Sábado 01 de Octubre del 2016
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Messi y los argentinos


Messi, el argentino diferente.
Messi es el argentino distinto. Si un argentino es un italiano que habla la lengua de Castilla, Messi es de los argentinos que podrían ser ingleses u holandeses. Es difícil delinear estos rasgos sin caer en los prejuicios o los clichés. Desde ese punto de vista, un argentino (o quizás habría que decir un porteño) de caricatura es un tipo prepotente, malevo, llorón, astuto, tramposo y gritón. Se parece a cualquier personaje de la comedia italiana. Por ejemplo, a tantos caraduras como los que solían interpretar Vittorio Gassman o Alberto Sordi.

¿Hay otros messis entre los argentinos? Sí, hay muchos. No sé si la mitad, pero desde luego muchos. No son genios del fútbol, pero son artistas, deportistas u hombres de cualquier medio que practican la mesura y la discreción. Por ejemplo, el técnico nacional, Alejandro Sabella; actores como Alfredo Alcón, bailarines como Julio Bocca o políticos como Hermes Binner.

Cada vez habrá menos maradonas y más messis porque los alevines que hoy descubre un ojeador de cracks son pulidos en fábricas como La Masia. Maradona, el salvaje, el loco, el imprevisible, sería hoy resocializado. Ya no hay lugar para los locos. Es cierto que esta transformación, la que va del futbolista en bruto al crack mediático de hoy, no es nueva, pues ya Jorge Valdano, contemporáneo de Maradona, se acerca, por su discreción, más a Messi que a Maradona.

Barcelona y Nápoles son ciudades de gran cercanía geográfica, pero de índole bien distinta. La primera es ciudad del orden y la opulencia, de la armonía urbana. La segunda es ciudad de pasiones y desenfreno: bajo el desquiciado imperio berlusconiano, vive su total decadencia y yace aplastada por los detritus. Maradona, que fracasó en Barcelona, triunfó en Nápoles, donde es y será ídolo. Messi empezó a jugar en el Newell’s Old Boys, club que fundó en 1903 el maestro inglés Isaac Newell’s, pero se convirtió en Messi en el Fútbol Club Barcelona, fundado por el suizo Hans Gamper en 1899.

Maradona vio la luz en el Policlínico Evita, de Lanús, y se crió en humilde barrio Fiorito. Estos lugares son el corazón de la inmensa red urbana porteña que con diez millones de habitantes, muchos de ellos hacinados en barracas, asfixia la moderna Buenos Aires. En Fiorito, hasta el último yuyo es peronista. Por eso, los Kirchner usaron a Maradona (con su activo consentimiento) en la frustrada aventura de hacer del fútbol bastión del clientelismo político. Lo opuesto es la asepsia de Messi, que, protegido por la red institucional del Barça y la inteligencia de Guardiola, permanece ajeno a esos barros.

Las Heras, donde nació Messi, está muy lejos de Fiorito. Las Heras es un barrio de clase media al sur de Rosario. Ambas ciudades son muy distintas. Buenos Aires es el gigantesco Goliat tumultuoso e ingobernable. Rosario, ciudad crecida como quien no quiere la cosa a orillas del gran río Paraná, es más apacible. Rosario, por no tener, no tiene ni siquiera fundador, cosa que la hace única entre las ciudades de la América española, que guardan con celo su escena primigenia: el conquistador plantando la cruz y cruzándola con su espada. Rosario fue haciéndose sola a partir de un puerto de paso, usado por cargueros que venían Paraná abajo en busca del río de la Plata y la salida al mar. Esa modestia urbana ha tenido su expresión política: Rosario es gobernada hace muchos años por alcaldes socialistas, sin que el peronismo extravertido y confuso pueda entrar a ese feudo.

Rosario tiene mucho que ver con el fútbol que corre por las venas de Lionel Messi. Porque, al margen de la identidad política de la ciudad, hay una identidad futbolera en Rosario, dividida en dos familias genéticas irreductibles, montescos y capuletos: los leprosos del Newell’s Old Boys (entre los que se contaba el niño Messi) y los canallas del Rosario Central. Pero unos y otros cultivan una estirpe exquisita, simbolizada en estetas del balón como César Luis Menotti o Santiago Segura.

Barcelona era la ciudad para Messi y el Barça su club. El Fútbol Club Barcelona es una institución tan grande que casi parece un Estado en sí misma. Si así fuera, se parecería más a un cantón suizo que a una república bananera. La Masia es la marca de algo que es mes que un club. La Barcelona del Barça es la quintaesencia del seny (la cordura), aunque en el campo de juego Messi nos muestra la contracara del seny, la rauxa (arrebato).

Algunos hinchas argentinos se resisten a Messi. Expresan el salvajismo que impera en el mundo del fútbol argentino, que es territorio de corrupción y violencia.

En los últimos años, en las canchas de fútbol, han muerto trescientos argentinos en feroces peleas o abatidos a balazos. Para estos energúmenos que han degradado al fútbol en escenario de guerras gansteriles, Messi es un pecho frío. “No siente la camiseta”, dicen los desaforados. La casa de los Messi en Rosario fue atacada a balazos. Pintadas agraviantes contra Lionel se han visto en muros argentinos.

Sucede que en la selección Messi parece un jugador banal, ya que el fútbol es un juego colectivo y Messi está también compuesto por sus compañeros, como un ser humano está conformado por huesos y músculos, por materia y espíritu. ¿Podrá Sabella ser el Guardiola de Messi?

“Cara sucia, cara sucia, cara sucia / te viniste con la cara sin lavar”, dice un tango de Canaro. El apelativo, cara sucia, fue mucho tiempo el blasón de un tipo de jugador indócil pero iluminado del que el fútbol argentino hizo mito. Ahora Messi ha mostrado que se puede ir con la cara limpia sin mengua del genio. “Todo lo que sé sobre moral lo aprendí jugando al fútbol”, decía Albert Camus. Desde ese punto de vista, los argentinos nunca le agradeceremos bastante lo que está haciendo Messi por nosotros.

Álvaro Abós
Escritor argentino.
Publicado en: El País

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