Domingo 25 de Septiembre del 2016
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No hay lugar como el hogar


Un hogar virtual lejos del hogar.
Dorothy, el personaje en El Mago de Oz, sólo tenía que golpear los talones tres veces y repetir: “No hay lugar como el hogar; no hay lugar como el hogar”. Actualmente es prácticamente igual de sencillo. Con Skype, Internet, la televisión por satélite y otras nuevas tecnologías, ahora cualquier persona puede vivir la vida en su patria en una versión virtual, independientemente de dónde se encuentre.

Es lo que hace, por ejemplo, Françoise Letellier, una excónsul honoraria francesa en Cork. Tras vivir 43 años en Irlanda, sigue viendo las noticias francesas a diario, habla más francés que inglés y lee la prensa francesa siempre que puede. “Cuando llegué por primera vez en 1969, sólo tenía acceso a un periódico francés a la semana y nada más”, comenta Letellier. “Ahora tengo 21 canales de televisión en francés; puedo seguir la cobertura de las próximas elecciones presidenciales como si estuviera en Francia”.

Letellier, originalmente de Normandía, ahora vive en Carrigtohill, un área rural cerca de la ciudad de Cork. Su casa se llama Ma Normandie, y aunque desde ella se divisa el verdor del paisaje del condado de Cork, podría pasar perfectamente por un área rural de Francia, a la que volverá en mayo tras 43 años. “Es como si nunca me hubiera ido de Francia”, afirma.

Cada uno tiene su propia conexión con la patria
En cambio, Ryszard Piskorski no volverá a su Polonia natal. A diferencia de Letellier, posee la doble ciudadanía, irlandesa y polaca. Cuando tenía nueve años, el ejército ruso le obligó a dejar su país “el 10 de febrero de 1940”, y llegó a Irlanda tras ser deportado a Siberia y pasar antes un tiempo en Uzbekistán, Oriente Medio y Londres. Llegó a Dublín en 1966.

“Se me estaba olvidado el polaco”, cuenta, “hasta que conseguí la televisión por satélite en polaco y entonces empecé a recordar todo”. Aún sigue la política y la actualidad polaca a través de la radio en Internet y con la proliferación de las tecnologías de la comunicación, sabe más ahora de su país natal que lo que sabía durante las décadas de los setenta y los ochenta. “Para mí es algo fantástico”, comenta Piskorski, de 82 años.

Otro polaco más joven, Igor Kochajkiewicz, diseñador web de 28 años, mantiene una relación totalmente distinta con su país natal. En su caso, tras siete años viviendo en Irlanda, el acceso a la información a través de los medios es algo que da por sentado.

“No me siento tan conectado a Polonia”, comenta. “Soy parte de esta generación que siente que podemos ir donde queramos y asentarnos donde nos guste. La nacionalidad para mí no es tan importante”. Claramente, existe una gran divergencia en los grados de conexión con el país de origen entre los ciudadanos no irlandeses que viven en Irlanda (cuyo número ascendía a unos 420.000 en el censo de 2006). Pero ocurre lo mismo con los ciudadanos irlandeses que viven en el extranjero.
Goles desde el móvil

Para Danny Darcy, de Galway, que cambió Irlanda por Mallorca hace casi 20 años, leer The Irish Times y escuchar Galway Bay FM es una parte importante de su consumo informativo semanal. “La emigración es totalmente distinta a cuando dejé el país”, afirma. “Solía pedir a mis amigos del país que me enviaran grabaciones de vídeo de partidos de hurling y ahora puedo irme al centro a desayunar los domingos al sol y escuchar los partidos de fútbol de Galway en el teléfono móvil”.

El irlandés Dermot Arrigan, que lleva viviendo en Barcelona nueve años, es otro de los 1,3 millones de usuarios del The Irish Times en línea cada mes. “Cuando quiero saber qué está pasando, consulto siempre The Irish Times”, afirma. Esta conexión con el país natal y la cultura que han dejado físicamente puede hacer que no se confíe en los inmigrantes. Existe la suposición de que carecen de lealtad al país de adopción, que una persona no puede sentirse unida a más de un lugar a la vez.

Se trata de una apreciación errónea, según afirma el profesor Han Entzinger, director de Estudios de Emigración e Integración de la Universidad Erasmo en Roterdam. “Hemos realizado investigaciones sobre esta cuestión”, comenta Entzinger, “y la conclusión es que el hecho de que mantengan vínculos con el país de origen no significa que tengan menos posibilidades de integrarse en el país de residencia”. De hecho, afirma el profesor Entzinger, la “identidad transnacional” es cada vez más la norma y un reflejo de ello es que la mayoría de países admiten la doble ciudadanía.

Un fenómeno de doble filo
Irlanda no es una excepción, pero en lo que sí va a la zaga es en permitir a los ciudadanos que viven en otros países que voten en las elecciones nacionales y presidenciales. Los franceses residentes en el exterior sí votarán a 11 diputados en el extranjero en las próximas elecciones nacionales, por ejemplo. Gracias al acceso a las nuevas tecnologías, los franceses que voten en estas elecciones no sólo estarán bien informados, sino que además podrán votar a través de Internet por primera vez. Su Francia virtual en Irlanda se está volviendo cada vez más real.

Este es uno de los motivos por los que el doctor Alan Grossman del Centro de Investigación Transcultural y Medios de Comunicación del Instituto Tecnológico de Dublín no acepta en absoluto el término virtual. “Lo que viven es muy real, es un país de verdad”, comenta.

“Me puedo informar independientemente de dónde me encuentre y puedo informar sobre lo que pienso. La proliferación de la tecnología de los medios de comunicación fundamentalmente desafía el espacio establecido entre el aquí y el allí”.

La identidad simultánea respaldada por el acceso sencillo y transnacional a los medios de comunicación constituye en cierto modo un fenómeno de doble filo, afirma la doctora Áine O’Brien, directora del Foro de Emigración y Comunicaciones del Instituto Tecnológico de Dublín. Es algo en lo que los irlandeses participan al consumir medios de otros lugares. Está claro que las nociones de identidad y ciudadanía son mucho más fluidas y complejas de lo que parecen, algo que plantea todo un reto a las cadenas nacionales como RTÉ, afirma la doctora O’Brien.

“Existe una cadena nacional que cree que su misión es crear un discurso cohesivo”, afirma, “siguiendo convenciones muy claras guiadas por nociones de acento, pertenencia y demás”. Es casi como si el “país” presentado en RTÉ fuera el virtual, no el que viven los inmigrantes en casa y en el extranjero a través de Skype, las noticias en línea y la radio por Internet.

Ian Kilroy
Publicado en: The Irish Times Dublín-Presseurop

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