Martes 27 de Septiembre del 2016
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Anne Hidalgo, socialista y de origen español, candidata a la alcaldía de París


“Hollande lucha para que Alemania no deje atrás al sur”.
Ana María Hidalgo, mucho más conocida como Anne Hidalgo, es hoy la única candidata para suceder al alcalde de París, el socialista Bertrand Delanoë. Las elecciones son en 2014, así que falta año y medio para saber si esta paisana de Camarón de la Isla y Sara Baras, nacida en la pobreza preconstitucional de San Fernando (Cádiz) en 1959, criada en la escuela laica de un barrio obrero de Lyon, licenciada en Derecho y madre de tres hijos, va a ser, como dicen los sondeos, la primera alcaldesa de la capital francesa.

Hidalgo recibe a El PAÍS antes de viajar, esta semana, a Cádiz para participar en una cumbre de municipios europeos, y de paso recibir un homenaje en la Venta Vargas de su ciudad natal. Durante dos horas, cuenta en su español de marcado acento andaluz sus planes y su historia, hecha de socialismo, guerra civil, exilio, emigración económica, esfuerzo y militancia. Dice que su sueño desde niña era “vivir en París”, y que una de sus figuras históricas preferidas es Louise Michel, la heroína anarquista de la sublevación de la Comuna (1871): “Fue extraordinaria. Maestra, escritora, laica, la mandaron a la cárcel a Nueva Caledonia y enseñó a leer a los presos… La Comuna y la Liberación [en la II Guerra Mundial] son los dos momentos de los que París se siente más orgullosa, y el Estado castigó esa rebeldía prohibiendo elegir el alcalde entre 1871 y 1977”.

La mano derecha de Delanoë, el primer socialista al frente de la Ciudad Luz, lleva ya 11 años en el Hôtel de Ville, desde 2001 como teniente de alcalde de Igualdad y desde 2008 al frente de Urbanismo.

En este tiempo se ha curtido la fama de trabajar duro y se ha ganado el afecto de muchos parisienses. Miembro de la corriente mayoritaria del Partido Socialista (PS) que encarna François Hollande —su vecino de siempre en el distrito 15—, Hidalgo ganaría hoy la alcaldía —dicen los sondeos— contra cualquier candidato. “No hay nada decidido; la crisis está ahí y será un factor. Pero los parisinos saben que tenemos un proyecto ecologista y solidario para unir a la ciudad con su periferia en el Gran París, y convertir a la urbe más densa de Europa (2,2 millones de habitantes en 105 kilómetros cuadrados) en un lugar más verde y acogedor, con menos coches, más vivienda social y más niños en las calles”.

Como “europeísta convencida”, Hidalgo pide a los españoles que confíen en Hollande porque, explica, “está luchando por el sur y por el ideal europeo, para impedir que Alemania imponga esa visión impensable que consiste en dejar a Grecia en el camino y convertir a España y Portugal en una segunda división europea. España debe salir reforzada de la crisis”, afirma, “y convertirse en la California de Europa, en un gran centro tecnológico”.

Pregunta. Suena bonito: una gaditana, alcaldesa de París…

Respuesta. Siempre he tenido doble nacionalidad y no he escondido mi condición española, creo que es una riqueza que te abre al mundo. París, tan abierta y progresista, siempre ha tenido una relación muy profunda con España. Cuando me dieron la medalla de Isabel la Católica, el Instituto Cervantes hizo una ruta de autores españoles por la ciudad y son muchísimos. Artistas como Picasso o Miró… También mucha gente humilde, miles de mujeres que vinieron en los años sesenta y se colocaron de porteras o asistentas, la Pequeña España de Saint-Denis de los años veinte, los refugiados de la Guerra Civil, los republicanos de La Nueve que liberaron París… Los García, los Gómez, siempre han estado presentes. Aunque en Francia yo siempre he dicho que nací fuera pero fue aquí donde me dieron la oportunidad. En España no me la dieron.

