Martes 02 de Septiembre del 2014
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Portugal aprende a vivir en crisis y cambia sus hábitos de consumo


Como vivir con la crisis.
Desde que el país se sometió a la cura de austeridad del trío integrado por el FMI, la UE y el BCE, los portugueses han cambiado sus hábitos de consumo. La crisis les obliga a ahorrar, pero también a ser más creativos.
“Es un fastidio tener que cambiar el coche por el metro cuando además, este último cada vez es más caro. En coche se va más rápido y con las subidas del billete del metro, viene a ser lo mismo. Además, he utilizado tan poco el coche, que al intentar arrancarlo se había quedado sin batería”. Diana Ralha, de 33 años, consultora de comunicación, resume bien el sentimiento de todos lo que, como ella, han tenido que cambiar sus hábitos por una crisis que afecta también a sus bolsillos.

Nadie elige voluntariamente tardar más tiempo para llegar al trabajo, ni pasar tiempo en casa preparando la comida para el almuerzo del día siguiente en la oficina. Cuando se adoptan estos hábitos, es precisamente porque no hay otra opción.

Pero si bien la necesidad obliga a muchos portugueses a cambiar su estilo de vida, es también esta necesidad la que agudiza su ingenio y su creatividad.

Y son muchos los que encuentran aspectos positivos en estos cambios forzados. Como es natural, los cambios más destacados son los relativos a los hábitos de consumo y en este ámbito, un pequeño cambio puede significar grandes ahorros. Mariana Távora, abogada de 39 años, ha introducido dos novedades en sus salidas al supermercado.

Compra semanal y no a la hora de comer
En primer lugar, ha dejado de ir una vez al mes: “Al hacerlo así, como siempre me hacía falta algo, acababa teniendo que volver sistemáticamente cada semana y compraba además cosas innecesarias. Ahora, hago la compra una vez por semana”.

La segunda variación que ha introducido Mariana, y quizás la más sorprendente, es relativa al momento del día para hacer la compra. La hora del almuerzo era “arriesgada”: “Evito ir al supermercado a la hora del almuerzo porque, cuando tengo hambre, compro más cosas y más dulces”, explica, consciente de los esfuerzos que realiza para evitar el “riesgo” de caer en las compras compulsivas.

Por su parte, Ana Oom, profesora de 42 años, ha dejado de hacer sus compras a través de Internet. “El hecho de que me enviaran la compra a casa me hacía comprar más y en cantidades mayores. Entonces decidí empezar a hacer la compra en un supermercado más pequeño, al que acudo más a menudo, pero siempre prestando más atención. Hago elecciones más racionales y cuando llego a la caja, siempre sé más o menos cuánto voy a gastar”.

La crisis también trastoca los medios de pago. Las tarjetas bancarias, ya sean de débito o de crédito, se utilizan con más moderación. Francisca Lourenço, de 38 años, incluso ha renunciado por completo a las suyas. “Hemos comprobado que al pagar con el dinero que tenemos realmente, las cosas se controlan mejor”, explica.

Diana Ralha, ha dejado de utilizar su tarjeta de débito por la crisis: “Ya no compro nada con tarjeta. Cada dos días, saco 20 euros e intento que me duren el máximo de tiempo posible y así puedo gestionar mejor mi presupuesto y resistirme a la tentación de comprar minucias con la tarjeta de crédito”.

En metálico, todos los céntimos cuentan
Cuando se cuenta hasta el último céntimo, las marcas blancas y los pequeños establecimientos constituyen la mejor ventaja para los que se aprietan el cinturón. A veces, los pequeños establecimientos abiertos por los inmigrantes son verdaderas gangas, señala Diana Ralha. “Compro toda la fruta y la verdura en el establecimiento chino de mi calle, porque tienen unos precios increíblemente bajos”, asegura.

Otros se preocupan por defender la producción nacional ante la crisis. Mariana Pessoa e Costa sólo compra fruta portuguesa, “para ayudar a nuestros agricultores. Y si no hay, no compro fruta”. Y todos parecen tener en común una misma “táctica”: las marcas blancas.

