Sábado 01 de Octubre del 2016
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Estamos ante un momento histórico de gran trascendencia


La crisis es moral.
Estamos inmersos dentro de un juego que ensombrece el mundo entero y lo hace entrar en pánico. Un juego al que llaman crisis, pero que en realidad es algo mucho más importante y un punto de partida para algo que está por venir y que ya hemos empezado a construir.
Nunca antes la humanidad había gozado de una oportunidad como la presente para provocar un cambio histórico cuya magnitud jamás ha sido vista.

Ofrecemos aqui, a nuestros lectores, el primer capítulo completo de Verdades Cambiadas de Jorge Dobner, fundador de En Positivo.

Capítulo 1: Las cosas están mal, pero en el mejor momento para ser cambiadas.

“El síntoma es el lenguaje de un cuerpo para manifestar su desequilibrio.
Aprendamos el lenguaje del síntoma”.

La crisis no es económica. Es moral. Es el reflejo de la ética corrompida. Y ha puesto de manifiesto lo que la raza humana debe corregir: la avaricia. Que para esta ocasión también ha roto el saco. La debacle estaba anunciada. Desde hacía, por lo menos, 30 años. Sin embargo, los economistas que la temían no fueron escuchados. Ni por los políticos ni por los medios. La burbuja se fue hinchando, alcanzando niveles de insostenible tamaño hasta que explotó y arremetió contra el mundo entero. Las consecuencias inmediatas en menos de un año llevaron a más de 50 millones de seres humanos a vivir por debajo de la línea de la pobreza, 30 millones a perder sus trabajos y otros tantos a despedirse de sus ahorros de toda la vida y sus casas. Un agujero profundo que acabó de romper el contrato social y provocó daños en una sociedad que tardará años en recuperar la total normalidad.

Los expertos aseguraron que en los diez años siguientes a la crisis deberían crearse 440 millones de empleos para poder mitigar los efectos del desastre y absorber aquellos que se incorporarán en el mercado laboral. Mientras, nadie pudo determinar el nombre de víctimas que, con sus vidas, pagaron por pecadores cuando eran justos. Aquellos quienes vieron como se quedaban sin nada de la noche a la mañana. O que fueron perdiendo poder adquisitivo día tras otro a la vez que unos pocos, a sus anchas por la selva de un sistema jamás regulado, llenaban sus bolsillos vendiendo humo y generando riqueza sin contemplaciones. No en vano, ‘la banca’ se convirtió en anagrama de sí misma al derivar en una auténtica ‘bacanal’ y a ‘las bolsas’ les acabó pasando lo mismo, pues pasaron a ser ‘las lobas’.

Nos puede resultar lógico pensar que la crisis de 2007 – 2011 es una de esas típicas tempestades que sólo se ven un par de veces en la vida y que sirven para purgar los excesos de lo que ha crecido sin medida. Solo que no se entendió bien el mensaje y a la cultura financiera, de por sí insaciable, le pasó lo impensable: se empachó. Socialización de las pérdidas, privatización de los beneficios. Regla número uno de la economía del sistema.
Dinero llamó dinero, hasta convertirse en un fin en sí mismo. Y los maleantes que dieron alas a este enfermizo sistema siguieron escuchando el latido de su corazón que ya sólo se mantendrá vivo para enriquecer sin límite su portador.

Pero las víctimas de la violencia del sistema jamás han sido tan llamativas como las de un conflicto bélico, motivo por el cual, todavía hoy no hemos podido determinar una cifra exacta de quienes murieron por culpa de la pobreza que la crisis desató. Sin embargo, cada día fallecen 30.000 niños menores de cinco años por culpa de la hambruna en un mundo en el que más de 1.000 millones de seres humanos viven con menos de un dólar diario. Estas cifras, que fueron creciendo desde la segunda mitad del siglo XX, con la ayuda de pequeñas crisis de menor tamaño que no se supieron ni quisieron arreglar, dejan un lastre peor que el de la Segunda Guerra Mundial, y se ceban con el colofón casi ‘atómico’ dinamitado por Wall Street.

