Martes 27 de Septiembre del 2016
Google+ Pinterest
sponsors 1; 2; 3; 4

Por qué algunas personas son más felices que otras y cómo entrenar el optimismo


La clave del bienestar.
Desde sus inicios, la psicología ha lidiado con las enfermedades mentales: neurosis, psicosis, depresiones y obsesiones. La tarea de los profesionales de esta disciplina ha sido llevar a las personas desde un malestar o un estado negativo, a un estado emocional “neutral”. O, como lo describe el psicólogo de la Universidad de Pennsylvania Martin Seligman, pasar de “sentirse menos cinco a cero”.

Fue justamente Seligman, ex presidente de la American Psychological Association (APA) uno de los pioneros en preguntarse por qué la psicología no asumía otro rol (sin dejar de lado aquel primordial y “curativo”), comenzando a indagar cómo hacen las personas para pasar de cero a más cinco. “La salud mental es mucho más que la ausencia de enfermedad o el no sentir dolor o pena. Es sentirse pleno, y en alguna medida feliz”, destaca el padre de la psicología positiva, una disciplina que en lugar de enfocarse en las patologías, se centra en las fortalezas y emociones positivas como el optimismo, el humor, el compromiso, la resiliencia (capacidad de sobrellevar con éxito circunstancias adversas), y sobre todo la felicidad.

A partir de mediados de los 90, Seligman y un grupo de colegas, como Ed Diener, de la Universidad de Illinois, a quien algunos conocen como “el Doctor Felicidad”, vienen realizando numerosos estudios científicos para medir la presencia de estas emociones y determinar su correlación con la salud física y mental, la calidad y la mayor expectativa de vida.

Dentro de esta corriente, un aporte fundamental fue realizado por el psicólogo checo Mihaly Csikszentmihalyi (Miha, para los amigos), quien describió el “flow” o “estado de flujo” como un sentimiento de profundo compromiso y entusiasmo en la tarea emprendida. Se trata de un estado de fluidez creativa y bienestar que suelen manifestar artistas, deportistas y creativos, que lleva a que las cosas “salgan bien”, casi sin percatarnos del esfuerzo puesto en ello.

El dinero… ¿ayuda?
Ante la pregunta sobre ¿qué es lo que nos hace realmente felices?, los partidarios de la psicología positiva han recurrido al auxilio de otras disciplinas como la filosofía, la teología? y últimamente la economía, dando lugar a una nueva rama de estudios: la economía de la felicidad.

Esta joven disciplina intenta develar la relación entre sentirse feliz y tener la billetera llena. De este modo, en 2002, el psicólogo de la Universidad de Princeton Daniel Kahnemann obtuvo el premio Nobel de Economía por sus investigaciones sobre “la utilidad marginal decreciente del ingreso”. Kahnemann demostró que la felicidad está relacionada con un nivel mínimo de riqueza para cubrir las necesidades básicas. Pero a partir de allí, en la medida en que los ingresos se elevan, subas de ingresos aportan niveles de felicidad cada vez menores o directamente nulos.

El economista argentino Rafael Di Tella, actualmente profesor en la escuela de negocios de Harvard, lo explica así: “primero quiero un auto. Cuando lo consigo aumenta mi felicidad por un tiempo corto (un año, o dos). Después me adapto y la felicidad cae al nivel original”.

La Economía de la Felicidad “aporta valiosas herramientas al análisis del bienestar de las personas”, dice Di Tella. “Los datos de la felicidad en los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, se han mantenido constantes pese a que los ingresos de los norteamericanos crecieron mucho en el mismo período. Algo similar ocurre en Japón y en Gran Bretaña, lo que sugiere que el crecimiento económico no está ayudando a la gente a ser más feliz”.

Millones de amigos
Para conocer el nivel promedio de felicidad de los argentinos, en 2008 los economistas Victoria Giarrizzo y Dardo Ferrer, del Centro de Economía Regional y Experimental (CERX), entrevistaron a 950 personas de ambos sexos y les pidieron que evaluaran su nivel de felicidad en una escala de 1 a 10. El 79% de los encuestados se posicionaron en niveles de felicidad de entre 6 y 8 puntos. Al consultarles cómo evaluaban su nivel de ingresos, una proporción similar (69%) admitió que no les alcanzaba para cubrir sus necesidades y expectativas, por lo que los investigadores concluyeron que una mayoría de los argentinos se siente feliz, a pesar de que sus ingresos no le alcanzan.

