Sábado 01 de Octubre del 2016
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La Iglesia y la crisis


“No podéis servir a Dios y al dinero”.
“Si son para Jesús…”. Con este ánimo recibió José Antonio Pagola los aplausos constantes del congreso de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, reunido desde el jueves en la sede de Comisiones Obreras en Madrid. El último, al final, se prolongó varios minutos, mientras el conferenciante era requerido como una estrella de cine.

Pagola fue vicario general de la diócesis de San Sebastián durante 22 años (entre 1979 a 2001), pero destaca ahora porque su penúltimo libro, ‘Jesús. Una aproximación histórica’ (editorial PPC. 2007) está siendo investigado por la Inquisición romana a petición de la Conferencia Episcopal Española.

Pese a ser ya clandestino (el editor en España lo ha retirado del mercado por orden episcopal sin agotarse la novena edición), lleva vendidos 140.000 ejemplares, sobre todo en Brasil, Italia, Estado Unidos, Gran Bretaña y toda Hispanoamérica. Pronto se editará en Francia, Rusia, Japón y Croacia. ‘No podéis servir a Dios y al dinero. Una lectura profética de la crisis’, tituló Pagola su conferencia de ayer.

Con capacidad para 900 personas sentadas, el paraninfo de CC OO rebosó esta vez con oyentes por los pasillos y algunos en el exterior. La matrícula costaba 25 euros y la colecta tras la misa aportó otros 12.640, a repartir entre varias ONG. Ha sido un congreso de multitudes, pese a la crisis Pero el efecto Pagola supera las previsiones por la tradicional atracción del hereje. El teólogo vasco no ha sido condenado y publicó el libro con el preceptivo ‘Nihil obstat et imprimatur’ (Nada impide que se imprima) del prelado de su diócesis, entonces Juan María Uriarte, pero varios obispos llevan años execrándolo sin piedad. Pagola respondió ayer con palabras que del fundador cristiano que hace algo dos mil años recorrió Galilea rodeado de pobres pescadores, de marginados sociales y de mujeres de toda condición, incluso de mala reputación.

“Ahora, la jerarquía católica no lidera, nunca lo ha hecho, los movimientos de conversión al Evangelio”, reprocha Pagola.

Añadió: “El Gobierno está cambiando el país con medidas que arrojan a cientos de miles de personas a la exclusión, y la Iglesia no ve ninguna revolución. Desde Jesús no podemos quedarnos ni mudos ni conformes.

Desde la Iglesia hemos de denunciar esa falta de compasión. Los que sufren no esperan doctrinas sociales ni justificaciones económicas, tan mentirosas e inmorales. Piden que les defendamos. La jerarquía ha de hablar en nombre de los que sufren, pero para ello los tiene que llevar en el corazón. Ahora se nota dónde están nuestros corazones. El Gobierno es despótico, antisocial y anticristiano, y la jerarquía de la Iglesia no dice nada, o habla sin audacia evangélica. La voz de los sin voz no se está oyendo. Adoramos al Crucificado, pero olvidamos a los crucificados de hoy.

Jesús se atrevió a insultar a los ricos de su tiempo. Los llamó necios y ridículos, y denunció su iniquidad e injusticia”.

El congreso aprobó más tarde un manifiesto expresando “malestar e indignación” ante el silencio episcopal. “Valoramos positivamente los gestos de solidaridad de algunos miembros del clero y de la jerarquía eclesiástica, pero expresamos nuestro malestar e indignación ante el silencio de la Conferencia Episcopal, tan locuaz en otras ocasiones y ante otras cuestiones.

La sociedad percibe dicho silencio como escándalo y complicidad con quienes han provocado la crisis.

Nosotros lo consideramos insensibilidad ante la injusticia, alejamiento del mensaje liberador del Evangelio y falta de compasión con las víctimas. Tal actitud se debe a la cómoda instalación de la Iglesia institucional en sus privilegios”.

Los teólogos también entonan un mea culpa. “Nosotros mismos, los participantes en este Congreso, no estamos exentos de contradicciones e incoherencias entre nuestro modo de pensar alternativo y nuestra forma de vivir acomodaticia, nuestra actitud crítica y nuestra práctica conformista; la crítica del consumo y nuestro consumismo; la opción por los pobres y nuestra falta de testimonio de pobreza”.

Juan G. Bedoya
Fuente: El País

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