Martes 27 de Septiembre del 2016
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Cuando triunfa por encima de los miedos, es el amor lo que nos hace más fuertes



Una droga llamada amor.
El enamoramiento es un simple descontrol hormonal, pero el amor es un proceso inteligente. A pesar de ser una defensora apasionada de la ciencia, me inquieta un poquito que su larga marcha hacia el conocimiento no tenga freno. Por supuesto lo mío es puro romanticismo, pero me inclino a pensar que algunos enigmas del cerebro y de sus contingencias deberían seguir siendo un misterio. El otro día leía que investigadores de varias universidades (Canadá, EE.UU. y Ginebra) han descubierto el lugar exacto del cerebro en el que se originan los sentimientos que se experimentan cuando alguien está enamorado. Y añadía la información: “El amor está en la misma zona cerebral de la adicción a las drogas”.

Es decir, estar enamorado es como estar colocado. Ignoro para qué servirá, desde la perspectiva médica, dicha información, pero la verdad es que no resulta ninguna sorpresa. Nadie que haya estado enamorado puede dudar de que el enamoramiento es un enganche adictivo que tiende a dominar la voluntad de su víctima. Y que cuesta una barbaridad dejarlo… De hecho, es el estadio de mayor estupidez del ser humano. Así lo decía Noel Clarasó: “Cuando se habla de estar enamorado como un loco se exagera; en general, se está enamorado como un tonto”.

Ciertamente, el enamoramiento es un simple descontrol hormonal, mientras que el amor es un proceso inteligente perfectamente equilibrado entre lo racional y lo sentimental. Es decir, que lo primero habita en instintos básicos, y lo segundo necesita un planeta con un poco de vida inteligente.

Sin embargo, ¿puede alguien llegar al estadio del amor sin haber sufrido previamente ese torturado descontrol de los sentidos? Me resulta difícil imaginarlo, aunque para gustos los colores.

El amor… Me parece deliciosa la idea de que sea una droga que se cuece en la zona del cerebro donde hierven las adicciones porque creo que el amor es uno de los procesos más grandiosos del ser humano, y tener su adicción me parece un buen síntoma. Quizás es por ello, por tener componentes adictivos, por lo que algunos pueden hacer locuras por amor, pero sinceramente creo que sobre todo se hacen maravillas gracias a su fuerza. El verbo amar es un verbo redondo, rotundo, que ofrece y obliga, que duele pero enaltece, que desgarra pero sutura, y que nunca falla si no se espera de él más que su entrega. Su conjugación bien aprendida nos construye como mejores personas y me resulta imposible imaginar nada bueno de alguien que nunca haya sabido amar. Por supuesto hablo del amor en su acepción amplia, desde la pareja a cualquier componente de nuestro círculo sentimental, padres, hijos, amigos…, el otro, el prójimo.

Por amor atravesamos muros de dificultades, luchamos contra los elementos, nos reconstruimos para mejorarnos, y por amor damos más allá de lo que sabíamos que podíamos dar.

Y cuando triunfa por encima de los miedos, es el amor lo que nos hace más fuertes. Una buena adicción para los tiempos del desconcierto…

Pilar Rahola
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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