Entonces, si no es el dinero… ¿qué nos hace felices? ¿La juventud? Negativo, un reciente estudio de los centros de Control y Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos mostró que las personas de 20 a 24 años estaban tristes un promedio de 3 a 4 días al mes, mientras que las personas de más de 65 lo estaban 2 o 3 días.

Tampoco son factores decisivos el coeficiente intelectual o el nivel educativo, como el propio Seligman demostró en sus investigaciones. Los lazos afectivos serían, finalmente, el factor de mayor peso en el logro de la felicidad, más allá del género, edad y posición social de las personas. Un estudio conducido en 2002 por Diener y Seligman entre estudiantes universitarios demostró que el 10% que dijo sentirse más feliz y satisfecho con sus vida no eran los más brillantes en cuanto a calificaciones, ni aquellos que provenían de hogares con mayores ingresos, sino los que tenían en promedio mayor número de amigos y los visitaban más frecuentemente. De allí que ambos investigadores concluyeron que las habilidades sociales son las que realmente determinan nuestra capacidad de ser felices.

La medida de la felicidad
En su best seller Authentic Happiness (La Felicidad Plena, Ediciones B), Seligman define tres componentes básicos: placer (búsqueda y capacidad de disfrute), compromiso (con la familia, los amigos y la sociedad) y significación (sentido de trascendencia de la propia vida). De estos tres factores, el placer es el menos importante y el más volátil.

Para Kahneman, “la felicidad no es la suma de los momentos felices menos los momentos tristes o enojosos”. Según el Nobel de Economía, “es preciso distinguir la experiencia de felicidad de su posterior recuerdo”.

Y sus estudios muestran que el recuerdo de las experiencias está íntimamente influenciado por la manera en queterminó. Esto explica cómo situaciones esencialmente dolorosas como un parto, son recordadas por las madres con la felicidad de haber alumbrado a su bebé.

Ahora bien, ¿feliz, se nace o se aprende? Cuánto hay de genético y de ambiental en nuestro nivel de felicidad? Esta fue una de las preguntas que ocupó a David Lykken, psicólogo de la Universidad de Minesotta. A fines de los 90, luego de realizar un pormenorizado estudio con 4.000 casos, incluyendo hermanos gemelos, el investigador concluyó que “el 50% de nuestra satisfacción con la vida tiene que ver con una programación genética, y el resto con circunstancias como el entorno familiar y educativo, el nivel de ingresos, y la salud general.

Basado en esto, Lykken postuló que, como ocurre con el peso corporal, cada persona tiene un nivel promedio de felicidad que, pese a las subas y bajas, siempre tiende a volver al punto de equilibro. Y fue más allá al señalar que “intentar ser más feliz es tan fútil como intentar ser más alto”, una afirmación de la que se arrepintió unos años más tarde, al adherir a los postulados de Seligman y otros colegas que sostienen que más allá de los factores genéticos, cada persona puede ejercitar y acrecentar su felicidad, como si fuera un músculo del cuerpo.

Sin embargo, como todo en la vida, la felicidad también tiene un límite. Y fue el propio Diener quien en su último libro Rethinking Happiness (Repensando la Alegría), advierte que “una vez que se alcanza un nivel moderado de felicidad, cualquier incremento no genera mayor satisfacción, sino que puede ir en contra del rendimiento laboral, la motivación y la participación comunitaria y política”.

Buscando el equilibrio
Una persona enteramente satisfecha, no sentirá la necesidad de esforzarse por mejorar su vida y su entorno, señala el profesor de Illinois. Y no es el único. En su libro The Loss of Sadness (La pérdida de la tristeza) Allan Horwitz y Jerome Wakefield, también alertan sobre la tendencia a diagnosticar cualquier bajón anímico como depresión y a medicar como trastornos depresivos a situaciones de pena normal causadas por la pérdida de una relación, un trabajo o un problema de salud.

En los Estados Unidos, el 10% de la población toma antidepresivos. Más de la mitad de ellos no lo hace por problemas anímicos graves, sino para superar pequeños malestares.

En la Argentina, los medicamentos para el sistema nervioso (entre los que se incluyen antidepresivos y ansiolíticos) encabezan las ventas de la industria farmacéutica, con una facturación, en el primer trimestre del año, del orden de los $ 640 millones, según el Indec.

El exceso de alegría, además de impulsar un millonario negocio, resulta contraproducente. En la búsqueda del equilibrio parece estar la clave del bienestar.

María Gabriela Ensinck
Publicado en: La Nación Anuario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>