Martes 23 de Septiembre del 2014
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Plantas llamadas de resurrección para paliar el hambre


“Mi santo grial es acabar con el hambre en África”
De 49 años, delgada, pelo despuntado y corto, vistoso pendiente sólo en una oreja, atuendo juvenil y piel bronceada, es una mujer dinámica y de talante alegre en cuyos ojos, siempre chispeantes, se refleja la pasión que pone en todo lo que hace, pero especialmente en sus investigaciones.

Justo antes de empezar la entrevista ofrece a la periodista una ramita completamente seca de una de las plantas sobre las que investiga. “Parece muerta, ¿verdad?”, dice. Efectivamente, así es. Pues no lo está, explica, y añade que en su hábitat de origen, en la grieta de alguna roca de una zona caliente y árida, bastaría un poco de agua para verla revivir en pocas horas.

Es el mejor prólogo a lo que tiene que contar esta mujer, que está considerada entre las mejores científicas actuales y cuyos descubrimientos podrían contribuir, aunque no a muy corto plazo, a paliar el hambre en las extensas zonas de sequía, especialmente de África, y otros lugares desérticos donde los cultivos son prácticamente imposibles.

Sus trabajos se centran en unas plantas llamadas de resurrección, aparentemente muertas cuando escasea el agua, pero capaces de reverdecer de la noche a la mañana después de la lluvia. Averiguar cómo funcionan permitiría desarrollar otras comestibles que pudieran sobrevivir a los largos periodos de sequía de las zonas más desérticas del planeta.

Por su aspecto, cuidadosamente informal y moderno, nadie diría –excepto quizás por su intenso bronceado– que Jill Farrant ha vivido parte de su vida en un entorno rural y de naturaleza salvaje. Tampoco su look es el que suele imaginarse en una científica de su nivel, pero sus investigaciones motivaron que fuera una de las cinco elegidas para recibir el premio L’Oréal-Unesco para Mujeres de Ciencia, destinado a estudiosas de distintos continentes.

Nacida y criada en Sudáfrica, regresó a su país natal desde Estados Unidos, donde había estudiado unos años y tenía la oportunidad de conseguir trabajo, cuando la liberación de Nelson Mandela al decretarse el fin del apartheid propició un cambio social y económico que abría las puertas a infinidad de posibilidades.

“Sentí que tenía que contribuir de alguna manera a la mejora de la educación en mi país, porque es la educación lo que marca la diferencia”, dice Farrant, que desde entonces ha investigado y dado clases de biología celular y molecular enla Universidadde Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.

Su selección entre las ganadoras del premio más importante concedido a mujeres científicas se debe a sus investigaciones sobre las plantas de resurrección, de las que es la mayor experta mundial.

Según el jurado, se premia a las científicas que contribuyen a resolver importantes desafíos globales. ¿Es su caso?

Para mí resulta obvio que no he sido reconocida porque mis investigaciones sean muy brillantes, sino porque son muy actuales.

Es urgente resolver el problema del hambre en África, que está empeorando más aún con el cambio climático.

¿Y con sus trabajos se puede conseguir?

Mi objetivo es encontrar aplicaciones que conduzcan al desarrollo mediante bioingeniería de plantas comestibles tolerantes a la sequía. Se trata de asegurar el alimento a las poblaciones de zonas afectadas por climas áridos y desérticos, expuestos a la endémica falta de agua.

Es decir, que usted podría cambiar la historia de la humanidad.

De momento, investigo la capacidad de muchas especies de las plantas de resurrección (se han detectado unas 350) para sobrevivir sin agua durante largos periodos de tiempo, y para eso hay que estudiar las plantas desde ángulos distintos: la estructura molecular, la bioquímica, ultraestructural, ecofisiología.

¿Por qué son tan importantes esas plantas?

Porque regresan a la vida pese a estar aparentemente muertas en cuanto se rehidratan. Y les basta con unas pocas horas.

Cuando se descubra por qué ocurre esto, es posible que se puedan replicar en plantas comestibles y cultivables en condiciones de extrema sequedad.

¿De dónde viene su interés por las plantas?

Supongo que se debe a que mi padre era agricultor y yo me crié en una granja aislada de Sudáfrica. Para entretenerme, en lugar de juguetes, tenía las plantas y los pájaros, corría por ahí, pescaba cangrejos en el río. De hecho, creo que aprendí antes los nombres de los animales y de las flores que los de las personas. Hasta los seis años no tuve ni un amigo. Cuando empecé a ir a la escuela, todos mis compañeros vivían tan lejos que seguí siendo una niña solitaria que podía pasarse horas y horas caminando por el campo. Observando a los animales y las plantas empezó a desarrollarse mi creatividad.

Y así descubrió las plantas de ­resurrección.

Recuerdo perfectamente el momento en que ocurrió, y, por si me olvidara, conservo el diario en que lo anoté en 1970, con sólo seis años. Estaba, como de costumbre, en una zona denominada Flat Rocks en los alrededores de casa y me fijé en unas ramitas secas que sobresalían de unas rocas. Un par de días más tarde, después de que lloviera, volví a ese mismo lugar y las ramas estaban cubiertas de hojas verdes.

¿Cómo detectó que podía tratarse de algún fenómeno interesante?

Me pareció raro y al volver a casa se lo conté a mi padre. No me creyó. Como buen campesino, sabía que las plantas muertas no resucitan de la noche a la mañana por mucho que haya llovido ni se llenan de hojas en 24 horas: o están muertas, o les salen brotes antes que hojas. Me olvidé del tema hasta que unos años más tarde leí en una revista un artículo de un australiano que hablaba sobre ese fenómeno y supe que tenía razón.

Así que centró sus estudios en estas plantas.