La ropa y el transporte son dos aspectos del presupuesto de los portugueses en los que resulta más difícil hacer recortes. Son muchos los que afirman que reciclan las prendas de vestir: así reducen las sesiones de shopping y fomentan la creatividad de los modistos en ciernes.

Descubrir nuevos sitios en el barrio donde viven desde hace años y estar más en forma: son algunas de las ventajas que destacan estos portugueses obligados a desplazarse más a pie y en transportes públicos para ahorrar en gasolina. “Es positivo para mantenerse en forma y en mi caso, me permite poner mi mente en orden y evitar el estrés que me provoca tener que concentrarme al volante”, opina Leonor Tenreiro, profesora de escritura creativa.

Nuevos hábitos de consumo
Pero la “nueva” vida de los portugueses no es sólo cuestión de ahorros. En algunos casos, la coyuntura actual parece que también estimula su gusto por el riesgo. Es el caso de Sandra Casanova y su marido, que abrieron hace dos años una panadería: “Nacimos por la crisis y sin duda en nuestro proyecto fue una ventaja competitiva”, analiza.

Inês Custódio también se aventuró y emprendió nuevas sendas profesionales. “Mientras esta crisis delirante estaba en pleno apogeo, decidí dejar mi trabajo para crear una empresa. Para que mi elección no fuera una locura absoluta, tuve que ahorrar aún más. Logré vender mi casa con algunos beneficios, pagué el crédito y ahora estoy de alquiler en un apartamento un poco más pequeño y más económico”, cuenta esta futura directora de empresa.

Además de estos nuevos proyectos, los portugueses recurren también a fórmulas probadas. Con frecuencia utilizan los sitios de venta en Internet, como OLX y Custo Justo [“el precio justo”], para aumentar los ingresos financieros de la familia.

“Descubrí que podía ganar mucho dinero revendiendo las cosas de los niños y todo tipo de objetos en Internet. ¡Incluso logré vender el cochecito de mi hijo pequeño más caro de lo que lo había comprado!”, se felicita Diana Ralha.

En estos tiempos de austeridad, encontrar nuevas fuentes de ingresos y recortar gastos adoptando nuevos hábitos de consumo son los principales objetivos que se fijan muchos portugueses, sean cuales sean las soluciones.

Si lo hacen es porque no tienen elección. Los que hemos conocido logran poco a poco hacer frente a la crisis, porque no se encuentran en una situación desesperada. Pero son pocos los que aceptan de buen grado estos cambios de vida.

El miedo del síndrome griego
Según el Observatorio de Lucha contra la Pobreza de Lisboa, a las clásicas víctimas de la pobreza – a los parados de larga duración – se les suman en los últimos meses “nuevos pobres”, recoge Público, es decir, los asalariados que sufren las medidas de austeridad, con empleos precarios o flexibles en los que los sueldos se han visto reducidos. Por su parte, el Gobierno todavía pretende alcanzar el equilibrio presupuestario de antes de 2013, para poder tener acceso a los mercados de los títulos de deuda sin tener que solicitar nuevas ayudas a la troika FMI-BCE-UE.

Un objetivo que parece “misión imposible”, según señala el Jornal de Negócios. Una misión aún más difícil dado que la rentabilidad de la deuda portuguesa a dos años alcanzó el 21,6% la semana pasada, lo que se traduce en que, “para los mercados, se ha establecido una equivalencia entre Grecia y Portugal que puede ser peligrosa”, recalca La Vanguardia. Según el diario de Barcelona, la hipótesis de un acuerdo entre Atenas y sus acreedores sobre una quita parcial inducida por los mercados también podría aplicarse a otros países con dificultades de pago, como Portugal, que podrían enfrentarse a una reestructuración de su deuda.

Cristina Sampaio
Publicado en: Jornal de Negócios-Presseurop

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