En 2009, el Banco Mundial y los líderes del G20 temieron que el colapso de la economía global causara, a lo largo de la siguiente década, hasta 90 millones de muertes provocadas por la pobreza y por las más que probables oleadas de disturbios sociales. Disturbios, por cierto, que sí acontecieron. Y que lo hicieron, veremos más adelante, de forma no violenta pero también de forma violenta, dando paso, incluso, a auténticas guerras abiertas. De producirse tal predicción de número de muertes, habríamos llevado el mundo a un verdadero conflicto global. Una Tercera Guerra Mundial. Durante la Guerra Fría tuvimos miedo a las armas nucleares. Lo que nos ha llevado, hoy, al abismo ha sido la pobreza.
Algunos consideran la recesión de 2008 como el hundimiento del sistema que hemos creado. Otros están convencidos de ello y ven la debacle como una especie de Little boy arrojado a la población norteamericana y extendida al resto de la humanidad. Sin embargo, nosotros, sin creerlo porque no hay más remedio, lo vemos como el punto óptimo para renacer. Para reinventarnos. Y para trazar un camino de éxito que nos lleve al triunfo de la humanidad. Porque a pesar de todo, y como irá viendo usted a lo largo del libro, tenemos motivos para la preocupación. Pero tenemos muchos más para ser optimistas.

Ladrones de maletín y corbata
Recuerde que según la etimología de la palabra latina crisis, ésta es algo que se rompe porque debe ser analizado para luego emitir un juicio. Parémonos a pensar, pues, qué ha sucedido y veamos, a partir del análisis de la realidad, cuáles deben ser los pasos a seguir para que no se repitan los patrones de error humanos y sociales que se han dado desde la segunda mitad del siglo XX. Después de la gran depresión, la economía de los Estados Unidos tuvo 40 años de crecimiento ininterrumpido, sin ninguna crisis que la refrenara. El contexto era el de una industria financiera muy regulada, en la que la mayoría de los bancos eran locales y tenían prohibido especular con los ahorros de los contribuyentes.

Sin embargo, la política cambió en 1981, cuando el presidente Ronald Reagan escogió como Secretario de Tesorería a Donald Regan, gerente de Merrill Lynch, banco de inversiones, que acabaría siendo una de las entidades más involucradas en el estallido de la crisis. Así comenzaron 30 años de desregulación financiera impulsados, entre otras, por Alan Greenspan, a quien el presidente nombró jefe de la Reserva Federal, el banco central norteamericano. Greenspan mantuvo el cargo incluso bajo los mandatos de Bill Clinton y de George W. Bush.

Durante la presidencia de Clinton, el Secretario de Tesorería fue Robert Rubin, ex-gerente de Goldman Sachs, otro de los bancos que acabarían siendo co-protagonistas de la recesión. Y lo siguió en el cargo Larry Summers, profesor de economía de Harvard, que tras la crisis fue jefe de los asesores de economía del presidente Obama (el mundo no dio tantas vueltas. Entre pocos se repartieron las sillas a su voluntad).
El sistema público norteamericano fue absorbiendo, poco a poco, a los hombres de Wall Street, independientemente del color del partido del presidente. Así, el país vio aparecer auténticos gigantes financieros, firmas con tal volumen de poder que si colapsaban, se llevarían con ellos la sociedad entera. Resulta revelador, a modo de ejemplo, que en 1972, la entidad financiera Morgan Stanley tuviera 110 empleados en total, una oficina y un capital de 12 millones de dólares. A finales de la primera década del siglo XXI, alcanzó los 50.000 empleados y un capital de miles de millones. A parte de poseer oficinas en todo el mundo, incluidas en España y Latinoamérica. Tal crecimiento no era milagroso, era fruto de la apuesta de todo un sistema en esta dirección. En 1968 un alto ejecutivo podía llegar a ganar 66 veces más que un empleado medio; en 2011: 900 veces más. Sin comentarios.

Con las políticas que fomentaron el crecimiento de la industria financiera, se puso fin a una ley que nació años atrás, en la Gran Depresión, y que impedía que los bancos con depósitos participaran en actividades de bancos de inversión. El menú estaba servido: pólvora en un carro sin frenos y con la mecha prendida. Lo que vino después, ha sido explicado en millones de artículos y en miles de libros, los cuales han sido redactados para tal propósito.

No obstante, lo que más nos llama la atención de un mundo entero liderado por Wall Street, es que aquellos que hincharon la burbuja, que vieron crecer su fortuna exponencialmente y que, según aparece en la película Inside Job, pasaron a una vida de lujo en la que no faltaron ni la cocaína ni las prostitutas, enterraron en la miseria a tantos millones de seres humanos y a pesar de todo, siguen paseándose con corbata y maletín por las grandes avenidas. El Senado de los Estados Unidos investigó las causas de la crisis y concluyó que el sistema no solamente estaba muy poco regulado sino que además estaba dominado por la avaricia, los conflictos de intereses, el engaño a los clientes y la manipulación de los mercados. Casi nada.