No exactamente. Después de un magnífico viaje a las islas Salomón que hice a los 18 años decidí que sería bióloga marina. Lo de dedicarme a las plantas de resurrección surgió al regresar a Sudáfrica.

En todo caso, nunca dudó de que tenía que dedicarse a la ciencia.

Siempre ha sido mi pasión, y nunca dejo de agradecer a mis padres que me permitieran crecer en un entorno de naturaleza y me animaran a hacer esas actividades por mi cuenta. Crecer en un lugar como ese me ha hecho la mujer que soy ahora. Me hizo tener curiosidad por la naturaleza. Y por eso también estoy muy implicada en su conservación.

¿En qué momento se encuentran sus investigaciones?

Trabajo con plantas que pueden perder hasta un 95 por ciento del agua que contienen, lo que es un fenómeno muy poco habitual en la naturaleza. Los humanos y la mayoría de los animales y las plantas moriríamos si perdiéramos sólo un dos por ciento del agua de nuestro cuerpo. Esa posibilidad de sobrevivir en tal estado de desecación sólo es propia de las semillas.

Cuando las plantas se han cosechado, las semillas empiezan a calentarse porque pierden el agua, y eso las protege y les permite sobrevivir. En cambio, las hojas y el resto de la planta mueren, a pesar de que tienen los mismos genes que las semillas.

Así que no es que los genes tengan algo de diferente y especial, sino que se comportan de distinta manera.

Usted quiere averiguar cómo y por qué.

La pregunta a la que hay que dar respuesta es cómo pueden perder tanta agua, lo que en realidad es su forma de protegerse, y mantenerse vivas. Cuando lo descubra, tal vez se pueda desarrollar una tecnología que permita replicar ese sistema en plantas comestibles.

El objetivo final es garantizar la comida a quienes no la tienen asegurada.

Sí, por supuesto, aunque mis investigaciones, y los trabajos por los que se me reconoce, no consisten en convertir las plantas de resurrección en comestibles, sino en ver cómo funcionan y si su comportamiento sería extrapolable a plantas cultivables. De momento, estamos empezando por el maíz, que es un cereal que se cultiva mucho en África. Hay que garantizar la comida para todos. Necesitamos comer para sobrevivir, y cuando ese aspecto está satisfecho, eres más activo y tienes más energía para todo. Pero además de paliar el hambre actual también habría provisión de alimentos y de semillas para las generaciones siguientes. Ese es el santo grial de mi investigación, pero también son muy prometedores los estudios sobre sus posibilidades de uso medicinal.

¿Puede aventurar una fecha en que eso que ahora parece un sueño se convierta en realidad?

Depende de muchas cosas, y una de ellas, y no la menos importante, son los fondos que consigamos. Con una previsión conservadora, calculo que por lo menos faltan 15 años para que se pueda comercializar.

Deduzco que no tienen grandes subvenciones. ¿Es cara su investigación?

Sí lo es, porque se requiere mucho tiempo. Los gobiernos de algunos países africanos apoyan el proyecto, pero también es cierto que antes de que me concedieran el premio poca gente conocía mi trabajo.

¿Y la iniciativa privada?

Invertir en este tipo de investigaciones implica un riesgo muy elevado, porque en realidad no estamos hablando de enormes producciones y no serán muy rentables en términos económicos.

¿El problema del hambre es más político que científico?

Las dos cosas. Pero también está el problema endémico de la sequía, que es algo ancestral en África. El 11 por ciento del territorio de mi país es agrícola, pero no hay apenas ríos y los que hay son estacionales. Todo el continente tiene muchas zonas áridas, y eso dificulta la solución al problema del hambre.

¿Es una investigación complicada?

Sí, porque a medida que avanzas, las cosas van evolucionando, y aunque cada paso adelante significa que tienes un nuevo fragmento del conjunto, este no lo ves en su totalidad. Siempre lo comparo a tejer un tapiz: primero sólo ves los hilos del entramado, y cuando le das la vuelta dices, ah, pues tiene un dibujo bonito, pero hay que volver a los hilos para seguir elaborándolo. De vez en cuando descubres algo nuevo y emocionante que te permite avanzar, pero la mayor parte de los hallazgos parten de los fracasos: esto no funciona, esto tampoco, esto otro tampoco, y así vas descartando posibilidades a partir de los errores.

¿Considera que la suya es una carrera de éxito?

Pensaré que he triunfado con mis investigaciones el día en que se puedan cultivar las plantas.

Hay que tener una gran determinación y paciencia para dedicarse a la ciencia.

Sí, porque aunque lo que sale a la luz siempre son los éxitos, la mayor parte de las veces cuentas fracasos.

La ciencia es un desafío constante y, por mucho que falles, tienes que seguir avanzando si quieres llegar a alguna parte. Es un desafío constante.

Y su pasión.

Le confesaré que mi mayor pasión es comprender la obra de Dios, conocer cómo creó la naturaleza, lo que nos rodea.

No es habitual que los científicos sean creyentes. ¿No ve contradicción en ello?

Al contrario, creo que la ciencia prueba cada vez más la existencia de Dios. Antes era agnóstica, pero cuanto más tiempo empleo en descifrar el código del ADN, más convencida estoy de que no puede deberse a una casualidad.

La capacidad de las plantas de volver a la vida es comparable a su situación personal.

Cierto, hace unos años tuve un grave accidente que me afectó al cerebro y quedé en coma. Pero sobreviví, y la única consecuencia fue quedarme sin los sentidos del gusto y el olfato. Ahora disfruto de la comida de una forma distinta, fijándome más en las texturas. Y aún hubo otro efecto positivo, porque el accidente me ayudó a encontrar un equilibrio personal que había perdido.

Aurora Segura
Fuente: Magazine-La Vanguardia

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2 comentarios

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