Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Agricultura social: de un servicio asistencial a la justicia social


Luces en el túnel: ‘social farming’
El viernes pasado me refería al síndrome de Nerón, que se ha apoderado de los medios periodísticos. Cantamos con gran estrépito el incendio de la sociedad española y catalana, mientras hacemos la tarea sucia de los mercados, que necesitan el estrépito de la jauría periodística para arrinconar a nuestros endeudados países y disparar sobre ellos con mayor facilidad.

No abogo por una prensa arcádica ni por el ingenuismo narrativo, pero sugiero la necesidad de ampliar la perspectiva con que contemplamos el grave momento histórico que nos ha tocado vivir.

Si los medios ampliaran la visión, descubriríamos que, junto al desastre de nuestras cuentas públicas y privadas, junto a los costos sociales que tal desastre ha generado, existen prácticas de carácter mutual, que no solo sobreviven a la deprimente coyuntura, sino que marcan interesantes caminos a explorar.

Es el caso de la social farming o agricultura social, que responde a dos objetivos. Por una parte, y como corresponde a todo empeño agrícola, se propone generar productos de calidad que tengan salida en los mercados; y por otro, integra laboralmente a personas con dificultades físicas o psíquicas. El objetivo es tan productivo como terapéutico.

La agricultura social busca algo más que ocupar laboralmente a las personas con limitaciones: las incorpora a la vida social. Se trata de una corriente discreta, de poca notoriedad.

Los que en estos tiempos discuten (¡siempre en abstracto!) sobre si más o menos estado o más o menos mercado, tienden a olvidarse de esta corriente socialmente inclusiva que cuenta ya con una presencia notable en el agro europeo (unos 6.000 proyectos en marcha).

Muchos la consideran una rama de la asistencia social. Pero los grandes pioneros de esta corriente en nuestro país -la conocida empresa de yogures, helados y mermeladas La Fageda; y la cooperativa de aceites y vinos ecológicos L’Olivera- se apercibieron de que, si querían sobrevivir, no les quedaba más remedio que convertirse en una buena empresa agraria. Ahora sus productos compiten en los mercados con los de las empresas convencionales. El fenomenal aceite ecológico y los vinos fundamentalmente blancos de L’Olivera de Vallbona de les Monges, que dirige Carles de Ahumada, compiten con los mejores (incluso con el diseño: maravilla el color azul marino de sus botellas). Cristóbal Colón y Josep M. Corbinos, respectivamente alma y cerebro económico de La Fageda, comprendieron que o los yogures de su granja-empresa eran los más sabrosos del supermercado o su proyecto integrador y terapéutico naufragaría.

En plena época del dispendio, estos dos proyectos de agricultura social comprendieron que el débil no debe confiar en la ayuda social, no debe depender del paraguas público: tiene que competir en un mercado abierto y conquistar a los consumidores por la excelencia de sus productos.

Sobrevivirán los débiles si consiguen convertir en fuerza su flaqueza. Y no existe otra fuerza para la flaqueza de los débiles que la cooperación. La ayuda mutua.

Entre la indiferencia de la prensa, tuvo lugar hace aproximadamente un mes en Barcelona una jornada de la red Agrosocial, que coordina y abandera la Fundació La Pedrera (Marta Lacambra la sigue liderando, aunque desgajada ya de Catalunya Caixa), asesorada por la Fundació Alícia (pionera de la investigación alimentaria, entre cuyos patrones están Valentí Fuster y Ferran Adrià). La red agrupa, de momento, a 23 entidades que desarrollan proyectos de agricultura y ganadería ecológica, biomasa, plantas medicinales o viveros. Y ofrece una gran cobertura a los proyectos que se inician: evaluación del plan de negocio, soporte técnico y financiero, seguimiento de las inversiones, potenciación de la marca y posibilidad de aprovechar las experiencias productivas de la red, sin olvidar el inestimable apoyo de Alicia (¡ni la mayor empresa agropecuaria cuenta con un servicio de estudios e investigación como este!).

Lo escribí en un artículo reciente y lo repito: la cooperación y el mutualismo, que tanta importancia tuvieron en el pasado (escuelas, hospitales, seguros, cajas), podrían rellenar el vacío y las ruinas que nos dejan las abstracciones ideológicas de los partidos convencionales: el Estado despilfarrador, promotor de obras públicas grandilocuentes y antieconómicas; y el liberalismo que ha jugado con todos nosotros fomentando la irrefrenable diarrea de la economía especulativa.

Nada más alejado de la economía especulativa y del despilfarro estatal que la agricultura social, cuyas virtudes van mucho más allá de los logros agrícolas y de inclusión que persiguen.

La agricultura social representa para las empresas agrícolas una nueva posibilidad de diversificar la actividad económica, abre nuevos canales de diálogo con los consumidores y motiva a los agricultores respecto de su trabajo gracias a la acción socialmente responsable que realizan.

Permite pasar de un servicio asistencial a la justicia social: las personas con limitaciones dejan de estar al cargo de una institución para convertirse en protagonistas de la actividad económica. Por si fuera poco, la agricultura social está íntimamente vinculada al respeto medioambiental y al llamado slow food (producción agraria de alta calidad vinculada a la proximidad y al territorio). No se puede pedir más por menos. No sabemos si hay luz al final del túnel, pero estas pequeñas luces ya son visibles en el túnel.

Antoni Puigverd
Publicado en: La Vanguardia
Fuente de la foto y más información: consumoresponsable.org.es

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