Martes 27 de Septiembre del 2016
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Abuelos al rescate


En la crisis europea, los abuelos salen al rescate.
Como muchos abuelos en Italia, Isidoro y Antonietta Arcidiacone ofrecieron de muy buena gana ayuda a su hija Grazia y su esposo cuando estos decidieron formar una familia. Pero al final, tuvieron que hacer más de lo que esperaban.

El policía retirado de 67 años y su esposa han tenido que abrir espacio en su apartamento de una habitación en Roma para su hija y familia. Arcidiacone lleva a sus nietos al parque y al médico y su esposa les cocina.
“Mi mamá y mi papá han sido fundamentales. No habríamos resistido sin ellos”, dice Grazia Arcidiacone, de 36 años.

Los Arcidiacone forman parte de una red de seguridad social que pocas veces hace titulares en la prensa del sur de Europa: el ejército de miembros mayores de una familia que está ayudando a las generaciones más jóvenes a subsistir durante la crisis económica que azota la región.

La mitad de los abuelos en España cuida a sus nietos a diario, y 68% de todos los niños menores de 10 años en Italia son cuidados por sus nonos cuando no están en el colegio o con sus padres, según cifras oficiales.

No se trata solo de hacer las veces de niñeros. El número de adultos de entre 25 y 34 años que viven con sus padres en Italia está aumentando (en 2011 fue 42% frente a 33% en 1994) y la mayoría dice que no puede darse el lujo de vivir independientemente. “Se está volviendo una necesidad”, dice Linda Laura Sabbadini, directora de la agencia de estadísticas de Italia.

La tendencia no solo es cultural, dice Katherine Newman, experta en la clase pobre trabajadora y en movilidad económica de la Universidad Johns Hopkins.

En tiempos modernos, los lazos familiares han compensado los sistemas de seguridad social que no son extensos o eficientes en su misión de ayudar a la población en general, como ha sido el caso en América Latina.

Pero en Europa, especialmente al norte, los lazos de integración son mucho más débiles debido precisamente a que los países invierten mucho más en servicios sociales y las personas no tienen necesidad de acudir a sus familias por ayuda.

La historia es diferente en el sur, en países como Italia y España, donde los padres de los adultos de entre 20 y 30 tantos años pueden ayudar principalmente porque las mujeres de generaciones mayores raramente tuvieron empleos. Cuando trabajaron, renunciaron a una edad joven gracias a generosos paquetes de jubilación. En 2010, apenas 36% de los ciudadanos entre 55 y 64 años trabajaban en Italia, frente a 70% en Suecia y más de 60% en Estados Unidos, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Pero a medida que los gobiernos endeudados pusieron un límite al gasto en pensiones, las personas se vieron obligadas a trabajar por más tiempo. Esto significa que los mayores dentro de una familia están menos disponibles para ayudar.

Los adultos jóvenes también dependían (financiera y físicamente) de sus padres gracias a leyes laborales que prácticamente les garantizaban empleos vitalicios. Pero ahora tanto Italia como España están desmantelando esas normas por lo que un solo proveedor no necesariamente podrá mantener a múltiples generaciones. Este año, las cabezas de familia que están desempleadas llegaron a un nivel histórico de 12,4% en España.

La nueva legislación tiene como fin darles más oportunidades a los jóvenes. Pero también significa que los trabajadores deberán dejar su círculo familiar para encontrar empleos, aflojando esos fuertes lazos generacionales de los que dependen los jóvenes bajo presión en Europa. Es un cambio radical en una región donde la gente usualmente se rehúsa a mudarse incluso por oportunidades de desarrollo.

La ayuda familiar cobra muchas formas en el sur de Europa. A los padres por lo general se les mantiene y cuida en casa, no en ancianatos. Pero pocas áreas de asistencia intrageneracional son tan atesoradas como el cuidado de los niños. Si tienen la opción, los padres prefieren dejar a sus hijos con los abuelos que en una guardería o con niñeras.