Pero sí, es verdad, los hombres de Wall Street no lo hicieron solos. Los gobiernos les ayudaron. Incluso tras la fallida de las entidades, éstas fueron rescatadas. La economía real no pudo decir lo mismo.
Tan solo en muy contadas ocasiones hemos visto a los responsables de la crisis financiera entre rejas, como sucedió en Islandia tras la fallida económica de 2008 y las protestas ciudadanas consecuentes que acabaron con el Gobierno de turno.
Sin embargo, en los Estados Unidos, las cosas no siguieron el mismo rumbo. El presidente Barack Obama expresó su voluntad de poner orden al descalabro político y financiero y subrayó, en más de una ocasión, la necesidad de acabar con la avaricia y la responsabilidad que habían provocado aquella situación. A la hora de actuar, no obstante, las cosas fueron distintas.

Timothy Geithner, ex-presidente de la Reserva Federal de Nueva York y una de las mayores influencias para que a Goldman Sachs se le pagara el 100% de sus apuestas contra las hipotecas, fue nombrado Secretario de Tesorería. Su jefe de gabinete fue Mark Patterson, ex cabildero de Goldman y asesor importante de Lewis Sachs.
William C. Dudley, quien fue jefe de economistas de la misma Goldman Sachs, ocupó el cargo de presidente de la Reserva Federal de Nueva York bajo el gobierno de Obama. Y así, podríamos seguir relacionando responsables de la crisis con altos cargos de la administración. Es muy posible que las intenciones del presidente para poner punto y final a esta suma de despropósitos, fueran serias y reales, sin embargo, el poderío de Wall Street incluso en el seno del Gobierno, impidieron que las reformas llegaran a materializarse.

Crímenes económicos contra la humanidad
Con todo, no en vano se ha venido hablando, cada vez más, del concepto de crímenes económicos contra la humanidad. Porque la liberalización sin control del mercado financiero ha tenido sus padres. Pero también sus consecuencias. Y éstas han sido el encaje perfecto de lo que el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional define como “actos inhumanos que causen graves sufrimientos o atenten contra la salud mental o física de quien los sufre, siempre que dichas conductas se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque”.

Gandhi decía que ‘el hambre es un insulto. Humilla, deshumaniza, destruye el cuerpo y el espíritu. Es la situación más asesina que existe.’ No hace falta decir que esta sentencia, para quienes forman parte del sistema, es vana, pues a oídos sordos no solamente permitieron la pobreza sino que la fomentaron y la potenciaron. Se trata, entonces, de actos de suma responsabilidad moral de origen no natural, sino humano. Sin embargo, el mal fue aceptado: son las reglas del juego. Protegido y hasta banalizado.

Con esta tendencia, la riqueza contribuye a un mayor distanciamiento entre grupos sociales, se fragmentan los Estados y las élites acaban abandonando el resto de las clases al capricho del destino. Seguro le suena. Es lo que, entre otras cosas, explica el sociólogo francés Alain Tourain en su obra Después de la crisis . Además, añade que esto es fruto de la Rebelión de las élites, algo de lo que se habla desde mediados de los noventa, por el que los actores económicos y políticos de una sociedad dan unilateralmente por concluido el contrato social que los une con los demás ciudadanos. Recordemos, dicho sea de paso, que en el contrato social, no escrito, por cierto, se sobreentiende que las élites del país absorben las penurias sociales producidas por las recesiones, pero las ganancias se comparten.
Pero si el primer error fue permitir llegar a la lamentable situación, el segundo fue no culpar a quienes causaron el daño.

Sus nombres deben ser públicos y como ciudadanos, nuestra tarea está en presionar a las autoridades y, sobretodo a la justicia, para que paguen y devuelvan el dinero que se llevaron. Si no echamos mano al asunto y permitimos que sigan habiendo altos dirigentes que asesoren nuestros políticos después de crear una estructura perversa y de condenar a tantos millones de seres, o que la ley de la selva siga imperando en los mercados, no habremos aprendido nada y el daño seguirá perpetuándose in saecula saeculorum. Para ello, no hay subidas de impuestos ni políticas de recortes de derechos que valgan. Y ni mucho menos despliegues bélicos en nombre de la paz y de la democracia que sirvan para dar vida a la economía aunque eso signifique condenar a otros. En este sentido, pues, lo único que vale es lo ético y la regulación. A sabiendas que tan solo con la ayuda del tiempo se renuevan las sociedades, algo para lo que se debe estar preparado, pues en la era de la tecnología donde todo fluye como un relámpago, es necesario saber que los resultados no pueden ser inminentes. De lo contrario, bien podemos sospechar que ni nos habremos renovado ni habremos cambiado nuestras mentalidades.

