Sábado 01 de Octubre del 2016
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La línea que separa el estrés bueno del malo


El estrés es positivo, si se sabe controlar y mientras no falle nuestra memoria.
Se han escrito ríos de tinta sobre lo peligroso que puede ser acumular estrés en nuestras vidas. Cuando éste se repite, y llega a ser crónico, no sólo nos incomoda psicológicamente, también puede enfermarnos: adormece el sistema inmune, seca el tracto digestivo, y facilita la llegada de trastornos como el síndrome del colon irritable o la colitis ulcerativa. Además, si no se ataja a tiempo, puede deteriorar la memoria y, en casos extremos, provoca ataques de ansiedad, llegando, incluso, a acelerar el envejecimiento celular.

Dicho esto, parece paradójico afirmar que un determinado nivel de estrés es saludable, pero lo cierto es que lo es. Sin cierta cantidad de estrés nuestra vida sería un aburrimiento, y los problemas de salud aparecerían por el otro lado de la balanza, a través, por ejemplo, del sedentarismo.

El estrés, en las cantidades adecuadas, es un estímulo que nos mantiene comprometidos con la vida, atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor en todo momento.

El estrés bueno se experimenta mientras uno mantenga una sensación de control sobre la acción que se esté acometiendo“Nuestro objetivo no debe ser vivir sin estrés”, aseguraba Robert M. Sapolsky, neurobiólogo de la Universidad de Standford, en la revista Psychology Today. “La idea es tener una cantidad adecuada de estrés”, algo que se logra viviendo situaciones de emergencia, pero de corta duración y manejables.El “estrés bueno” se experimenta mientras uno mantenga una sensación de control sobre la acción que se esté acometiendo.

No importa como responda el cuerpo en ese momento, sino la certeza de que se va a salir bien parado de la situación y, quizás, fortalecido de la experiencia. Puede que los niveles de las hormonas relacionadas con el estrés se disparen, pero no tiene importancia siempre que se sepa que la situación estresante va a tener una duración determinada. Sapolsky cree que es positivo “renunciar voluntariamente a cierto grado de control y predictibilidad en nuestras acciones, siempre que el ambiente general sea benevolente”.

La maquinaria del estrés
En cuanto el cerebro percibe un estímulo el sistema nervioso simpático se pone en marcha. Se trata de la parte del sistema nervioso encargada, entre otras cosas, de poner al cuerpo en acción. Es entonces cuando se libera la primera de las hormonas del estrés, la adrenalina, que dilata los bronquios para hacer hueco a mayores cantidades de oxígeno y aumenta la frecuencia de los latidos del corazón, para que seamos capaces de bombear la sangre más rápido a los lugares donde más se va a necesitar: el cerebro y los músculos. En definitiva, nos prepara para una potencial situación de peligro.

Tras esto se libera la noradrenalina, que constriñe las venas que conducen al corazón para que la sangre pueda circular con más fuerza. Además, contrae las arterias que conducen a la piel para frenar posibles hemorragias en caso de lesión.

Por último, la tercera y más importante hormona del estrés, la cortisona, aparece en escena movilizando la energía almacenada en las células, racionando su gasto mientras dura la situación de peligro.

Todas estas funciones son necesarias para lidiar con situaciones críticas pero, ¿qué ocurre si se disparan antes de tiempo o no paran cuando deberían hacerlo? Entonces el estrés es contraproducente, puede convertirse en crónico y resulta un verdadero problema de salud. No se puede vivir siempre con el corazón y los pulmones en situación de emergencia…

Buscando el equilibrio perfecto
Para saber vivir la cantidad adecuada de estrés lo principal es conocer en qué momento éste pasa a ser peligroso, o al menos, poco saludable. En definitiva, debemos saber cuál es la línea que separa el estrés bueno del malo.

Una línea que existe y hasta tiene nombre: la ley de Yerkes-Donson, en honor a los psicólogos que la descubrieron. Este principio, que fue formulado en 1908, establece que “mientras más compleja sea una tarea, más bajo será el nivel de la emoción que puede tolerarse antes de que disminuya el nivel de rendimiento”.

En definitiva, pasado un punto (que es distinto en cada persona) el estrés, que es fundamental para nuestra actividad y supervivencia, pasa a ser algo negativo.

En la primera fase de respuesta al estrés solo actúan en nuestro cuerpo la adrenalina y la noradrenalina, y el rendimiento mejora mientras sube la concentración de estas hormonas, que nos ayudan en la realización de tareas tanto psíquicas como físicas. El problema llega cuando aparece el cortisol. A medida que aumenta la presencia de esta hormona nuestra memoria es mayor, y mejora nuestra habilidad para recordar conocimientos, pero llegado a cierto punto, la capacidad de nuestra memoria disminuye a medida que siga aumentando la presencia de la hormona. Y aquí está la clave: si notas estrés y empiezas a no recordar ciertas cosas, es que has cruzado la raya. Es el momento de buscar ayuda, y calmar los nervios. Mientras no llegue a este punto el estrés no tiene porque ser algo negativo, sino todo lo contrario.

Miguel Ayuso
Fuente: El Confidencial

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