“Los papás son la mejor opción, pero los abuelos son la segunda mejor” alternativa, afirma Teresa Jimeno, una profesora de 44 años en Madrid, que se apoyó en sus padres para el cuidado de sus dos hijos antes de que entraran al colegio a los 4 años. Cuando eran más grandes, los abuelos llegaban a la casa mientras ella se alistaba para el trabajo y les hacían el desayuno antes de llevarlos al colegio. “Ni siquiera me atrevo a calcular cuánto dinero me ahorraron”, dice.

La preferencia cultural del sur de Europa por el cuidado de los abuelos significa que los políticos y las empresas tienen pocos incentivos para ofrecer las guarderías y flexibilidad laboral que ha permitido que las madres del norte de Europa trabajen, dice Daniela Del Boca, profesora de economía en el Collegio Carlo Alberto, en la Universidad de Turín y que estudia los efectos de las estructuras familiares sobre la movilidad y el crecimiento. Como porcentaje del Producto Interno Bruto, Italia y España gastan menos de la mitad en servicios de cuidado temprano y preescolar que Francia, el Reino Unido, Dinamarca o Suecia, dice la OCDE.

La disponibilidad de una red estatal de cuidado infantil es una de las razones clave para que 72% de toda la población femenina en Dinamarca y 60% en Francia esté empleada, comparado con 53% en España y 46% en Italia.

El vacío creado por la falta de servicios de guarderías pagados por el Estado ha sido llenado por los abuelos, lo que a su vez ha contribuido a un aumento del desempleo entre las mujeres en los últimos 20 años.

Gabriella Garuffi, de 66 años, dejó su empleo en el sector público con todos los beneficios pensionales cuando tenía 37 años, gracias a una antigua ley italiana, ahora desaparecida, que les permitía a las mujeres con hijos jubilarse después de trabajar apenas 14 años y medio.

La llamada “pensión bebé” le permitió a Garuffi criar a su hija Cecilia. Cuando en 2008 nació su nieta, Garuffi y su esposo se dedicaron a cuidarla a diario. Esta ayuda le permitió a Cecilia, hoy de 38 años, trabajar como abogada de derecho familiar en Roma, mientras su esposo laboraba en Milán.

Este escenario es poco probable en el futuro. Las reglas de la Unión Europea requieren que los estados miembros eleven sus edades de retiro con el fin de equilibrar un sistema que significa una carga cada vez más pesada para la población joven. La edad de jubilación en Italia será de 67 años para las mujeres en 2022.

Entre los que no estarán disponibles para suministrar apoyo familiar están los padres de Giulia Voci, una graduada de economía de 26 años de la Universidad de Roma. Voci recibe ayuda de sus padres para pagar la niñera de su hijo Tommaso de 18 meses, que asciende a US$620 al mes y también acude a ellos cuando la niñera no está disponible. La ayuda es primordial porque Voci gasta su sueldo de US$900 al mes que gana en una empresa de tarjetas de regalo en gastos de la casa que comparte con su pareja.

Los padres de Voci, una psiquiatra y una funcionario del Ministerio de Finanzas, los dos de 56 años, enfrentan vidas laborales más largas. Hasta el año pasado, la madre se habría podido retirar en cuatro años, pero ahora es probable que tenga que esperar otra década. “Tengo suerte porque están ahí para ayudarme financieramente”, dice Voci. “Pero van a estar ocupados trabajando por muchos años más”.

En última instancia, eliminar la dependencia de los habitantes del sur de Europa de sus familias puede resultar positivo, dice Alberto Alesina, un economista italiano de la Universidad de Harvard. Alesina dice que la estrecha dependencia de la familia es una de las razones del estancamiento del crecimiento en Italia en la última década porque siempre ha impedido que los trabajadores se muden a donde están los mejores trabajos y salarios.

“La familia ha ayudado a los adultos jóvenes a resistir la crisis, pero se ha convertido en un obstáculo de cara al futuro a largo plazo”, dice Andrea Ichino, profesor de economía de la Universidad de Bolonia quien coescribió un libro con Alesina titulado L’Italia fatta in casa (La Italia hecha en casa).

Alessandra Galloni
Fuente: WSJ Américas

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