Sábado 01 de Octubre del 2016
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La receta anti-miedo: la cooperación


Guía mental para sobrevivir a la debacle que nos espera.
El miedo al “¿y si…?” es el nombre que recibe uno de los comportamientos más comunes en la sociedad contemporánea. Acosado permanentemente por señales negativas y noticias cada vez peores, es fácil que cualquier individuo se lance a una espiral de negatividad irracional en la que considere que el porvenir sólo puede traer cosas malas.

Si en el célebre cuento de la lechera su protagonista terminaba perdiéndolo todo debido a sus delirios de grandeza, en estas situaciones de crisis ocurre lo mismo pero en sentido inverso: terminamos hundiéndonos como consecuencia de nuestros propios miedos sobre lo que nos deparará el futuro.

En psicología se conoce como pensamiento catastrófico el que lleva a pensar sólo en las consecuencias negativas de cada acontecimiento, provocando ansiedad e incertidumbre y olvidando lo positivo. Un problema que se convierte en epidemia en momentos especialmente traumáticos o estresantes.

Podría decirse que dicho problema cognitivo se ha extendido a toda una sociedad expuesta a diario a una sucesión de informaciones (económicas, sobre todo) cada vez más negativas. La psicología ha defendido cómo muchas veces recurrimos al miedo para tratar nuestros problemas.

“Cuando las amenazas son importantes, sentir miedo puede ser aún peor, incluso desastroso en el caso de que no hagamos nada más”, señalaba el profesor de antropología social australiano Kay Milton en un artículo llamado, precisamente, Miedo al futuro. “Hay una circunstancia en la que nos decantamos por administrar nuestro miedo antes que por buscar una solución: cuando la amenaza es tan grande o compleja que nos hace sentir indefensos. En esa coyuntura, intentamos manejar nuestro miedo porque no nos imaginamos solucionando el problema”.

Es un marco bastante similar al que atravesamos como sociedad, y que suele aparecer “ante peligros estadísticamente probables”, como señala el autor.

Determinados programas se han desarrollado para poner freno a dichos pensamientos.

Un curioso ejemplo es el que lleva a cabo en el ejército de los Estados Unidos el profesor Martin Seligman de la Universidad de Harvard. A pesar de la polémica que ha suscitado, Seligman consiguió capacitar a los soldados para que en el campo de batalla fuesen capaces de olvidar lo que ocurriría tras el combate y se mostrasen presentes con el fin de tener la cabeza despejada para elegir la mejor solución. El programa partía de la idea de que las guerras, en el futuro, no las ganarían aquellos que tuviesen mejor armamento, sino los que contasen con un ejército preparado para afrontar cualquier circunstancia, por fatal que pudiese parecer.

Castillos en el aire
Luis Muiño, psicoterapeuta y divulgador, afirma que “el primer arma que debemos utilizar es evitar la tendencia a anticipar cosas que no han ocurrido y que probablemente nunca ocurran. Es algo natural en el ser humano, y que en muchos casos puede jugar un papel adaptativo.

Por ejemplo, cuando pensamos en un plan B ante determinada dificultad que pueda aparecer en el futuro”. Es lo que también se conoce como “luchar o huir”, la respuesta que produce el organismo frente a una situación peligrosa y que le lleva a decidir en cuestión de segundos entre ambas opciones, espoleado por el subidón de adrenalina y ansiedad que una situación crítica produce.

El problema se produce cuando dicha respuesta aparece en momentos en que no es necesaria, generando ansiedad sin que el peligro esté presente, o incluso inventando problemas a los que anticiparse. Es entonces cuando aparecen los tan frecuentes desórdenes de ansiedad.

“Cuando el cambio no está en nuestra mano, y no hay plan B posible, preocuparse no tiene sentido”, señala Muiño.

“El ochenta por ciento de las cosas que nos preocupan no van a ocurrir nunca. Se trata de algo totalmente improductivo, que sólo conduce a desmoronarse. En realidad, lo de menos es que el pensamiento sea acertado o no”..

Si preguntas a alguien por su familia, no te va a contar las buenas noticias, sino las malas

El psicólogo detalla una de las herramientas que emplea en terapia para relativizar la importancia de lo negativo: “Pedimos a nuestros pacientes que recuerden ejemplos de situaciones malas que finalmente salieron bien. Cada persona puede encontrar miles y miles. Por ejemplo, hay quien ha estado a punto de perderlo todo, o ha roto con su pareja y al final ha conseguido salir adelante”, señala Muiño al mismo tiempo que recuerda que tendemos a olvidarnos de lo positivo.

