Lunes 26 de Septiembre del 2016
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Euro vs. Peseta: comparación de precios


Volver a la peseta nos abriría los ojos.
Se viene hablando últimamente de una eventual salida del euro de España. ¿Qué probabilidad existe? ¿Cómo se llevaría a cabo el regreso a la peseta? ¿Qué pasaría con nuestra deuda externa si la peseta se desplomase?

Permítanme que aborde en mi próximo artículo estas importantes cuestiones y que me centre hoy en algo más entretenido. Las vacaciones no han terminado, son días de lecturas placenteras de hamaca y sombrilla. Toda literatura que se precie debe ser relajante, pues el otoño se presenta movidito y ya habrá tiempo para el rock duro.

Supongamos que efectivamente España ha enviado al euro a hacer gárgaras y hemos adoptado nuestra inmemorial peseta, el duro, y los cinco duros que ya sólo aparecen en Cuéntame. La movida es espectacular. Al igual que en enero del 2002, cuando la gente deambulaba por los mercados con eurocalculadoras, comprobando el cambio sin asimilar cuánto desembolsaban ni cuánto les devolvían, sin puntos de referencia, perdidos como el ojo del maniquí de Sabina, aquel día donde un precio de 187 se transformó en la extrañísima cifra de 1,12 y los escaparates eran propios de ciudades extranjeras, tal que si hubiésemos adoptado el dólar americano o el marco alemán.

Pues cierren los ojos e imaginen que la situación se revierte.
Amanecemos una mañana con los precios de nuevo en pesetas. Los españolitos hemos canjeado nuestra calderilla y billetes, incluido alguno de esos cada vez más escasos Bin Laden, por flamantes y renacidas pesetas, resurgidas cual ave fénix monetaria.

EL TIPO DE CAMBIO
¿Cuál sería el tipo de cambio? Supongamos que los políticos o la troika encargada de fijarlo optasen por cambiar 1 euro por 100 de las nuevas pesetas.
Automáticamente, el país sufriría una devaluación, sólo nominal, pero enorme. Así, un producto de 6 euros, lo veríamos rotulado a 600 pesetas. Nos daría la sensación de que las cosas se han abaratado, pero una nómina de 1.800 euros, a final de mes, mostraría un apunte de 180.000 pesetas, y no de 300.000, como ahora estimamos. ¿Cuál sería la reacción popular La gente bramaría indignada?: ¡pero si yo entregué 166,386 pesetas por cada euro! ¡Que me devuelvan todas mis pesetas!

Ahora imaginemos lo contrario, que se opta por un cambio de 300 pesetas por cada euro. La percepción sería de que los precios se han disparado. Un producto a 6 euros estaría a 1.800 pesetas. De nuevo, indignación en la calle, a pesar de que los salarios también aumentarían nominalmente.

Y ahora imaginemos que ni una cosa ni la otra y que, por un motivo romántico-político, se fijase un cambio de 166,386 nuevas pesetas por cada euro. La indignación persistiría, pues al ver rotulados los precios en pesetas… ¡se evidenciaría la inflación latente de esta década! Probablemente los ficheros públicos con los cálculos del IPC desaparecerían de los servidores para no dejar rastro (ni Assange los encontraría) de cómo pudo venderse al vulgo un IPC que a nadie cuadraba.

APLIQUEMOS EL CAMBIO
Les doy precios actuales en pesetas. ¡Qué diferencia calcularlos mentalmente que verlos escritos! En la taquilla del cine leeríamos: “Una entrada, 1.085 pesetas” y, dentro, “palomitas + bebida, 1.000 pesetas”.
En el súper veríamos el litro de agua mineral a 72 pesetas, el litro de un refresco de cola a 182 pesetas, un litro de leche entera de marca a 165 pesetas.
“¿Me cobra el café con leche?”. “215 pesetas, por favor”, nos responderían. Al llenar el depósito de un coche de tamaño medio, con capacidad para unos 50 litros de gasolina, le cobrarían cerca de 10.000 pesetas, que era lo que abonaba un transportista en el 2001 para llenar el depósito de su camión articulado. “¿Me da una baguette “. ¿Son 150 pesetas”. La cerveza grande en el chiringuito de la playa costaría 500 pesetas…

He realizado el ejercicio de comparar los precios en pesetas del 2001 con los de un eventual regreso a la peseta hoy. La inflación media anual sufrida es simplemente escandalosa. El agua mineral ha subido un 9,1% cada año, de promedio; el cine, un 6,1%; los refrescos o el pan, un 7,1%; la gasolina súper, un 5,0%.

Por su parte, el salario bruto medio anual y la inflación han aumentado a razón de un 2,9% anual, de promedio, durante el pasado decenio.

Se debería calcular para un conjunto más amplio de productos y servicios, pero mi estimación es que, desde la introducción del euro, hemos perdido entre un 30% y un 40% de poder adquisitivo en productos de consumo básico de la cesta de la compra. Varias organizaciones de consumidores denunciaron esto con cálculos similares los primeros años tras adoptar la nueva moneda.

¿Cómo pudimos absorber estos precios si los salarios no aumentaban en la misma proporción? ¡Si la economía crecía! Muy sencillo: porque era el crédito quien financiaba el consumo, tanto vía préstamos personales o hipotecas como vía creación de empleo de un modelo de crecimiento insostenible. Es decir, la borrachera crediticia absorbía la brecha entre salarios y el coste de la vida, efectos secundarios poco comentados de esta letal burbuja.

En realidad, la gente percibía que los precios subían, pero, ¡ay, magia de los números! Los aumentos de un número pequeño son menos obvios que los de uno grande. Si un precio pasa de 12 a 13,20 euros no nos quita el sueño, al fin y al cabo ¿quién se indigna por un euro? En cambio, si pasa de 2.000 a 2.200 pesetas, nos parece menos aceptable. ¡Pues es el mismo importe y aumento!

Los redondeos que incorporó el euro hicieron estragos en los productos de importes bajos. Que se lo digan a los pobres críos, cuyos chicles pasaron de 5 pesetas a 3 céntimos el 1 de enero del 2002, y al cabo de poco ya costaban 5 céntimos (¡inflación del 66%!) “para facilitar el cambio”.

¿Cómo se podría erradicar de los nuevos rótulos la constatación de inflación? Pues mediante la semántica. Introduciendo un prefijo, como por ejemplo, neopeseta. Sería de este modo que, al ver la entrada al cine a 1.085 neopesetas, mantendríamos la indulgencia de estos diez años.

Aunque lo más probable es que se crease una moneda partiendo de cero y, de salida, se mantuviese la paridad con el euro para no liar más las cosas, que bastante enredadas estarían. En tal caso, habría que inventar un nuevo nombre que no recordase a nuestra antigua moneda. Hispanios, pesos españoles, filipos, qué se yo. El primer día los precios serían como el anterior. ¿Se imaginan? Oferta espuma de afeitar: 1,99 filipos.
Acto seguido, la devaluación sería inminente. Pero eso será objeto de mi próximo artículo.

Fernando Trias de Bes
Profesor asociado del Departamento de Dirección de Marketing de ESADE

Fuente: La Vanguardia

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