Domingo 25 de Septiembre del 2016
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No a los bancos, el modelo islandés para salir de la crisis


¿Cómo salir de la crisis? Diciendo no a los bancos.
En septiembre de 2008 Islandia se enfrentó al mayor descalabro bancario que se recuerda en Europa. Tras la quiebra de Lehman Brothers, sus tres principales bancos colapsaron y fueron nacionalizados. El país estaba en bancarrota y se enfrentaba al pago de una deuda millonaria contraída por sus bancos con otros países europeos, principalmente Gran Bretaña y Holanda.
Según Fitch, Islandia presenta ‘una prometedora recuperación

‘Los ciudadanos islandeses se negaron a cargar con las deudas de sus banqueros y, tras las mayores protestas que recuerda el país desde finales de la II Guerra Mundial, se forzó la dimisión del Ejecutivo, y se juzgó al Jefe de Gobierno y a tres de sus ministros.

Tras esto se convocaron unas elecciones de las que surgió un Gobierno de coalición –formado por una parte del partido socialdemócrata y la Izquierda Verde–, se estableció una comisión parlamentaria encargada de establecer responsabilidades por la crisis, y se elaboró una nueva constitución mediante un proceso novedoso de consulta ciudadana basado en métodos estadísticos y una deliberación digital pionera.

El tiempo ha dado la razón a los islandeses. La semana pasada la agencia de calificación Fitch elevó el rating de Islandia en un escalón, de BB+ a BBB-, por lo que abandona el estatus de bono basura y vuelve al grado de inversión.

La agencia además, mediante un comunicado de su presidente, Paul Rawkins, anunció que la isla presenta “una prometedora recuperación”. Sus datos oficiales así lo demuestran. La economía islandesa creció un 3% en 2011 y, pese a los recortes, el desempleo se sitúa en el 7% y la perspectiva de crecimiento para 2012 es del 2,7%.

¿Revolución o evolución?
Islandia no ha hecho una revolución, pues no ha impugnado el modelo político ni el económico.
Durante todo este tiempo hemos oído la historia de la “revolución islandesa” pero, ¿es realmente una revolución? Árni Páll Árnason, diputado del partido socialdemócrata y, hasta finales de 2011, ministro de Economía de la isla, cree que el camino tomado por el país nórdico no es “ortodoxo, en el sentido de que no es el común en estos tiempos” pero aclara: “El tamaño de los bancos de Islandia superaba en un 800% al PIB, no había otra opción”. En su opinión, la solución islandesa no habría sido viable en otros países en los que “las cantidades necesarias eran relativamente pequeñas comparadas con el coste de dejar caer a los bancos”. “Nosotros tuvimos claro que no queríamos socializar las perdidas”, explica el ex-ministro, que cree que la inyección de capital que muchos países realizaron a sus bancos, fue posible “porque la gente pensó que la crisis sería llevadera”.

Víctor Sampedro, catedrático de comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos, cree que Islandia no ha hecho una revolución, pues no ha impugnado el modelo político ni el económico. Sigue siendo una democracia parlamentaria capitalista, pero su respuesta heterodoxa a la crisis “ha propiciado una regeneración del modelo político y económico”.

Hay varios puntos sobre la “revolución” islandesa que merece la pena matizar. Según explica Sampedro, “no es cierto que Islandia haya metido en la cárcel a sus banqueros”, de hecho no ha podido hacerlo. Lo que sí ha logrado, a diferencia del resto de países europeos, es someter a los responsables de la burbuja financiera al escarnio público. Los principales responsables del sector bancario en el momento de la crisis cuentan con procesos abiertos, órdenes de busca y captura y prohibiciones de salida del país. Y lo que es más importante, se ha purgado a la clase financiera que, hasta nuevo aviso, no volverá a tener responsabilidades.

Los mercados no tienen sentimientos, pero tampoco rencor
Tampoco es cierto que Islandia no vaya a pagar sus deudas. Simplemente los ciudadanos –tras importantes movilizaciones y dos referendos– han decidido pagarlas al ritmo que consideren oportuno o, al menos, al que se vean obligados jurídicamente. Serán los tribunales internacionales los que decidirán sobre la deuda islandesa, no el resto de países, ni el FMI –pese al crédito de 1.485 millones de euros que concedió al país–.

