Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Altruísmo en tiempos difíciles


Solidarios ahora más que nunca.
A estas alturas de la vida se puede afirmar que los plan­teamientos físicos que que des­velaron mentes como las de Isaac Newton, René Descartes y Char­les Darwin tenían un punto erróneo al considerar las leyes de la naturale­za desde una perspectiva mecanicista. Quedaban reducidas a una fórmula matemática, separable de sus partes y, para colmo, destinadas a luchar por una existencia en la que solo ganarán los más fuertes. Y cómo los humanos formamos parte de esa naturaleza, pues las leyes sirven lo mismo para la ameba que para usted.

Tal y como expresa Lynne McTaggart, gran divulgadora científica americana residente en Londres, “los últimos des­cubrimientos que se han hecho en toda una diversidad de disciplinas -desde la neurociencia y la biología hasta la física cuántica- ponen de manifiesto que el impulso más básico de la naturaleza no es la competencia, como sostenía la teo­ría evolutiva clásica, sino la integración de la totalidad”.

Dicho de otro modo y en sus propias palabras: “Los seres vivos, in­cluidos los seres humanos, tenemos la necesidad instintiva de conectarnos, prácticamente por encima de cualquier otro impulso e incluso arriesgando la vida por ello”.
Así es la vida, y no como nos la habían contado.

Hablar entonces de una conducta al­truista es como apelar a nuestra propia esencia. No se trata de que a algunos les toque el gen altruista y a otros el gen egoísta, sino del alma que nos une a todos. Eso sí, hay quien alimenta sus actos de ese amor y quien se empeña en darle la razón a Mr. Darwin y convertirse en un depredador de almas ajenas. Si todos hu­biéramos hecho lo mismo, ¿quedaría al­guien en este mundo?

ACABAR CON LA DUDA
“La naturaleza humana es buena y la maldad es esencialmente antinatural” (Confucio)

No todo el mundo estaría de acuerdo con la frase de Confucio. Por ejemplo, Simo­ne de Beauvoir creía que la naturaleza del hombre es malvada, convirtiéndose a la bondad a través de la cultura. Duran­te siglos y aún hoy existe un inagotable debate sobre nuestras esencias malignas o bondadosas. Aunque estaríamos de acuerdo en que hay de todo en la viña del Señor, mi interés reside en la diferencia entre una mente que cree en una cosa o en la otra. ¿En qué cree usted? ¿Experi­menta lo mismo el que cree que la natu­raleza del hombre es malvada que el que cree en su bondad?

No hay que tener demasiadas dudas al respecto. Somos hijos de las necesida­des desde que nacemos, y en la relación que se establece con los que nos cuidan nace primero el apego y después eso que llamamos vínculos afectivos.

Es nuestro mayor nutriente, la red invisible de segu­ridad y también de compasión. Si existen conductas malignas es por ausencia de ese amor, por desconexión con el alma humana.

Planteo este tema a raíz de la publi­cación en EL PAÍS del domingo 25 de marzo de un interesante informe sobre el altruismo. En él se cita que unos cuatro millones de españoles participan en al­gún tipo de voluntariado, cifra que sin duda aumenta cada día ante los aconte­cimientos que estamos viviendo, por no decir sufriendo. Comparados con Euro­pa, estamos en la zona baja, aunque está calando imparablemente, convencidos de que el mundo que hemos conocido hasta ahora necesita más que nunca de la generosidad de todos.

VALORES INVERTIDOS
“El hombre es un milagro sin interés” (Jean Jacques Rousseau)

Existe un acuerdo común en etiquetar la crisis que padecemos como una “crisis de consciencia”. Llevamos años confun­diendo la vida material, la cultura del te­ner, como la mayor fuente de felicidad.

Una vida satisfactoria ha quedado aso­ciada al éxito, a la competencia, a la abun­dancia, a la eterna juventud, a la belleza estética y, por supuesto, a una acaudala­da cuenta corriente. Se invirtieron los valores y a muchos les dio por acariciar la codicia. Todo lo contrario que mueve al altruista. Todo lo contrario de lo que sig­nifica una cultura del ser.

Lo que pone de manifiesto la situa­ción actual es algo impensable hace un tiempo: para muchas personas, el al­truismo es una forma de estar en el mundo, una actitud vital, una elección que describe una nueva conciencia. El derrumbe de la visión materialista de la existencia viene equilibrado por la emergencia de iniciativas que proponen una manera diferente de vivir, más ba­sada en nuestra capacidad de unir y no de dividir. De colaborar y no de solo competir. De vivir desde el corazón y no desde el bolsillo.
Imaginemos solo por un instante que, una vez de vuelta a la normalidad del bienestar, volviéramos a los mismos pecados capitales que la causaron. ¿Qué lección no habríamos aprendido? El ejemplo que nos dan las más de 30.000 organizaciones sin ánimo de lucro, de las cuales un 70% funcionan a base de voluntarios, es impagable. Pero no lo vean solo como un acto de mera sensi­bilidad social. Les sugiero, por expe­riencia, que lo contemplen como actos de amor.

MÁS GENEROSIDAD
“Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo” (Margaret Mead)

Estamos ante la gran prueba de la gene­rosidad. Solo saldremos adelante si cada uno, a su modo, con sus medios y sus influencias, alcanza a ir un poco más allá de sus expectativas. Y eso vale también para los que gobiernan, para los que inciden de un modo u otro en crear condicio­nes para que las personas puedan tener la mejor vida posible. Esas condiciones pasan hoy por atender al bien­estar subjetivo, eso es, a la vida interior de las personas, a sus afectos, a su autoconocimiento, a su sentido existencial.

Es la hora de plantearse una vida que valga la pena ser vivida por sus valo­res, por su grandeza, por hacernos bien al espíritu. Es la hora de la vida en co­mún, de no dejar a nadie en la cuneta, de mirar al otro para encontrarnos a no­sotros mismos.

Para ello no hace falta ir muy lejos; no hace falta buscar causas allende los mares. Seguro que al lado de casa, o dentro de ella, encontrará cau­sas que despierten a su alma y la pongan en acción. Les aseguro que pocas expe­riencias dan más sentido que hacer me­jor la vida de los demás. Todos los estu­dios psicológicos que se han realizado al respecto admiten el efecto sanador que tiene tanto para el que da como para el que recibe.

La práctica altruista, el voluntaria­do es hoy transversal. No se limita a al­gunas actuaciones solidarias, sino que se aprende a vivir solidariamente. Es la gran transformación individual y social que puede esperanzar a aquellos que en la actualidad no ven más que tinie­blas. Como le gusta cantar a Macaco, ‘love is the only way” (el amor es el úni­co camino). •

CONECTAR Y AYUDAR
PELÍCULAS
– Cadena de favores; de Mimi Leder. Warner Bross.- Patch Adams; de Tom Shadyach. Universal Pictures (1998).
– La lista de Schindler; de Steven Spielberg. Universal Pictures (1993).

LIBRO
-‘El vínculo; de Lynne McTaggart. Editorial Sirio (2011). Un tratado riguroso sobre la conexión entre nosotros.

Xavier Guix
Publicado en: El País

2 comentarios

  1. Decrece Responder
  2. Francisco Nieto Responder

    MUY interesante artículo. Creo que este mundo cambiaría si una gran parte de sus habitantes vivieran con los planteamientos aquí reflejados.

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