Günter Grass, conocido como patriarca de la literatura alemana, dejó claro que los bancos y el sistema financiero anulan la democracia y secuestran los gobiernos y los parlamentos, además de convertirse en amos de los medios de comunicación, los cuales ya no necesitan recurrir a la censura pues basta con cortarles los ingresos publicitarios. De esta manera, se les extorsiona para que no puedan explicar a la opinión pública los atropellos del poder sobre la ciudadanía misma.

La permisividad de las clases políticas ante los despilfarros de la industria financiera y su creciente estrangulamiento fue tal que incluso Warren Buffet, el tercer hombre más rico del mundo según la revista Forbes, en agosto de 2011, pidió, a los Estados Unidos que subieran los impuestos a los multimillonarios, en un momento en que para evitar la suspensión de pagos en este país cuya economía quedó rota, se elevó el endeudamiento. Sus argumentos, publicados en el New York Times, fueron claros y convincentes: ’Mientras los pobres y la clase media luchan por nosotros en Afganistán y la mayoría de estadounidenses pasa apuros para llegar a fin de mes, nosotros los mega-ricos seguimos con nuestras extraordinarias exenciones fiscales, (…) Dejad de mimar a los súper ricos’. Finalmente concluye: ‘ha llegado la hora de que nuestro Gobierno se ponga serio sobre el sacrificio compartido’.

Apegos humanos
Este espiral vertiginoso que ha disparado los índices de la pobreza y ha acotado los ricos en un cerco menor pero de mayor capital, ha ido en paralelo con una crisis de valores que seguramente deberíamos situar como causa inicial. Desde la irrupción de los media y sus propuestas publicitarias, una historia que tiene poco más de un siglo, el concepto libertad ha sido confundido con el concepto poseer. El mundo de la empresa, y luego el financiero, movido por la necesidad de la venta, ha sabido encontrar, de forma muy exitosa, la grieta de los apegos materiales para colocar ahí sus productos. Fomentar una vida basada en el consumo era la engañosa fórmula que llevaba a mayores libertades. El estilo de vida norteamericano, con casa grande y jardín, garaje y dos coches es el paradigma que se ha repetido hasta hoy día. La dependencia del automóvil y de la gasolina los convirtieron en aparentes seres libres, cuando ni el coche ni la casa con jardín tenían porque ser necesarios para una vida mejor. El suculento paraíso humano sobre el que hacer negocio no era solamente factible sino que además reportaba grandes éxitos para los bolsillos de quienes movían los hilos del sistema. Y así, la necesidad de la venta paso a ser codicia.

El sistema, pues, se ha encargado, a lo largo de la historia, de vendernos libertades individuales, de fomentar lo propio, lo personal. Ha dedicado buena parte de sus recursos, que no son pocos, a agrandar el lado egoísta en todos y cada uno de nosotros para un único beneficio comercial. Y hasta se ha encargado de generarnos las necesidades para ofrecernos sus soluciones. Hemos llegado al extremo de que lo único que nos preocupa es poder pagar nuestras hipotecas, llegar a final de mes, preocuparnos de nuestros menesteres. Y poco a poco, hemos ido perdiendo sentido de lo comunitario y social. La destrucción del colectivismo es uno de los mayores triunfos del sistema. Además, la violencia y el temor, fomentados desde los centros del poder, han dado la oportunidad a la empresa de hacer negocio con la cuestión de la seguridad. Demonizar un personaje o un país con el pretexto del terrorismo o de su belicosidad genera ansiedad a la población. Librar batalla a ese posible enemigo, crea un falso bienestar y hasta cierta satisfacción a la ciudadanía, a la vez que engrandece la industria militar, frecuentada por las empresas privadas.

Pero no debemos perder nuestro sentido de la responsabilidad. Hay quienes aseguran que nos encontramos en el punto exacto que merecemos. Bien es cierto, entonces, que quienes escogen a los políticos somos la ciudadanía, aunque ellos, después, no atajen los abusos, no trabajen para que la justicia se implemente, no limiten los mercados pero, y sin embargo, tampoco paguen los efectos de la crisis con sus bolsillos. Hablamos del contrato social. ¿Cómo no se va a romper? Asoma la corrupción, los despilfarros públicos, la extravagancia de determinados hombres de poder, los errores de gestión y, a pesar del escándalo, se mantiene la impunidad.
El ser humano está en su deber, responsabilidad y obligación de pedir cuentas a los hombres y mujeres del Estado. Y a sumar fuerza y consciencia para dirigir la sociedad hacia donde realmente deseen. Es preciso despertar de una larga letargia, de una somnolencia mortífera.