Los mercados le han dado la razón a los islandeses. Está claro que no tienen sentimientos, pero tampoco rencor. Según explica Sampedro, “las agencias calificadoras mejoraron el rating de la deuda islandesa semanas después de que el presidente del país les negara importancia”.

Por último, hay que dejar claro que la situación de Islandia no es precisamente idílica. Pese a la encomiable gestión de la crisis, los ciudadanos islandeses han sufrido un severo recorte a su estado del bienestar, que era uno de los más avanzados del mundo. Islandia ha recortado su déficit público casi a la mitad (del 13% en 2008 al 8% en 2010) y todo debido a medidas nada gratas: han subido considerablemente los impuestos a las personas físicas, los salarios han disminuido una media del 12% y se ha recortado en un 3% la cuantía del PIB destinada a gastos sociales. Islandia está saliendo de la crisis, pero está realizando un importante esfuerzo. Árnason cree que la lucha contra el déficit es decisiva: “No tenemos otra opción que rebajar el gasto a un nivel que las personas puedan permitirse, pues no podemos dejar una factura a las generaciones venideras que les condene a un agujero del que no puedan salir”.

Tomando ejemplo
Islandia tiene mayor capacidad de negociación y maniobra que los países de la Unión Europea¿Constituye la solución islandesa un ejemplo aplicable a otros países? Hay que tener en cuenta que Islandia es un país con 330.000 habitantes, aproximadamente la población de La Rioja, por lo que es difícil extrapolar sus magnitudes económicas a un país como España. Además de esto, Islandia no pertenece a la Unión Europea por lo que han podido resolver parte de sus problemas devaluando la moneda, algo inviable para los países del euro.

José Ignacio Torreblanca, director de la oficina madrileña del European Council on Foreign Relations, cree que “la devaluación que Islandia ha sometido a su moneda los griegos la están aplicando a sus salarios”. Torreblanca reconoce que Islandia tiene mayor capacidad de negociación y maniobra que los países de la Unión Europea, pero advierte a los euroescépticos: “La Unión Europea es un sistema de gobernanza con sus ventajas e inconvenientes. Ahora vemos los inconvenientes, pero durante diez años hemos disfrutado de las ventajas. Sin el euro, las multinacionales españolas no se habrían expandido de la forma en que lo han hecho”.

Al margen de la pertenencia a Europa, el exministro de Economía islandés tiene claro que las diferencias entre su país y España son muy abultadas y que nuestro principal problema no tiene nada que ver con los bancos, sino con el mercado laboral: “La tasa de desempleo es altísima y crea una gran diferencia entre aquellos ciudadanos con trabajo, beneficios y privilegios y aquellos que no consiguen tener un empleo.

En Islandia, y el resto de los países nórdicos, aunque nos hemos preocupado especialmente por mantener el alto bienestar social, hemos continuado operando en un sistema en el que es fácil contratar y despedir personas. De alguna manera, hemos logrado la recuperación a base de tener un mercado laboral flexible.”

Hay que avanzar en la transparencia y la participación
Más allá de las medidas económicas concretas, que no son tan distintas a las que se han tomado en el resto de países europeos, Islandia supone un ejemplo para hacer las cosas de otra manera. Sampedro cree que el país nórdico ha demostrado que “el derecho a la bancarrota es inviolable” y que las comunidades pueden responder a la crisis de forma distinta. El gran mensaje que da Islandia al mundo, según el catedrático, es que “el sistema de representación democrático está obsoleto y hay que avanzar en la transparencia y la participación”. En ese sentido, Islandia ha pasado de ser un paraíso fiscal a ser una “isla de la transparencia”.

Cabría preguntarse también si la solución islandesa responde a una solución de izquierdas –encabezada por un Gobierno socialdemócrata y verde– o está por encima de las ideologías. Sampedro lo tiene claro: “No creo que el combate por la transparencia y la participación sea de izquierdas. Un liberal conservador debería defender esto”.

Miguel Ayuso
Fuente: elconfidencial.com

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