Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Se ha tirado un loco, pero ha aterrizado un visionario.


Loco o visionario.
Mi tendencia natural sería asegurar que no me gusta el riesgo, porque tengo un enganche a la vida que está por encima de cualquier veleidad heroica. No he hecho nunca puenting, no me gustan los deportes extremos y no se me ocurriría ganar ningún récord mundial, aunque fuera el de comer lechugas.

A todos los efectos, estoy en las antípodas de los motivos que pueden llevar a alguien a asumir un riesgo vital tan extremo como el que ha protagonizado este saltador austriaco. Jugarse así la vida, ¡qué locura!

Sin embargo, reflexionando algo más, lo cierto es que todos asumimos riesgos importantes, que relativizamos porque son los nuestros, y en consecuencia nos resultan más comprensibles. No es baladí el riesgo de un empresario que pone su patrimonio a favor de una empresa que quizás se lo engulla todo. O el riesgo de la persona que se va de su país para conseguir desarrollarse profesionalmente. Y por si sirve de algo, yo no me tiraría nunca en paracaídas, pero no he tenido apuros en ir a zonas de guerra movida por el gusanillo del periodismo.

Es decir, el riesgo que nunca seríamos capaces de asumir es el de los otros, pero en cambio tenemos una gran capacidad de forzar nuestros propios límites. Y si los límites de Felix Baumgartner están muy alejados del sufrido mortal, ello no impide preguntarse si sería capaz de asumir retos cotidianos menos llamativos que gente muy común asume cada día.

Zuckerberg lo expresa de esta guisa: “El mayor riesgo es no correr ningún riesgo. En un mundo que cambia muy rápidamente, la única estrategia que garantiza fallar es no correr riesgos”.

Con todo, es cierto que hay una componente de teórica “inutilidad” en determinados riesgos, que los convierte en grotescos. Por eso el salto de Baumgartner ha sido tan aplaudido por quienes lo consideran un pionero, como criticado por quienes lo creen un loco de atar.

Sin embargo, ¿no es la misma locura que impulsó a Colón a seguir rutas marítimas que teóricamente lo llevaban a la muerte?

¿O la de Lindbergh cuando se aventuró sobre el Atlántico en solitario? Y como recordaba Màrius Carol en can Basté, incluso Leonardo Da Vinci se dedicaba a tirarse de los tejados con unas alas inventadas por él, persiguiendo la quimera de poder volar.

Es decir, lo que hoy parece una temeridad irresponsable, puede convertirse mañana en una acción pionera, gracias a la cual la humanidad avanza. ¿Héroe de la ciencia o víctima del narcisismo patológico?

Probablemente algo de cada, porque el riesgo comporta carácter visionario, voluntad pionera y dosis considerable de irresponsabilidad, y la mezcla de todo ello ha dado, a lo largo de la historia, grandes hitos humanos.

De ahí que sea difícil denostar al irresponsable o admirar al osado, porque ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario.

Es decir, es cierto que se ha tirado un loco, pero ha aterrizado un visionario.

Pilar Rahola
Publicado en: La Vanguardia

 

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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