Reconozcamos, pues, que tampoco nosotros, como sociedad civil, hemos impulsado este cambio que tan solo han intentado promover aquellos calificados de utópicos. Pues a fin de cuentas, quien acata las normas del sistema político y económico somos la ciudadanía. No nos cuestionamos el hecho de que nuestra participación democrática quede reducida a la introducción de un papel en una urna cada cuatro años. Y asumimos y creemos que es justo darles a ellos nuestra representación para que en nuestro nombre tomen decisiones que menos les afectan ellos, más nos afectan a nosotros. Eso, cuando a menudo, el sistema político de un país no representa de forma justa e igualitaria la voluntad de la ciudadanía en su conjunto territorial. Igualmente, aceptamos la suma de dinero que invierten para promocionar sus candidaturas, aún sabiendo que en algunos casos, no llegarán al poder. No nos cuestionamos nuestras instituciones y administraciones bajo el pretexto de que forman parte de la tradición y la cultura, en algunos casos centenaria. Nos arraigamos en lo tradicional y antiguo, ofreciendo resistencia al cambio, a los nuevos tiempos, a las sociedades líquidas, en palabras de Zygmunt Bauman .

Los movimientos pro-liberación democrática que surgieron a principios del 2011 en toda la región de influencia islámica, y que en muchos casos llevaban años cultivándose, dan buena prueba de la capacidad de la sociedad civil para cuestionar, contestar y reprimir los centros de poder cuando estos violan los principios de libertad. Movimientos que son fruto del trabajo, pero también de la desesperación de la población y de su responsabilidad en exigir a los gobiernos nuevos rumbos para el devenir político de sus estados. Las protestas desde el Atlántico hasta el Golfo Pérsico han desvelado que el punto débil del sistema florece cuando la sociedad civil toma consciencia de unidad y actúa hacia una misma dirección.
Pero nuestro sentido de la responsabilidad social, como ciudadanos, desde el comienzo de la Guerra Fría, ha brillado por su ausencia. La pérdida de la visión global, antes mencionada, la falta de convergir puntos de visión y estrategias sociales en una dirección única, han motivado la imposición del sistema que gobierna, y que necesariamente debe pasar a la historia.

Valores en pérdida
Del otro lado, la falta de implicación política, marcada, también, por la desafección y la anestesia, no ha sido la única que nos ha llevado a la situación que nos concierne. Al ser humano le ha faltado indignación y capacidad de respuesta ante el incremento del paro generalizado en occidente. Reacción ante el incremento del precio de los productos básicos y contesta y falta de agallas ante la estabilización a la baja de los salarios, en unas jornadas laborales cada vez más intensas y prolongadas. La nulidad de condiciones y garantías para el futuro ha facilitado la aceptación de muchos jóvenes, quienes más acusan las altas tasas de paro, de los contratos basura o de los salarios mínimos, en profesiones a menudo cualificadas pero no reconocidas expresamente. De esta forma, han contribuido a la perpetuidad de la precariedad laboral. Tampoco ellos han sabido rechazar sus opciones por miedo, a cambio de luchar por sus derechos y por la dignidad de sus ejercicios profesionales. Así, la sociedad del bienestar que padres y abuelos lucharon por conseguir, se ve gravemente amenazada, sin que ofrezcamos resistencia aparente.

Igualmente, ha surgido el fenómeno de los ni-ni (quienes ni trabajan ni estudian). Sin embargo, debemos preguntarnos qué ha facilitado la pérdida de las esperanzas y la aparición de los temores por parte de quienes están en una época de dorada actividad e innegable potencial.
La educación, en ese contexto, ha tenido un papel fundamental. Los sistemas educativos públicos han centrado sus programas en dotar al niño de conocimientos útiles para la vida productiva, pero no a desarrollar los recursos y talentos con los que llegó al mundo. De esta forma, estamos obligando a nuestros niños a encajar en unos patrones culturales y sociales que reprimen la creatividad y limitan sus capacidades. Les enseñamos a ser competitivos y les inculcamos el valor de la rivalidad. Los evaluamos en función de sus potenciales intelectuales y les involucramos en una especie de cadena darwiniana en la que solo se mantienen dignamente los más capacitados. Así, conseguimos que las primeras frustraciones de los menores aparezcan de forma precoz. Y que en edad pre-adolescente e incluso adulta, el mismo individuo se descarte a sí mismo en la búsqueda de la realización profesional por considerarse no apto, si es que el triunfo profesional no le acompaña desde el inicio de su carrera. A menudo, en un marco de retos y objetivos difícilmente alcanzables que nos obligan a dar más de nosotros mismos por encima, incluso, de nuestras posibilidades.