“Es lo que se conoce como una profecía autocumplida: pensamos que vamos a hundirnos y por lo tanto, terminamos conduciéndonos nosotros mismos a dicha situación”.

Exageramos lo negativo
No se trata, por otra parte, de intentar agarrarse desesperadamente a las noticias positivas, puesto que puede ocurrir que estas nos engañen y, por lo tanto, nos veamos conducidos a la desesperación. “No creo que la solución se encuentre en racionalizar la situación, pensando en que hay datos para la esperanza”, asegura Muiño. “Al final siempre se nos ocurrirá el peor escenario, puesto que estamos preparados cognitivamente para ello, con el fin de afrontar los problemas que puedan surgir. ‘Inútil’ es la palabra que debemos repetirnos continuamente cuando aparezcan tales pensamientos”.

Gran parte de los psicólogos han señalado en los últimos tiempos que precisamente la abundancia de información ha contribuido a que no podamos olvidarnos de las amenazas que se ciernen sobre nosotros.

Luis Muiño recuerda que “al fin y al cabo, las únicas noticias son las negativas”, y recuerda que las buenas nuevas –como el descenso de la criminalidad– no gozan de la misma difusión.

“No se trata de algo que ocurra sólo con los medios de comunicación”, prosigue. “Si te encuentras a alguien por la calle y le preguntas por su familia, no te va a contar lo bien que está el tío Paco, sino que la tía Pilar ha ido al médico y le han encontrado algún problema. Lo que va bien no interesa.

No queremos que nos digan por qué los zapatos no nos aprietan, sino precisamente por qué nos aprietan”.

Otro de los procedimientos utilizados en la terapia del psicólogo sirve para ilustrar lo erróneo de tal concepción: “Suelo coger un periódico de hace seis o siete años y entregárselo a mis pacientes para que comprueben cómo todo parecía irse a pique, incluso en los noventa, en el comienzo de la eclosión económica”.

La mayor parte de previsiones no se cumplieron, y las que sí lo han hecho, no han acabado en un apocalipsis absoluto. “Quizá no estaría mal dejar de consumir información de manera continua, especialmente la económica. De todas formas, se ha hablado de traficantes de miedo, pero creo que es algo consustancial al ser humano. Lo hacemos todos, no sólo los periodistas”.

Actividad contra el miedo
Una de las características esenciales de la incertidumbre es la parálisis. Si sentimos que las cosas van a seguir mal hagamos lo que hagamos, es probable que bajemos la guardia y nos dejemos llevar por la marea. Craso error: “La principal consecuencia del clima de miedo en el que vivimos es la indefensión.

El sociólogo Zygmunt Bauman habla del miedo líquido para referirse a esta situación. Ya no es que no podamos hacer nada con la prima de riesgo, es que ni siquiera sabemos muy bien qué es. Antes las amenazas eran reales y tangibles: los lobos que atacaban por la noche, la naturaleza misma. Ahora, ¿cómo te proteges de la prima de riesgo?”

Precisamente Bauman identificaba la incertidumbre con el miedo en su ensayo Miedo líquido (Paidós), cuando escribía que “el miedo es nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que hay que hacer para combatirla”, y recordaba que “la generación tecnológicamente más preparada es al mismo tiempo la más acuciada por sentimientos como la inseguridad y la impotencia”.

Lo más aconsejable, y no sólo desde un punto de vista psicológico, es ponerse en marcha. “Los que mejor llevan este tipo de situaciones son los que consiguen recuperar la sensación de control. Aunque no se pueda influir sobre la prima de riesgo, se puede hacer algo útil, como ampliar las perspectivas de trabajo, o controlar la economía doméstica y optimizar tus recursos. En definitiva, ponerse a hacer algo es muy bueno psicológicamente”, mantiene Muiño.

Sin embargo, mantiene el psicólogo, no se trata tanto de buscar el beneficio individual como de colaborar con los demás y sentirse conectado.

“Es necesaria una cierta solidaridad y organización, que debe partir de la empatía hacia los demás. Frente a las políticas del miedo que lo que propugnan es un ‘sálvese quien pueda’, lo importante es entender a los que te rodean, ponerse en su lugar y decir ‘estamos todos juntos’.

No consiste, en mi opinión, en actuar de forma individual, y ni siquiera en forma de lobby, puesto que los que más sufren no suelen tener ningún poder”, concluye el psicólogo, proporcionando así el último ingrediente de la receta anti-miedo: la cooperación.

Héctor G. Barnés
Fuente: El Confidencial

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