Lunes 26 de Septiembre del 2016
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Se necesita modificar la vorágine consumista como sinónimo de desarrollo


Falsas promesas del consumismo.
El capitalismo contemporáneo es pródigo en una producción de bienes muy diversos a precios que los hacen accesibles a capas significativas de la población y la competencia es una de sus causas fundamentales. Pero a diferencia de aquellos capitalismos previos que gradualmente fueron incorporando sectores de la población al mercado de trabajo y por ende a los consumos que ofrecía, el capitalismo actual es crecientemente excluyente tanto en el acceso a dicho mercado como a muchos de los variados y tentadores productos que ofrece.

Los excluidos del capitalismo temprano eran fundamentalmente campesinos que no tenían muchas más ambiciones que sobrevivir, poco informados y sin organizaciones que los agruparan y expresaran sus intereses. Existían también otros excluidos, los trabajadores fabriles en las ciudades, que comenzaron a pensar que otro mundo era posible a través de la propuesta que el comunismo les hacía y sólo luego de la segunda guerra mundial se beneficiaron de un mayor acceso al consumo operado por las políticas keynesianas y el Estado de Bienestar.

La caída simultánea del Muro de Berlín y del keynesianismo, como la opción capitalista “humanizada” enterraron estas alternativas y dejaron al actual capitalismo liberal como la única opción posible.

Pero los excluidos actuales viven en ciudades y no tienen una alternativa al actual “modelo” de producción y distribución. Además, están tan informados como los incluidos y expuestos a una masiva y seductora publicidad que despierta el apetito consumista. El problema es que muchos entienden perfectamente que aquello que les es ofrecido nunca llegará a sus manos: la dureza del mercado de trabajo es para ellos la prueba más clara.

Es fácil entender entonces que la frustración y resentimiento que provoca una invitación masiva a consumir, pero con “patovicas” custodiando las puertas del mercado de trabajo e impidiendo el ingreso básicamente de los más jóvenes, termine siendo la raíz más profunda de la violencia urbana contemporánea no causada por el deseo de modificar el orden social sino por incorporarse al festival de consumo impúdicamente ofrecido pero en la práctica negado.

Ni una buena política social, necesaria para que todos tengan acceso a un consumo básico, ni eficientes aparatos policiales para prevenir y reprimir a las organizaciones delictivas, puede ser eficaz contra este mal profundo que afecta a nuestras sociedades. Que un porcentaje muy pequeño de excluidos tomen en serio la invitación de la sociedad moderna a consumir y lo hagan sin reparar en los medios es suficiente para que el problema de la inseguridad tenga una potente llama que la alimente.

¿Y entonces qué? ¿Cuál es el sistema alternativo? Son cuestionamientos válidos sin duda, pero ¿habría que empezar a discutir más sobre esto, no creen? Me parece valioso el espíritu de esfuerzo, superación e innovación que propone el capitalismo y los logros que obtiene en campos como la salud o la tecnología de la información, pero al mismo tiempo ofrece una batería de productos que más que responder a necesidades humana, las imponen y cuya contribución al bienestar humano es más que discutible yendo desde cepillos dentales eléctricos hasta automóviles irracionalmente utilizados, pasando por vestimentas que atestan guardarropas y que rara vez se usan.

Por ello es necesario repensar al menos dos cosas importantes: por un lado, la necesidad de un esfuerzo redistributivo muy importante para limitar la lacerante y creciente desigualdad de nuestras sociedades y por el otro, modificar la vorágine consumista como sinónimo de desarrollo .

Se precisa un Estado democrático, probablemente global, capaz de tasar e imponer regulaciones al capital, precisamente lo contrario de lo que parece estar sucediendo hoy, y ello a su vez es imposible sin la presencia de fuertes organizaciones políticas, también globales, comprometidas con esta visión.

También exige un esfuerzo cultural gigantesco que permita superar el consumismo como único camino a la felicidad e implica el esfuerzo conjunto de difusión de valores alternativos por parte de los agentes culturales (escuela, medios de comunicación, academia, organizaciones sociales, iglesias, etc.)

Una empresa como ésta es tan grande y difícil que suena a utopía, pero es muy triste acostumbrarnos a caminar por las calles mirando a nuestra sombra y depositando vanas esperanzas en la capacidad de los aparatos represivos. Pero quién sabe, nuevos tiempos vendrán y quizás en ellos la lectura de Tomas Moro sea más popular.

Aldo Isuani
Sociólogo
Publicado en: Clarín

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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