Viernes 30 de Septiembre del 2016
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La economía debe subordinarse al bienestar y no al revés


Tzvetan Todorov: “Indignarse me parece útil”
El pensamiento de Tzvetan Todorov (Sofía, 1939) transciende cualquier forma de sociedad sea ésta líquida, sólida o de redes. Para él lo importante es no caer en las trampas de las utopías ni de las falsas promesas de paraíso, y confiar en las virtudes de la democracia y de la moderación. Con él arrancó Virtudes, una serie de debates organizada por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), que llevó a la ciudad durante el mes pasado a pensadores de diversas disciplinas para que reflexionaran sobre una virtud democrática. Aprovecho esta visita para preguntarle también por uno de sus últimos libros, que retoma sus reflexiones sobre el arte: Goya a la sombra de las luces (Galaxia Gutenberg, 2011). Todorov ha encontrado en la obra de Goya la oscuridad y las sombras que el movimiento ilustrado –optimista redomado– no supo ver.

Hace quince siglos, Simónides de Ceos describió la pintura como una poesía silenciosa; para Todorov las artes visuales tienen la capacidad de ser, con Goya, puro ensayo filosófico. La barbarie no desapareció con las luces de la Ilustración y eso Goya lo pensó con sus imágenes mejor que ninguno de los filósofos políticos de su tiempo. Goya es el pintor fundador de la modernidad y su obra, sostiene Todorov, contiene una lección de sabiduría que se dirige a nosotros hoy.

Lingüista, filósofo, historiador, crítico y teórico literario de expresión y nacionalidad francesa, en 2008 le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste.

-En plena globalización y desorientación europea, ¿qué significa ahora ser un hombre de las dos Europas?
-Para mí el futuro de Europa está ligado a un crecimiento de la comprensión e interacción entre estas diferentes partes. En un momento de crisis, las personas que pueden jugar un papel de mediador entre ambas partes es particularmente bienvenido, pero también puede suceder que la crisis favorezca el egoísmo nacional y aquella persona que no se reconoce exclusivamente del lugar donde vive, sino de diferentes lugares a la vez, pueda pasar a ser percibida como molesta, poco deseable. Así pues, vamos a ver cuál es el papel que finalmente se juega.

-Ha hablado de la moderación como antídoto de la amenaza de la barbarie, justamente ahora que comenzamos a experimentar cómo los mercados están minando el Estado de bienestar en Europa. ¿Hay que rebelarse contra un sistema que parece injusto?
-Pienso que, efectivamente, todos los países europeos ven amenazados su plan de solidaridad social y de cultura, porque podría parecer que este tipo de gasto se puede reducir por encima de otros que se ven absolutamente necesarios. Mi comentario no es el de un economista y no tengo una propuesta sobre cómo realizar el reparto presupuestario, pero digamos que el ser humano no vive sólo de pan. No vive aislado, es antes que nada un ser social que vive en interacción con sus semejantes y que además es formado por esta interacción.

Por tanto, los valores superiores de una sociedad son también los valores sociales, y no estrictamente económicos. La economía debe subordinarse al bienestar y no al revés. La solidaridad y las actividades culturales como la universidad y centros culturales no son un lujo, son necesarios y aseguran un bienestar social de largo plazo.

Hay que acabar, pues, con esta lógica populista que sólo tiene en cuenta el presente inmediato, sin tomar en consideración el contexto más largoplacista y la necesidad de continuidad.

Quizá porque avanzo en edad y tengo hijos e incluso un nieto me inquieto también por ellos, porque sé que ciertas decisiones que se tomen hoy en día tendrán consecuencias muy importantes dentro de 20 y 40 años. No hay razón, por tanto, para decidir de una manera inmediata y egoísta.

-¿Y qué actitud puede tomar el ciudadano frente a la situación actual?
-En democracia, en principio, hay medios que permiten influir sobre la evolución y la orientación del país, y yo prefiero el medio democrático al medio revolucionario. En Bulgaria, mi país de origen, he visto los resultados nefastos de los movimientos revolucionarios que nos prometieron maravillas y que en realidad produjeron situaciones mucho más desastrosas todavía que aquellas de las que nos querían liberar. Así pues, a priori, tengo una cierta desconfianza hacia los medios violentos para cambiar el presente.

Pero indignarse me parece útil. Los indignados de Puerta del Sol o Plaza Cataluña no proponen hoy una solución a nuestro problema, pero incorporan un mensaje que los partidos políticos o todos los órganos de gobierno han de tener en cuenta. Encuentro que este movimiento tiene el mérito de situar lo esencial en el centro de atención y de pedir por qué vías nos queremos conducir y cuáles deben ser los principios de nuestra existencia.

La indignación me parece un buen punto de partida, pero también hay que convertirla en acción política, y la acción política pasa por las elecciones y por las manifestaciones de todo tipo que existan, esto es mucho más deseable a un golpe de Estado.

-Echemos pues mano de la herencia del pensamiento racional. ¿Qué nos queda del siglo de las Luces, cuyas sombras tan bien retrató Goya?
-Muchas cosas, nuestra democracia contemporánea sin duda se fundó sobre los logros de la época de la Ilustración. En lo esencial, somos sus herederos. Creemos en la posibilidad de resolver las cuestiones públicas a través de argumentos racionales, recurrimos a la ciencia por encima de la superstición, creemos en los principios de igualdad y libertad, incluso si la fraternidad llega con un poco de retraso; y a pesar de todo, en nuestros países estos principios no son papel mojado.

Tenemos el derecho de expresar y difundir nuestra opinión a viva voz, somos todos iguales ante la ley, tenemos derecho a voto… Todo eso el hombre anterior a la Ilustración no lo tenía. Todo esto procede de las luces. Somos, pues, beneficiarios de todo lo que la Ilustración ha hecho.

