Martes 27 de Septiembre del 2016
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Esta izquierda ha abandonado una idea de civilización, una cultura, nueva y distinta a la sociedad actual


La izquierda ante la crisis.
La crisis económica es una muestra de la indigencia teórica y práctica del actual pensamiento de izquierdas.

Por un lado, la socialdemocracia dice optar por la vía neokeynesiana siguiendo los consejos de Joseph Stiglitz y Paul Krugman. No hace tantos años que a Keynes se le tenía por un liberal -partidario del intervencionismo del Estado, pero liberal al fin-, cuyas políticas eran criticadas porque generaban inflación, con la consiguiente disminución del poder adquisitivo de los asalariados. Pues bien, hoy la socialdemocracia reivindica a Keynes y considera conveniente un moderado grado de inflación para remontar la crisis. En su nombre se piden políticas de menos austeridad y más crecimiento, como si ambas no fueran compatibles, con Merkel como demonio y, en estos momentos, con Hollande como profeta.

Por otro lado, la izquierda más radical se limita a denunciar a los principales culpables, los gobiernos y el sector financiero, y lanza como principal lema el tan repetido y coreado: “No a los recortes”. Un mensaje tan simple – y, además, negativo- nunca es una gran solución. Pero ello no es lo peor: detrás de esta denuncia, y de esta negación, no hay ni análisis teórico, ni estrategia política, ni salidas posibles, es decir, políticas realistas que puedan llevarse a término sin empeorar la situación.

Total: ante una muy difícil situación, ante el creciente desprestigio de un sistema económico que demuestra, cada día que pasa, su mal funcionamiento, ante los abusos de altos ejecutivos y de muchos empresarios, se ha dejado campo libre a las fuerzas conservadoras para que resuelvan la situación, desaprovechando las fuerzas de izquierda una gran oportunidad para proponer cambios en el sistema económico que permitan más libertad e igualdad.

Dentro del campo de la izquierda, ni los partidos o los sindicatos, ni los economistas o los ideólogos, están a la altura del momento.

En otras ocasiones no ha sido así. Recordemos la muy grave crisis de los años setenta, también provocada desde el sistema monetario y financiero, después agravada por la súbita elevación del precio del petróleo. Si ahora la austeridad, basada, se dice, en la cultura luterana, es denostada por la izquierda, entonces la política del Partido Comunista Italiano, el famoso PCI con el mítico Berlinguer a la cabeza, proponía precisamente una política de austeridad como palanca de una reforma económica, social y cultural que permitiera, en palabras de la época, “introducir elementos de socialismo” en el sistema capitalista.

Sin embargo, para llegar a tales propuestas y no quedarse, simplemente, en las soluciones keynesianas, en una mera denuncia de los considerados responsables o en la negación de las tesis del contrario, había tenido lugar antes un notable debate teórico basado en la experiencia práctica, tanto política como sindical. Estas propuestas están recogidas en un pequeño volumen (Enrico Berlinguer, Austeridad. Una ocasión para transformar Italia, Ed. Materiales, Barcelona, 1978) que reproduce los dos discursos principales del dirigente eurocomunista, precedidos de una amplia y excelente introducción del economista Julio Segura, entonces afiliado al PCE, hoy presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores.

En estos textos, la inflación, consecuencia de las políticas keynesianas, es considerada un mal que evitar y el acento debe ponerse en la lucha contra el paro. Para ello, las políticas de austeridad, con sus dificultades y costes, son también la oportunidad de un cambio social en beneficio de los trabajadores. “Para nosotros -dice Berlinguer-, la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado.

Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de todo lo que hemos conocido y pagado hasta ahora”.

Y Berlinguer, dejando de lado la vertiente puramente económica, introduce las ideas morales, la necesidad de un cambio de valores sociales. Dice así: “La austeridad implica, por definición, restricciones de ciertos bienes a los que nos hemos acostumbrado, renuncia a ciertas ventajas adquiridas. Pero estamos convencidos de que no es en absoluto cierto que la sustitución de determinadas costumbres actuales por otras, más austeras y no derrochadoras, vayan a conducir a un empeoramiento de la calidad y la humanidad de la vida. Una sociedad más austera puede ser una sociedad más justa, menos desigual, realmente más libre, más democrática, más humana”.

Los tiempos cambian, los problemas también. Pero este aliento ético, estas perspectivas nuevas, más allá de la pura terminología económica, se echa en falta en el discurso de la izquierda de hoy.

Quizá porque, tan pendiente siempre de los votos, esta izquierda ha abandonado una idea de civilización, una cultura, nueva y distinta a la sociedad actual.

Francesc de Carreras
Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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