P. Sus padres vinieron a Francia en 1961. ¿Eran rojos?

R. Mi abuelo era republicano, un campesino de Antequera. Y mi padre era socialista. Cuando nos fuimos a Francia trabajaba en los Astilleros de Cádiz. Era una vida muy dura. Antes había sido marinero en un petrolero, que ya era una forma de exilio, pero lo dejó cuando nacimos mi hermana y yo. Siempre se quiso ir de España. En 1936, sus padres se lo llevaron desde Antequera hasta cerca de Andorra, y en febrero de 1939, al caer Cataluña, cruzaron a Francia por los Pirineos y les internaron en un campo de refugiados. Mi abuelo llevó mal el exilio, el alcalde de Antequera le prometió que lo protegería y volvieron. Lo condenaron a muerte dos veces, pero no lo mataron. Mi padre siempre dijo que volvería a Francia en cuanto pudiera, quería que sus hijas tuvieran una cultura y una educación.

P. ¿Cómo fue la infancia en Lyon?

R. Nos dieron una casa en el barrio obrero del centro, Vaise. Mi padre trabajaba de electricista. La casa no tenía baño, pero el barrio era un universo. Había rusos refugiados de la Revolución, italianos, españoles, portugueses, franceses… En el colegio cabía el mundo entero, era una mezcla total y no había ningún racismo. A los 14 años nos cambiamos a un barrio más moderno, la casa ya tenía baño… A los profesores les gustaba que estudiáramos, y ayudaron a mis padres para que fuéramos a la Universidad.

P. ¿Por qué vino a París y cómo empezó en política?

R. Me hice inspectora de trabajo y me destinaron aquí. Cuando lo supe dije “¡Por fin llegué!”. Siempre había sentido que esto era el centro del mundo. ¡Y era verdad! De muy joven me inscribí en un sindicato parecido a la UGT, en asociaciones de laboralistas progresistas europeos, y a veces iba a reuniones del Partido Socialista en el distrito 15 pero les veía siempre peleándose. No me animé. En 1993, cuando el PS perdió las elecciones, dije “no te quedes fuera, no seas tan crítica”, y me saqué el carné. Martine Aubry me llamó como asesora técnica del ministerio en 1997, y allí conocí a mi marido. Trabajamos mucho en la ley de las 35 horas. En 1998 Hollande llegó a primer secretario y me llamó para renovar la comisión ejecutiva: “Ya te integraré yo”, me dijo. En 2001 pensé que Delanoë era el hombre perfecto para dar un impulso de modernidad a París y me vine con él.

P. Los parisinos tienen fama de antipáticos y tímidos. ¿Es justa?

R. No creo que sean tímidos, pero son muy críticos, muy exigentes y tienen mucha conciencia de su mítica ciudad, de lo que significa ser del sitio de La Comuna y la Liberación. Sin entender esos dos momentos de insurrección no se entiende París. Es una ciudad rebelde que el poder siempre consideró peligrosa. Y creen que para vivir aquí hay que merecerlo. Y es verdad que es necesario buscar el placer de vivir en París, porque la vida puede ser dura.

La gente está en general orgullosa de estar aquí y abierta al mundo. Son individualistas, pero a la vez muy solidarios. El Velib [servicio público de préstamos de bicicletas] lo explica bien: quieren que haya 20.000 bicis y cada uno las disfruta a su manera. Viven sus vidas en total libertad.

P. ¿Se llega a ser parisina alguna vez?

R. El 53% de los parisinos son mujeres. Y su condición básica es que son muy activas y no renuncian a nada. La inmensa mayoría trabaja, solo hay un 12% de amas de casa, les gusta tener hijos —la natalidad es superior a la del país, que ya es decir—, y aunque hemos abierto 10.000 cunas nuevas de guardería desde 2001, como hay pocos abuelos para ayudar, todas tenemos nuestra red de copines [amigas], que es la verdadera familia.

P. Aun así se ven muchos niños solos por la calle a unas edades…

R. Es gracioso, en Manhattan no se ven, pero aquí se ven todavía muchos, jugando o yendo en la escuela. Eso suscita algunos problemas, como en todas las grandes ciudades hay atropellos. Tenemos un plan para aumentar su seguridad y acompañar mejor su libertad.

Miguel Mora 
Fuente: El País

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