Sábado 01 de Octubre del 2016
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En lugar de aferrarnos a un modelo en bancarrota, podríamos explorar otras modalidades de existencia


Austeridades.
Así que a partir de ahora los europeos estaremos constitucionalmente obligados a la austeridad. Como éramos díscolos y manirrotos, la dama de hierro germana nos castiga sin recreo hasta las calendas griegas. So pena de ser arrojados a las tinieblas exteriores al euro donde pululan irresponsables gobiernos que todavía se atreven a imprimir moneda propia cuando les hace falta a las empresas de su país.

Pero no nos podemos quejar, porque los gobiernos de la eurozona, que nosotros elegimos (¿o no?) se han hecho harakiri al unísono en cuanto a la capacidad de decidir su política económica. Y algunos como Grecia se han salvado in extremis de que los pánzer-interventores del Bundesbank ocuparan sus finanzas públicas, como sugería Merkel.

Ni siquiera Sarkozy la pudo seguir en ese desvarío, secuela del traumatismo weimariano, sin relación alguna con las más elementales reglas de gestión de una crisis económica. Tales como que a una economía en recesión no le conviene recortar gasto sino gastar más o se pondrá muy malita. E incluso los consumidores europeos podrían dejar de comprar productos alemanes, no por rechazo nacionalista (que también podría ser) sino porque no tienen con qué pagar y ya saben que no les fían a crédito.

No es pues de extrañar que los keynesianos de pro, como Krugman, Stiglitz o nuestro Ontiveros estén que trinan argumentando con razonamientos contrastados por la teoría y la historia que el crecimiento de producción y empleo es lo único que puede permitir salir de la crisis y generar suficiente excedente para pagar la deuda publica y privada.

Y para eso hay que reactivar la economía con gasto publico productivo financiado con euro-bonos que es otra forma de darle a la maquinita monetaria. Pero no, ahí andan los gobiernos, todos en fila y al paso de oca entonando el himno de las virtudes de la austeridad, como purga necesaria tras los excesos consumistas por encima de nuestras posibilidades. Es probable que vayamos al cataclismo económico con estas recetas de rebotica presupuestaria que confunden la economía familiar con la economía del conocimiento en un contexto de competición global.

Claro que ante el clamor de sensatez que denuncia la parálisis resultante del estrangulamiento del gasto público, la Comisión Europea ha empezado a hablar de políticas de “crecimiento y austeridad”, indicando que también se va a estimular la economía y crear empleo. ¿Cómo? ¿Con qué presupuesto? Ni existen fondos suficientes, porque lo que hay irá al fondo de estabilización financiera, ni hay fórmulas institucionales de transferencia de recursos a los países, excepto los programas de desarrollo para regiones atrasadas, formas asistenciales inhibidoras del emprendimiento.

Como algo hay que hacer, se van a enviar expertos made in Bruselas para aconsejar como crear empleo para los jóvenes. Y, cómo no, se habla de aprendizaje.

En concreto, no sólo hay que seguir la política fiscal alemana, sino que ahora nos van a poner a todos a seguir el modelo alemán de formación profesional consistente en formar en la empresa y para la empresa. Fue una formula positiva en el momento de la industrialización de la posguerra, con formas de trabajo relativamente estables y que requerían destreza más que conocimiento.

Pero las políticas educativas de la era de la información necesitan otro tipo de formación, centrada en la generación de autonomía profesional y capacidad de innovación para resolver problemas nuevos en un contexto de rápido cambio tecnológico, organizativo y de demanda. Hay que formar trabajadores autoprogramables para las empresas, pero no en la empresa.

El mito de reactivación económica sin gasto público, en medio de la atonía del crédito y del colapso de pequeñas y medias empresas, es otra de esas cortinas de humo con las que gobernantes aterrados tratan de ganar tiempo ante una ciudadanía desconcertada que empieza a revolverse porque sospecha de que se trata. Y de lo que se trata es de que así no hay salida de la crisis. Toca aguantarse y esperar. Esperar a que se limpie por arte de birlibirloque la toxicidad de un sistema bancario del que ya nadie se fía. Esperar a que las empresas puedan emplear, porque sin acceso a capital y con cada vez menos clientes no pueden. Esperar a que los gobiernos hagan algo más que recortar los servicios que la gente paga con impuestos y cotizaciones.

Esperar a que les digan la verdad. Esperar a que les devuelvan ciudadanía y soberanía.

Pero en la vida siempre hay que ser positivos. Y puede haber algo positivo en esta austeridad. Porque si no podemos consumir, algo habrá que hacer. Y si no hay trabajo, habrá tiempo para inventar otras formas de vida.

Y si hay suficiente gente experimentando el placer de vivir, se pueden incluso añadir muchos otros que trabajan en cosas tontas que les van agostando a cambio de una supervivencia ahora atenazada de angustia. La reconstrucción de la vida personal y social mediante formas de economía de trueque, cobrando menos para trabajar menos, autogestionando lo que necesitemos, cultivando redes de solidaridad y creatividad, con tiempo y energía para amarnos, puede poblar la austeridad de sentido. Las investigaciones realizadas al respecto demuestran que miles de personas están ya en esta nueva cultura de la austeridad creativa, más allá de las prácticas económicas del mercado capitalista.

En lugar de aferrarnos a un modelo en bancarrota, podríamos explorar otras modalidades de existencia. A condición de mantener lo esencial, o sea el Estado de bienestar. Un Estado de bienestar financiado por impuestos a quienes pueden pagar, empezando por las entidades financieras, y por un crecimiento estimulado por el gasto público.

Hay distintas austeridades. La creadora de sentido de vida más allá del consumo o la austeridad impuesta a quienes confiaron en que la vida se puede comprar a crédito y se encontraron con el espejismo de un consumo artificial alimentado por una finanza virtual. Lo más psicológicamente destructivo es lo que nos proponen los gobiernos del euro: renunciar al consumo con el señuelo de volver a consumir algún día.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

1 comentario

  1. Cambiar el modelo - Educación Global para una Nueva Humanidad Responder

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