Lunes 26 de Septiembre del 2016
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El único intermediario que precisa Amazon se llama Amazon


La apisonadora.
Todos los editores veteranos recuerdan perfectamente que las profundas transformaciones experimentadas en el mundo del libro se iniciaron en los años ochenta, cuando las grandes corporaciones emprendieron un vasto movimiento de concentración empresarial que, una vez completado, creó un escenario en el que todo se había trastocado: desde la “tradicional” relación (siempre desigual y, a menudo, abusiva) entre editor y autor, hasta las rentabilidades que se le exigían al libro, y que los mánagers sobrevenidos deseaban aproximar a las de los otros productos de la industria del entretenimiento. De aquellas transformaciones, nadie, ni los independientes, salió indemne.

Vistos desde la perspectiva de hoy, aquellos sobresaltos que parecían sísmicos, quedan casi como anécdotas en el proceso que está conduciendo muy rápidamente al más brutal cambio de paradigma de la edición, con la indeseable, pero conjeturable, desaparición de algunos de sus actores tradicionales y la transformación radical del libro como objeto de cultura, así como del negocio que lo sustenta.

Por supuesto, las “nuevas” (¿hasta cuando?) tecnologías se encuentran en la base de esta “revolución neolítica” del libro, pero su morfología y ritmos vienen, una vez más, marcados por los intereses y la feroz competencia entre nuevas megacorporaciones con culturas y hábitos diferentes a las de las seis o siete que (todavía) controlan la parte más mollar de la edición mundial.

En la última entrega de Bloomsberg Bussinessweek se publica un bien documentado artículo de Brad Stone, en el que se analizan, contextualizándolos, los últimos movimientos efectuados por Amazon, la mayor librería del planeta, para redondear su negocio y convertirse también en uno de los grandes trasatlánticos (hay quien se teme que el único) de la edición mundial. A partir de la contratación (mayo de 2011) como responsable de su división editorial de Laurence Kirshbaum, antiguo presidente de Warner Books, se ha acelerado un proceso que se inició con el lanzamiento del primer Kindle, la célebre tableta lectora que permite bajarse a precios muy convenientes los e-books que comercializa la compañía, que ya vende 105 libros electrónicos por cada 100 impresos. A pesar de su “patológico secretismo”, se calcula que en este momento funcionan bajo el paraguas de Amazon al menos seis sellos editoriales que cubren desde la novela de género hasta ensayo de “ceja baja”, además de libros autoeditados.

Los editores “tradicionales”, que ya habían iniciado algún movimiento de protesta (pactando la comercialización de algunos de sus e-books con Apple, por ejemplo) contra las draconianas condiciones económicas impuestas por la compañía de Bezos, contemplan con espanto la incongruente perspectiva de tener que competir como editores con quien también es, con mucho, su principal librero.

Y, además, en inferioridad de condiciones. Amazon se dirige directamente a los autores (o a sus agentes, quizás las siguientes víctimas) para ofrecerles mejores anticipos y regalías que los que reciben de los editores tradicionales: según diversas estimaciones, Amazon estaría pagando a los autores entre el 45 y el 50% del precio de venta de los libros que contrata con ellos. Y anticipos que en algún caso llegan a las seis cifras. Todo ello manteniendo precios muy convenientes para el lector, la baza más atractiva de su estrategia.

Del librero tradicional no se dice nada: el único intermediario que precisa Amazon se llama Amazon.

Su estrategia no es para mañana, pero ya está en marcha. Sabe que en cada país tendrá que enfrentarse no sólo a diferentes normas de comercialización y difusión del libro, sino a tejidos libreros de diferente fortaleza. Pero la historia enseña que los muros más sólidos pueden derrumbarse. Claro que tampoco está escrito que los procesos sean imparables. El mayor peligro, como afirma Joe Konrath, uno de los autores voluntariamente abducidos por Amazon Publishing, es que los editores “sigan tomando copas en el Titanic: están tan ocupados protegiendo su industria de papel que descuidan las necesidades de sus clientes y tratan mal a los autores”.

Manuel Rodríguez Rivero
Publicado en: El País

 

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