Lunes 26 de Septiembre del 2016
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La última fase de toda crisis es la esperanza


Bailando con lobos
Decidir si queremos ser sujetos activos o pasivos requiere que dejemos de hablar solo en tercera persona y pasemos a hablar también en primera persona. Que dejemos de hablar sólo el lenguaje del observador, y pasemos a hablar (y a actuar) también desde nuestra propia implicación.

Se atribuye a Einstein la siguiente afirmación: un problema no se puede resolver en el mismo nivel de conciencia en el que fue creado.

De la misma manera, la crisis no se puede resolver desde el mismo nivel de conciencia en la que fue creada. Porque la transformación que está generando la crisis nos interpela también sobre nuestro nivel de conciencia personal y colectiva; sobre nuestros valores, nuestras motivaciones y nuestras prioridades; y sobre nuestras intenciones y nuestros propósitos.

La crisis no es algo que está “ahí fuera¿ y hemos de manejar. En un mundo interdependiente nadie está ahí fuera, todos formamos parte del problema que se nos plantea y del reto que hemos de resolver.

Transformados por la crisis significa pues que la pregunta no es tan sólo qué hay que cambiar, sino también qué hemos de cambiar y quiénes hemos de cambiar.

Porque no hay nada más lamentable que determinadas retóricas generalistas sobre la necesidad y la gestión del cambio en las que el supuesto implícito es que deben cambiar todos y todo, menos los que pretenden teorizar o gestionar el cambio. Nosotros formamos parte de la definición del problema, y no lo solucionaremos sólo con saber experto.

Algunas dimensiones de los problemas que afrontamos no se pueden eliminar porque van con nosotros, forman parte de la condición humana.

Afrontamos problemas, pues, cuya solución requiere que nos solucionemos también a nosotros mismos.

En todo proceso de crisis –que siempre conlleva una pérdida y la necesidad de elaborar el duelo– se dan diversas etapas; primer, negación: “No es para tanto, pasará pronto, no puede ser verdad¿; después, ira: “¿Dónde están los culpables?, nos atacan, por qué me hacen esto, qué nos puede pasar, van a por nosotros, son ganas de hacer daño¿; seguidamente viene una mezcla de negociación y componenda: “Algún retoque habrá que hacer, con alguien habrá que pactar¿; tras lo cual llega la depresión o el catastrofismo: “No hay manera, es muy difícil, de esta no salgo¿; finalmente, llega la aceptación: la asunción plena de la nueva realidad, y el inicio de una dinámica constructiva.

Lo decisivo para salir de la crisis es auscultar bien la realidad, para poderla asumir y construir a partir de ella: aprender a auscultar y a auscultarnos mejor forma parte de la transformación en curso.

Y auscultar la realidad requiere escucharnos mutuamente, porque sin escucha y atención, sólo con ruido, no es posible ser sujeto activo de la transformación. Dicen que cuando se acabó de montar la película Bailando con lobos, se preguntó a algunos sabios indios si se veían bien reflejados. La respuesta fue que sí, pero que había algún desajuste.

Por ejemplo, en las deliberaciones, sentados alrededor del fuego, en la que los que intervenían hablaban sucesivamente, uno tras otro. La pregunta de uno de los indios fue: ¿Cómo podéis decir que habéis escuchado a alguien si cuando ha acabado de hablar no estáis un rato en silencio?

Sólo escuchando bien, especialmente a aquellos cuya mirada no coincide con la nuestra, podremos tomar conciencia de los automatismos de nuestras respuestas y de los puntos ciegos de nuestra visión.

Transformados por la crisis, pues, significa que no solo debemos hablar de lo que hay que hacer y cómo hacerlo, sino que es necesario explicitar también cuáles son nuestras intenciones y propósitos, y hacerlo con autenticidad e integridad. Sin autenticidad e integridad será difícil explorar una salida adecuada, y será imposible llevar a cabo un proceso de transformación.

Lo dijo una vez el CEO de Hannover Insurance, Bill O’Brien: el éxito de una intervención depende de la condición interior de quien interviene. Los tiempos de cambio nos requieren desarrollar simultáneamente nuestra capacidad analítica, nuestra competencia técnica y nuestra calidad humana. Aunque sólo sea porque ya hemos visto lo que ocurre cuando grandes inteligencias son gobernadas por ideas, valores y actitudes mediocres; y a veces directamente tóxicos.

Debemos decidir si queremos ser sujetos activos i pasivos de la transformación a la que la crisis nos empuja.

Estamos todos invitados a participar en un diálogo tanto en tercera persona (nuestros análisis y diagnósticos sobre la realidad), como en segunda persona (qué tipo de relaciones profesionales, económicas, institucionales para un mundo basado en interdependencias) como en primera persona (desde el compromiso con qué valores y propósitos actuaré y decidiré). Mirando al futuro, difícilmente habrá buen liderazgo si no mejoramos personalmente y colectivamente la calidad de lo que planteemos tanto en tercera, como en segundo, como en primera persona.

Ah! Y no olvidemos que la última fase de toda crisis es la esperanza: ella es la que nos sostiene y da fortaleza al pensar que lo que nos pasa puede ser superado.

Autores:
Àngel Castiñeira Fernández, Profesor titular del Departamento de Ciencias Sociales
Josep M Lozano Soler, Profesor ordinario del Departamento de Ciencias Sociales
Fuente: ESADE

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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