Vivimos en el miedo de perder el tren o de caerse de él, hállese ahí otra forma de violencia que absorbemos desde temprana edad y que nos acompaña a lo largo de nuestras trayectorias. Como nos aclara Ignacio Morgado, Catedrático de Psicobiología en el Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, es preciso encontrar el equilibrio entre lo emocional y lo racional. Sin embargo, por ahora parece que esa es una batalla en desventaja.

Y en ese contexto, hemos creado un mundo laboral que genera pánico entre los jóvenes. Tal es el motivo de la prolongación de sus estudios en las universidades, que consiguen en ellas un sedante aparentemente útil en los grados de especialización para creerse más aptos en la empresa cuando abandonen la etapa estudiantil.
En el campo de la educación, no podemos olvidar la perversión sobre nuestros menores inculcándoles ambición consumista, algo fomentado desde los media. Sus excesivos índices de obesidad y su incremento del tiempo ante la televisión y el ordenador, por delante del tiempo de escolarización y, sobretodo, del tiempo dedicado al entretenimiento y el ocio al aire libre. Esto, sumado al poco contacto entre padres e hijos por razones laborales, nos hace pensar en unos niños más cercanos al fracaso y al problema en un futuro no muy lejano.
En efecto, el círculo vicioso de las extensas jornadas laborales también se traduce en la falta de conciliación con la vida familiar. Algo que suele sustituirse con el capricho con el que se compra la falta de estima y contacto del hijo y que convierte a los padres en más permisivos, tolerantes y sobre-protectores de los mismos.
De este modo, la vida familiar de los menores, se ve reflejada también en el mundo escolar, cuyos índices de fracaso van en aumento, al lado de un incremento de la violencia en etapas de secundaria y el desinterés generalizado por parte de aquellos que en su día deberán entrar a la Universidad o ponerse directamente a trabajar. Y, en muchos casos, con la complicidad o la falta de implicación de los padres.

En el consumo
Paralelamente, el resentimiento de las economías domésticas de las mayorías en el mundo de la globalización ha empujado a muchas familias hacia la nueva cultura del Low Cost. La comida, los muebles, los vuelos. Opciones de consumo que por económicas se han vuelto en masivas, sin que reparemos en la calidad que recibimos a cambio y, peor aún, sin que nos demos cuenta del impacto que este tipo de consumo produce a nivel planetario.

En la sociedad de la globalización, donde las interconexiones comerciales atan cabos en todos los extremos del mundo, debe ser de nuestra responsabilidad conocer el proceder de aquello que entra en nuestras casas. Y que en muchas ocasiones va a nuestros estómagos.
Detrás de la producción de alimentos fácilmente se encuentra la financiación de una guerra , el ejercicio de una agricultura intensiva que ahoga las propiedades de la tierra en pocos años, violaciones de derechos humanos, contaminación. Alimentos controlados por no más de siete empresas mundiales que se reúnen periódicamente para pactar los precios en función de sus bolsillos, aunque de ello dependan los casi 7.000 millones de habitantes del mundo. Empresas que imponen sus semillas, que las manipulan para que den uno u otro resultado contribuyendo así en la pérdida de la Soberanía Alimentaria de los pueblos y destruyendo estilos de vida de centenarios de miles de culturas de todo el mundo basadas en la agricultura.

El campesinado bien sabe que la protección de la agricultura ecológica es la única capaz de mantener el equilibrio social a la par que el ambiental. Algo que debe servirnos para replantear nuestros modelos de producción industriales basados en mega-granjas y monocultivos, con las consecuentes huertas olvidadas. Y que nos debe implicar a los consumidores a la hora de comprar responsablemente. La monopolización de la producción alimentaria y la especulación de sus precios nos ha llevado a la paradoja de la hambruna cuando, en realidad, existen recursos sobrados para mantener a todos los habitantes del planeta bien alimentados.
También es de nuestra responsabilidad saber el origen de fabricación de los productos que usamos para vestir, de los muebles que ordenan el espacio en nuestras viviendas, de la tecnología que utilizamos en nuestros quehaceres profesionales o de entretenimiento. Y no desesperar al ver que gran cantidad de todos estos productos arrastran una historia poco transparente sino decepcionante. El coltán de la República Democrática del Congo que mantiene vivas las guerras de la región y que nos sirve para las baterías de nuestros aparatos electrónicos, las marcas de moda fabricadas por mano de obra sobreexplotada en tugurios inhumanos de las capitales asiáticas, muebles de árboles milenarios que agotan los pulmones de la Tierra o lo que se avecina: gas y petróleo que podría venir del Ártico, donde el calentamiento global pone al descubierto lo que calculan que son la cuarta parte de las reservas mundiales de estos dos combustibles fósiles.

