo fuera?”, señala Abadía.

“Al final, cada uno nos tenemos que sacar las castañas del fuego por nuestra cuenta. Por supuesto, ayudando a los demás, sin hundir a los otros. Lo primero que tiene que hacer el que está en paro o pasándolo mal es decírselo a todo el mundo, porque muchas veces da vergüenza”.

Manos a la obra
Leopoldo Abadía señala de manera divertida que algunos periodistas le han acusado de afirmar que “hay que ir al bar” para encontrar trabajo, así que intenta aclarar la confusión: “Es todo lo contrario. Hay que ir al bar donde se iba siempre, sí, pero porque a lo mejor conoces a alguien que te pueda echar una mano. Mucha gente está saliendo adelante porque hay una red familiar y de amigos que está ayudando”.

Para el antiguo profesor, la conexión con nuestro entorno inmediato y la acción son factores esenciales para prosperar. “Si nos hundimos, buena culpa es nuestra. Si me quedo en casa pensando ‘me hundo, me hundo’, termino hundiéndome yo solo, y echando la culpa a los demás. No, hombre, en ese caso la culpa es mía”.

La táctica no puede ser salir a la calle a quemar contenedores, que a lo único que te conduce es a que te peguen con una porraLo llamativo de la filosofía de Abadía es su acercamiento realista al optimismo, que muchas veces se ha identificado con una visión deformada de las cosas. Un error: “No estoy de acuerdo con eso que se dice de que el pesimismo sea de personas bien informadas. La gente me suele preguntar: ¿pero no te das cuenta de lo que ha pasado? Pues claro que lo sé. En España sólo hay que saberse una cifra: 5.693.000 personas sin empleo. En un país en el que una de cada diez personas está en paro, algo gordo pasa”.

“Pero la táctica no puede ser salir a la calle a quemar contenedores, que a lo único que te conduce es a que te peguen con una porra”, prosigue Abadía. “¿En esa cola de 500 personas del INEM no puede haber alguien que tenga unos ahorrillos guardados y pueda montarse una empresa con otros dos, y así ya tenemos tres parados menos?

El optimismo no es más que eso: estás pasándolo mal, lo sabes. ¿Qué hago, hoy mismo, para arreglarlo? Si lo dejamos para el lunes que viene, hemos perdido cuatro días…”

Mirando hacia el futuro
Abadía se crió durante la posguerra y la dictadura, un período particularmente problemático de la historia de España. ¿Eran optimistas por aquel entonces, en otra coyuntura particularmente complicada?: “En Zaragoza, mi familia tenía una tienda que llevaba mi padre. No le oí quejarse nunca, nunca jamás. Supongo que lo pasaría mal, pero recuerdo vivir bien. Con el paso del tiempo, he mirado atrás y me he dado cuenta de que quizás no vivíamos tan bien. En casa teníamos unas batas gordas que nos poníamos al llegar a casa, porque hacía frío.

Yo, ahora, cuando llego a casa, me quito la chaqueta. Eso quiere decir que entonces vivía peor que ahora”, relata Abadía. “Las juergas de mis padres eran ir al teatro o al cine una vez por semana. Vivíamos bien, aunque gracias a Dios, hoy vivimos mejor. O, ahora mismo, un poquito peor. No pasa nada, hay que adaptarse”.

No hay que volver a los viejos valores porque los valores no son viejos ni nuevos“Un amigo me decía hace poco que somos más pobres que antes”, añade el profesor Abadía. “Creo que no: creo que antes éramos igual de pobres, pero con créditos de los bancos. Pobres apalancados, como yo lo llamo.

Como no tenía el dinero necesario, el banco me pagaba el coche o el piso, y me hipotecaba para la eternidad. Vivimos bien pero no éramos tan ricos. Ahora vivimos de otra manera, y el día de mañana de otra: así es la vida”. ¿Qué nos depara, por lo tanto, el futuro?

Aprender a trabajar
Abadía es, además de un exitoso escritor y profesor referencia, el patriarca de una amplia familia, que cuenta con nada menos que 43 nietos (que en el momento de publicar este artículo pueden ser ya 44). ¿Qué deben aprender las nuevas generaciones? “A los críos hay que enseñarles a trabajar. A los 79 años, descubro que no sé trabajar. Tenía que entregar un libro en una fecha determinada, y por una serie de problemas, se me liaron las cosas. Pensé que no podría cumplir los plazos, así que me dije ‘voy a trabajar bien’. Horas completas. Ponía el temporizador del iPhone, y en esa hora ni cogía el teléfono ni hacía otra cosa. Y acabé el libro.

Eso es lo que hay que enseñar a los chavales. ¿Que el trabajo aburre y cansa? Puede ser, pero así ha sido toda la vida, con tu esfuerzo terminas sacando todo adelante”.

¿Un retorno a los viejos valores del esfuerzo, por lo tanto? “Eso que se dice ahora de que hay que volver a los viejos valores y la cultura del esfuerzo… ¡Pero si los valores no son ni viejos o nuevos! ¿Hay que volver al viejo valor de no meter la mano en el bolsillo ajeno? No sabía que nos habíamos ido, pero si es así, habrá que volver. Y a ser fiel, leal, a no ser trepa, a ayudar a los demás… Hay que recordar todo eso que damos por supuesto”, señala Abadía. “Mira, tú y yo podríamos estar en el cine o en la playa, pero aquí me estás aguantando, y para hacer el reportaje, necesitas un esfuerzo, pararte a pensar qué seleccionar, qué quitar, etc. Al final, todo requiere trabajo. Es lo que debemos enseñar”.

Héctor G. Barnés
Fuente: El Confidencial

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