Lunes 26 de Septiembre del 2016
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Radiografía de la felicidad en Francia


La felicidad, según los franceses.
Mientras el mapa político de Francia se vuelve rojo, un rojo que mancha Europa, una empresa de la comarca de Montauriol –apenas 47.000 habitantes– presume de ofrecer el bambú de mejor calidad de Europa. Es decir, el bambú fresco que ocho de los once osos pandas que residen en los zoológicos del Viejo Continente comen –o no comen, se trata de un animal muy caprichoso–, a razón de entre 30 y 50 kilos diarios. Es esta empresa, Rezo Plant, ubicada en una comarca perdida en el mapa, la que suministra la alimentación de los cuatro ejemplares del zoo de Madrid, capital europea del oso panda gracias a los detalles que Pekín ha tenido siempre con los reyes de España en sus visitas al país asiático. Los dos osos pandas que habitan en Francia fueron una gestión diplomática del presidente Sarkozy, plasmada en el 2011, y no acabaron –es curioso–, en ninguna gran ciudad del Hexágono sino en el zoo de Beauval, próximo a Tours.

“¡La calidad del bambú es esencial para que los pandas vivan felices!”, presumía el director de la empresa, Joseph Dereze, en un reportaje de Le Figaro. He aquí un ejemplo dela Francia inmutable, satisfactoriamente inmutable: garantizar la felicidad de unos animales simpáticos –y de elevado tren de vida, cuyo mantenimiento cuesta cinco veces más que el de un elefante– a partir de un negocio relacionado con la tierra y ubicado en un rincón geográfico modesto, entre Toulouse y Burdeos.

Francia puede culminar con las elecciones legislativas de este 10 y 17 de junio un espectacular giro a la izquierda. Tras la conquista del Elíseo, el Partido Socialista está muy bien situado, según todos los sondeos, para controlar también el Senado y la Asamblea Nacional, un dominio de todas las instituciones políticas sin precedentes desde la instauración de la V Repúblicapor el general De Gaulle en 1958, en la que sólo hubo un presidente socialista (Mitterrand, que reinó entre 1981 y 1995).

¿Arde Francia y tiene voluntad de darle la vuelta a todo? “Pas du tout…”. Un recorrido por esa Francia que no empieza ni acaba en París crea la impresión de que, ante todo, los ciudadanos lo que buscan no es cambiar su modo de vida, sino justamente todo lo contrario: luchan por mantener un estilo de vida arcaico, en el mejor sentido de la palabra, donde la felicidad de sus ciudadanos es el valor supremo. No es la felicidad de manual de autoayuda, ni es pasajero: lo que gusta a los franceses es la felicidad serena, sosegada, hereditaria…

“Cada día me parece ver de una manera más clara que Francia es un país que vive fuera del mundo –en un estado de tranquilidad paradisiaca–. (…) Francia parece un país hecho expresamente para vivir y para vivir en él tranquilamente”. Es un texto de Josep Pla escrito en los años 20, cuando el escritor ampurdanés se instaló en París y viajó por el Hexágono. Como tantos pasajes de Josep Pla, gran observador de lo esencial a través de lo superficial, su lectura tiene vigencia. A pesar del malhumor nacional y de los golpes de puño electorales sobre la mesa, la sociedad francesa tiene un conservadurismo vital que no se ha diluido con la globalización, un invento supuestamente anglosajón sobre el que los franceses dicen pestes a pesar de que sus empresas se desenvuelven en este nuevo marco económico mucho mejor de lo que parece, como a su manera confirma el caso del bambú primoroso de la comarca de Montauriol, exportado a todos los zoos dela Europacon pandas.

“Somos agricultores ricos, pero agricultores”. Así se explica Olivier Saunos, comerciante de vinos dela Borgoñacon tienda en Beaune, una población de 22.000 habitantes, en esta comarca tan renombrada, donde pasean turistas británicos y estadounidenses adinerados, las terrazas de los cafés están animadas y los votantes fueron fieles a Sarkozy.