En este sentido, David C. Korten, economista y cofundador de la Positive Futures Network, se refiere al Imperio para describir el modelo económico que nos afecta y nos ahoga. Un modelo que domina desde las relaciones internacionales hasta las familiares. Él mismo argumenta: “los acontecimientos característicos de nuestra época nos están diciendo que el Imperio ha alcanzado los límites de la explotación que la gente y la Tierra pueden sostener. Una tormenta perfecta en ascenso proveniente de la convergencia del pico de petróleo, el cambio climático, y una economía estadounidense desequilibrada dependiente de deudas que nunca podrá re-pagar, está a punto de traer una reestructuración dramática de cada aspecto de la vida moderna.”
El modelo del imperio lo contrapone al de la Comunidad de la Tierra, y cita a la historiadora Riane Eisler para decirnos que dicha comunidad existió hasta el florecimiento de la cultura mesopotámica, hace 5.000 años, cuya filosofía y principal razón de ser retomaremos en los próximos capítulos.

En el desglose de los puntos negros de nuestro modelo económico, que venimos desarrollando como modo de contextualización en el presente libro, es necesario añadirle las reflexiones que nos comparte Michael Marien, editor de las publicaciones del World Future Society en un artículo titulado ¿Qué tan probable es el colapso? Puntos negros que él convierte en amenazas globales y que surgen con el fin de la Guerra Fría y, por lo tanto, con el fin del miedo al desastre nuclear. Hoy día, estas amenazas son el calentamiento global fruto de la liberación de gases de efecto invernadero. Los daños en los ecosistemas debido a la actividad humana. Los ataques terroristas, que podrían incorporar el llamado “armamento sucio”, hecho con artefactos convencionales adheridos a materiales contaminantes o radioactivos. Nuevas formas de enfermedades o el resurgimiento de aquellas ya extinguidas. O una crisis energética provocada por el agotamiento de los recursos fósiles o por una demanda insostenible de los mismos. A lo que podemos añadir la falacia de las nucleares, puesta, una vez más, en relieve después de los incidentes de Japón. Y la duda que nuevamente se ha puesto encima de la mesa sobre la verdadera seguridad de las mismas y el valor de su producción limpia. Amenazas, por lo general, que generan impotencia entre la ciudadanía, al verse cercanas sus consecuencias pero lejanas o inaccesibles las fórmulas para combatirlas hasta su fin.

Sin embargo, el cambio en el mundo es más una cuestión de necesidad que de utopía. Quede pues reforzada la idea de que aquellos que se les consideró idealistas, verdaderamente fueron realistas y necesariamente visionarios. No obstante, contaron con la simpatía de unos pocos, pues la mayoría los acusaba de no vivir con los pies en el suelo. El alternativismo surgió de los ideales del movimiento hippy. Fue en la época de los 60, en un mundo convulso y agitado por los conflictos armados entre los dos bloques sobre el terreno, cuando se buscó refugio en la filosofía New Age, y se apostó por los nuevos valores de lo espiritual. Se pretendió una forma de vivir al margen del sistema y se apostó por el consumo responsable proveniente del mercado global. Sin embargo, el peso de las drogas, el libertinaje sexual y el descontrol en los numerosos eventos festivos en los que todo valía, acabaron con la credibilidad de este movimiento.

Años más tarde, y fruto de la necesidad, resurgen las viejas y milenarias espiritualidades. Se conecta, nuevamente, con lo que fue la esencia mal interpretada del hippismo, y se reabre la voluntad de encontrar nuevas formas de vida que promuevan la práctica del yoga, del tai chi o de las terapias naturales, que florecen por doquier.
Igualmente, se replantea el consumo ecológico, se debaten nuevas propuestas educacionales y, tímidamente, se contesta al sistema neoliberal a través de movimientos sociales de base. Estamos ante un momento histórico de trascendencia. Un punto de inflexión en el devenir humano excitante. Con alternativas verdaderas, muchas de las cuales están ya en funcionamiento y demuestran su operatividad. Tendremos oportunidad de contemplarlas en capítulos posteriores. Así pues, si alguien dice que las cosas andan mal, se equivoca. Están en el mejor momento para ser cambiadas. Y lo mejor es que nosotros vamos a ser sus protagonistas.