Pero…, porque siempre hay un pero, la Ilustración estuvo animada por un optimismo excesivo, por un voluntarismo grandilocuente, creyendo que todos los problemas del mundo podrían resolverse con una buena decisión política colectiva. Visto así, todo mal era superficial. En el fondo, el problema de la Ilustración es que no creyó en el mal, a diferencia de los primeros cristianos que lo situaron en el pecado original, algo que ahora nos puede parecer ridículo; sin embargo, era la manera que tuvieron en épocas antiguas de evidenciar un mal imposible de superar; porque el ser humano tiene caras oscuras que hay que tener muy en cuenta, y eso no es así por azar. Esa lucidez es la que le faltó a la Ilustración. Se volcaron en las luces, en la educación, pero todo eso no paró todo el mal que conocimos en el siglo XX, en gran parte procedente de gente con un alto nivel de educación. La barbarie no desapareció con las luces, y eso Goya lo sabía mejor que ninguno de los pensadores políticos de su tiempo.

-Usted sitúa el pensamiento de Goya a la altura del de Goethe.
-Goya es un pintor universal, y el más contemporáneo, habla con nuestro lenguaje. Primero he de decir que para mí la pintura es pensamiento, no sólo visión. Las imágenes que produce la pintura se transforman con el tiempo. Cuando uno las mira bien al repasar la historia de la pintura, su transformación es una importante muestra sobre el propio cambio que experimenta la mentalidad humana. En Goya apreciamos un cambio en la tradición pictórica, y cuando miramos ahora hacia atrás vemos que efectivamente también se ha producido en el curso de este período de la historia un cambio de mentalidad, que él supo ver y expresar. Con Goya la imagen es pensada. Goya es el pintor fundador de la modernidad. Con él tenemos una nueva visión del ser humano, visión que se impondrá –de lo que el ser humano es– a lo largo de los siglos XIX y XX. Luego hemos ido renunciando a la representación o la figuración, pero continuamos siendo los hijos de Goya. Incluso los fotógrafos continúan construyendo sus fotografías más sorprendentes teniendo de forma inconsciente las imágenes de Goya.

-El conjunto de su obra capta la doble condición humana. De la pintura de la vida de corte a la pintura negra, Goya muestra un origen común del bien y del mal…
-Sí, ahí dice usted muchas cosas. Goya es un pintor excepcional y hay algo de ello en la doble existencia que ha llevado, sin llevarlo a ser esquizofrénico, porque podría pensarse que lo era en el sentido técnico de la palabra. Por un lado era pintor de corte, primer pintor del rey con todo lo que eso significa, pinta los retratos de toda la aristocracia y burguesía madrileña y española, y en esta parte de su existencia es tan convencional como le era posible. Pero por otra parte, a lo largo de toda su vida y en particular tras la enfermedad de 1792-93 y hasta su muerte, 35 años más tarde, tiene también una vertiente que yo a veces llamo nocturna y que impregna toda su actividad. Primero en sus dibujos. Goya es el primer pintor que se toma los dibujos de una forma tan seria. Durante la pintura clásica se servían mucho del dibujo como forma de preparación del cuadro, pero no le concedían un valor autónomo, mientras que Goya ha dado forma a sus álbumes como si fueran libros, hasta sumar ocho libros. Estos dibujos no los vio nadie en toda su vida. Es decir, eran la parte más grande de su producción, la que mayor tiempo le tomó, y la gente ignoraba que existieran. Luego hizo los grabados. Los primeros, que eran Los caprichos, intentó venderlos, pero más tarde señalaría que no se vendían bien, que la gente no los comprendía, y los retiró de la venta al cabo de quince días, y enseguida retiró incluso las placas de cuero.

El segundo ciclo de trabajo fueron Los desastres de la guerra, que jamás puso en circulación. Este hecho es muy extraño. Los grabados en esta época tenían el valor de las fotos hoy en día, un medio con alto poder de reproducción y difusión. Goya pagó, pues, todo el material y realizó todo un trabajo, adquirió las placas de cuero, las grabó y cubrió de tinta, luego realizó una tirada de cada uno y se los guardó en casa. Lo mismo hizo con la pintura. Así es como él reacciona contra su enfermedad. Una vez pasada la enfermedad, que lo deja sordo de por vida, realiza doce cuadros y los envía a la Academia de San Fernando diciendo: “Generalmente no hago más que obras por encargo, y ahora quiero hacer los cuadros en los que yo decido lo que hay”. Así continuó el resto de su larga vida, y esto culmina con las pinturas negras que podemos encontrar en el Museo del Prado, que son algo increíble. Goya elabora unas inmensas piezas, que tienen una cantidad de pintura comparable a la de la Capilla Sixtina de Miguel Angel, las guarda cerradas bajo llave y se va al extranjero. Nadie, ningún testigo contemporáneo a él, ni una sola persona las vio mientras él vivió.

-¿Y qué es lo que Goya muestra en esta pintura, en estos grabados y en estos dibujos?
-Muestra todo aquello que la Ilustración dejó a la sombra. Goya exploró todas las sombras que oscurecen el alma y la actividad humana. Muestra a los locos, a los prisioneros, a los asesinos, a los violentos y todo eso que la pintura de entonces ignora totalmente, y que no conocemos más que de forma marginal, él lo introduce de forma masiva en el mundo. Goya nos revela que el ser humano tiene un inconsciente que se le escapa totalmente y que le conduce por zonas oscuras, que pueden hacer de él un criminal, un loco, un prisionero. Goya ha transformado nuestra visión y comprensión del ser humano, por eso es un pensador tan grande, y no simplemente un gran pintor.

Berta Ares
Publicado en: Ñ-La Vanguardia

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