En lugares como este, un tanto de postal, se aprecia el ritmo vital de esa Francia que se gusta ver como agrícola cuando lo cierto es que sólo el 3% de la población activa pertenece a este sector y si lo hace tan ricamente es porque Francia –que produce el 20% de la agricultura de la Unión Europea– recibe aún 10.000 millones de euros anuales de la Política AgrícolaComún (PAC), una partida que consume el 40% del presupuesto comunitario, para disgusto de los británicos (y de Estados Unidos). A los franceses les molesta especialmente esta crítica porque, en su imaginario, el campo, la tierra –y sobre todos sus productos– son el pilar de su forma de vida. Pla hablaba de las tres patas que garantizaban el bienestar de nuestros vecinos: el comer, el beber y el confort.

Los franceses saben vivir –y vivir bien–, sin grandes desigualdades sociales.

“No somos privilegiados y garantizamos la calidad, aquí de los vinos, pero también de muchos productos alimenticios. Las ayudas no son superfluas porque, además, permiten mantener el equilibrio ecológico y territorial”, aduce Jean, miembro de una cooperativa vinícola de Beaune, que parece molesto con el cuestionamiento de esas ayudas comunitarias y cuyo perfil parece encajar con el de un votante del Frente Nacional.

En esta Francia que sigue ahí, con la personalidad recia, el Frente Nacional se ha consolidado como la tercera fuerza política porque recoge, como el coche escoba del Tour, a los desheredados de la industria y, ahora, del campo. El FN mantiene un discurso anti-Unión Europea que bebe en la nostalgia y la incomodidad ante la inmigración no europea.

El Frente Nacional es una arista más de esa Francia que se resiste a cambiar porque se siente bien en su piel y soporta con desasosiego la pérdida de influencia en el liderazgo europeo. Los franceses perciben que, otra vez, la vecina Alemania, siempre Alemania, cobra más relevancia internacional y aumenta el protagonismo dentro del tándem franco-germano, el motor dela Unión Europea, ayer, hoy y mañana. Gracias también al desmoronamiento de la derecha francesa tras la derrota de su líder en las presidenciales, el Frente Nacional de la familia Le Pen confía en tener de nuevo representación parlamentaria, un hecho sin precedentes desde 1986, y eso quela Asamblea Nacionales una de las cámaras más amplias del mundo, con 577 escaños.

Hasta hoy, socialistas y conservadores habían mantenido un pacto republicano que frenaba en la segunda vuelta electoral, aun a costa de votar al gran rival, las aspiraciones del partido ultraderechista más sólido de Europa. Esta vez, la debilidad de los conservadores parece garantizar al FN de Marine Le Pen el retorno ala Cámara parlamentaria tras la segunda vuelta, fijada para el próximo domingo, 17 de junio.

“Cada vez hay más franceses que no tienen ningún complejo en votarles”, señalaba un diputado de la UMPde Sarkozy tras la pérdida del Elíseo. He aquí otra de las muchas paradojas de Francia: agita con vocación de liderazgo mundial la bandera del socialismo y al mismo tiempo consolida un partido reaccionario que se cargaría el euro y volvería a poner en circulación los francos. Un gran partido de la nostalgia que basa sus recetas en el pasado idílico, cuando las factorías automovilísticas o la función pública de la República Francesagarantizaban empleo, unas vacaciones como las que retrató el gran Jacques Tati en su Monsieur Hulot y ese lugar principal bajo el sol de las naciones del mundo (así como las victorias en Eurovisión, cantando, por supuesto, en francés).

La noche en que François Hollande ganó la presidencia, pronunció su primer discurso en su modesto feudo de Tulle, bajo la lluvia intermitente y a la sombra de la iglesia –el lugar tiene 15.000 habitantes–. Su discurso ahondó en cohesionar a los franceses –tras el quinquenato Sarkozy–, reconciliarles con el mundo… y liderar Europa. O mejor dicho, dar a Francia el rol mesiánico de devolver la ilusión y el crecimiento a los europeos. El discurso de Hollande fue una confesión implícita de que hay que recuperar el terreno perdido respecto a Alemania, la referencia para el francés medio que convive sin problemas con el boom de Londres y su City, pero que, en cambio, se siente incómodo cuando ve que, en el departamento francés del Alto, Rin el desempleo es del 9,2% y en el vecino land alemán de Baden-Württemberg está en el 4%. Ahí sí que le duele al francés medio porque Alemania es una referencia para el modelo social francés. Y que además genera empleo…