Este capítulo, se terminó de escribir en Agosto de 2011,

Viñeta de portada:  El Roto-El País

 

Libro completo, descarga gratuita

3 comentarios

  1. Elena Responder

    Comienzo estas líneas con una afirmación que quizás resulte paradójica, pero que tiene su sentido y que ahora explicaré: “Para que una sociedad en crisis salga adelante, primero tiene que volver atrás”.
    Ocurre lo mismo con las personas, cuando nos sumergimos en crisis vitales profundas; la salida pasa siempre por la vuelta atrás, a nuestra esencia, y a partir de ella reconstruirnos. Y en ello se basan la mayoría de las terapias que buscan el crecimiento personal.
    Pero no se trata de un viaje fácil y placentero como a primera vista pudiera parecer; porque, a priori, volver los pasos atrás sobre el camino ya recorrido puede parecer más cómodo que seguir adelante.
    Sin embargo se trata de un largo recorrido que requiere todo un proceso (eso sí, quien llega hasta el final, se ve recompensado).
    En la primera fase de certeza tomamos consciencia realmente de la situación de crisis, lleva un tiempo desde que suenan las primeras voces de alarma hasta que llegamos al convencimiento.
    Después llega una especie de atolondramiento obstinado, que más popularmente llamaríamos “dar palos de ciego”. En esta fase pretendemos de golpe introducir todos los cambios que hasta ahora no hemos considerado necesarios, y hacerlo sin pararnos a pensar y “pese a quien pese”, en una especie de omnipotencia auto-inducida, que en su peor versión puede llegara a ser realmente dañina.
    Cuando todo éste ímpetu tardío y desorientado fracasa, pasamos a la fase de frustración y depresión, Fase imprescindible, al igual que en los procesos de duelo, ya que representa el “tocar fondo en la piscina”, el punto de inflexión a partir del cual resurgir.
    En este punto, en el proceso de duelo vendría la fase de aceptación; pero esta fase no tiene cabida en nuestro viaje, ya que una situación de crisis –sea personal o global- no es una muerte que haya que aceptar como algo irreversible, sino una situación crítica…., de UVI como mucho!
    En lugar de resignarse a la aceptación, las sociedades e individuos maduros deben iniciar un proceso de introspección. Deben volver atrás y rascar hasta encontrar su esencia, su idiosincrasia, las fortalezas que le llevaron a superar anteriores crisis, el nexo común que ha permitido conseguir tantos avances, logros y evolución; y éste no es otro que el ser humano. Ésta es la esencia de la sociedad y el hilo del que tirar: la gran potencialidad del ser humano; su creatividad, generosidad, inteligencia, capacidad de superación, empatía, fuerza de voluntad, capacidad de amar… su humanidad en definitiva!
    Como decíamos al principio, no es fácil llegar a este punto, este viaje atrás requiere mucho trabajo interior, autogestión, autocrítica, y todos estos procesos a su vez requieren una madurez muy sólida.
    Será nuestra sociedad lo suficientemente madura como para mirarse las entrañas, reflexionar i reinventarse?
    Espero de verdad que sí, que la re humanización de la sociedad sea la herencia que queramos recordar de esta crisis.

  2. Jon Responder

    Elena a nivel personal lo veo mas factible que a nivel global…demasiados individuos demasiado caos.

  3. Guillermo Responder

    Acabo de leer a Jorge Dobner me tomó 45 minutos, al cabo de los cuales me sentí cada vez más empequeñecido. A punto tal, que pensé en el pais de los enanos de Gulliver. La palabra adecuada para el resumen es” Greed.” (Avaricia-Gula-Avidez-Codicia-Voracidad)El artículo deja una puerta abierta.Soy de los que no acepta la resignación. Pero que las hay ..las hay.Pienso que; si los que tendrian que actuar deben dejar de ladao ESO que llaman Democracia y utilizar otros sistemas ya conocidos. No podrán por CULPAS? No hubiese podido nunca decir tantas VERDADES CAMBIADAS JUNTAS. Mis lagrimas me traicionarían.Siento finalmente MIEDO.

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