Un observatorio de esta relación con Alemania –que ha marcado después de tres grandes guerras el talante bon vivant de Francia– es la ciudad alsaciana de Colmar, 66.000 habitantes y, como siempre, un hijo célebre (el escultor Bartholdi, creador dela Estatua dela Libertad de Nueva York). “¿Por qué tienen menos paro nuestros vecinos alemanes, tan próximos? Eso nos preguntamos en todas las reuniones los ayuntamientos de Alsacia. Yo creo que hay dos factores: las cifras de empleo en Alemania están maquilladas y engloban muchos trabajos a tiempo parcial, a 400 euros mensuales. Segundo, los alemanes son muy, muy pragmáticos en lo económico”, señala la alcaldesa adjunta de Colmar, Delphine Mann, responsable de las relaciones internacionales y germanohablante (y casada con un alemán).

También en Colmar, una de esas ciudades fronterizas que en dos ocasiones pasó a dominio alemán y donde el mayor empleador es la firma helvético-germana Liebherr (1.450 asalariados en Colmar), el empresario Jean Schneider, con 30 empleados, se irrita: “Tenemos una legislación laboral en Francia de miles de páginas”. Le asiste la razón: son 3.200 páginas. Y una complejidad fiscal similar. Los franceses pagan muchos impuestos. Al fin y al cabo, un alemán no tiene derecho a cobrar el desempleo más de 12 meses mientras que los franceses alcanzan los 23 y, en el caso de los mayores de 50 años, hasta tres años…

Cuando surge la ejemplaridad alemana, los franceses destapan un poco la caja de sus fantasmas. Han construido Europa y descarrilan en referéndum sus grandes tratados. Agradecen la paz social y despotrican de los impuestos. Ven la globalización como una amenaza lanzada por los norteamericanos contra su modo de vida, pero son una potencia exportadora. Se diría que Alemania les tiene comida la moral y de ahí el éxito electoral de Hollande, cuyo ascenso y personalidad guardan similitudes con la canciller Merkel. También es una fuente de energía para reinventarse, cosa que Francia hace con regularidad sin perder su fisonomía de partida de petanca, hedonismo y buenos alimentos.

“Tenemos que imitarles en algunas cosas para mantener nuestra pujanza. Los alemanes tienen una cultura de los oficios manuales y técnicos que es superior a la de Francia. Eso se traduce en una jerarquización menor entre los trabajadores de cuello blanco y los de cuello azul”, observa Bernard Salter, presidente de la Cámarade Oficios de Alsacia, uno de cuyos objetivos es mejorar la formación profesional de los jóvenes franceses de la región, cada vez más dispuestos a cruzar la frontera. También los trabajadores de Renault o de la industria aeronáutica son un elemento inconfundible de esa Francia donde la vida sigue igual, felizmente igual aunque haya una marea electoral roja que puede inducir a creer que los franceses están al borde de la explosión. Un espejismo al que no fueron ajenos los modales –los malos modales– del presidente saliente, cuyos defectos fueron insoportables incluso para la burguesía de Lyon, Burdeos o París que nunca votará a la izquierda, pero que tampoco se ve representada en los parvenus, los advenedizos, y sus formas ostentosas, poco discretas y propensas al ruido…

Francia sigue siendo envidiable en la forma en que cultura y sociedad se relacionan, dos capas permeables que se alimentan. La cultura forma parte del french way of life, como demuestra el seguimiento de manifestaciones de apariencia elitista tal que el Festival de Cannes.

La reciente ceremonia de clausura de la 65.ª edición tuvo un detalle muy oportuno para tratar de explicar el alma nacional, donde la felicidad –de los seres humanos, de los osos pandas…– es básica para sentirse vivos como personas, ciudadanos y compatriotas. El gran y esquivo Jean Louis Trintignant, protagonista de Amour, la película galardonada conla Palma de Oro, recitó una frase del poeta y guionista Jacques Prevert, que dice mucho del anhelo francés por la felicidad, entendida como un fin encomiable y sin los perfiles cursis, inmaduros y adolescentes que tiene en manos de muchos anglosajones… “Y si tratáramos de ser felices, aunque sólo sea para dar ejemplo…”. Porque dar ejemplo de la felicidad ha modelado esta Francia que se resiste a dejar de ser quien ha sido y es…

Joaquin Luna
Publicado en:  Magazine-La Vanguardia

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