Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Lula, la voz de Brasil


Lula es, hoy por hoy, la voz del Brasil. Y de modo especial la voz de los que no tienen voz. Ningún brasileño tiene tanta audiencia en el exterior. Los jefes de Estado prestan atención a lo que él dice, incluyendo a Dilma Rousseff.

Universidades de los cinco continentes le homenajean con el título de doctor ‘honoris causa’. Empresarios de dentro y de fuera del Brasil quieren conocer su punto de vista sobre la coyuntura. Organismos internacionales se interesan por el modo como su gobierno combatió el hambre y redujo la desigualdad social en el país.

La vida es imprevisible. Frágil como una hoja seca. Y el futuro le pertenece a Dios. De pronto Lula se ve afectado por un cáncer en la laringe. Hasta parece que la naturaleza decidió tocarle en su talón de Aquiles. Como le sucedió al pianista João Carlos Martins, cuyos dedos de las manos, afectados por una serie de problemas de salud, casi le han obligado a alejarse de la música. Hoy él es reconocidamente un eximio dirigente.

El cáncer parece perseguir a los jefes de Estado: Lugo, Chávez, José Alencar… Lula está hecho de la misma materia prima de Alencar.

Ambos fueron dotados de un insuperable optimismo frente a la vida, sostenido por una consistente fe cristiana.

Como Alencar, Lula se sabe predestinado -no en el sentido mesiánico que el término pueda sugerir, sino como resultado de una convergencia de factores que lo llevaron a la vida pública- y, gracias a la sensibilidad social que procede de la cuna, se empeña en aminorar la desigualdad social y promover una amplia política de inclusión de los empobrecidos.

Todo el poder de comunicación de Lula se centra en la voz. Nació dotado del don de la oratoria. Recuerdo al comienzo de nuestra amistad, en las grandes asambleas metalúrgicas del ABC, en el estadio de la Villa Euclides, en los primeros años de la década de 1980. Lula, antes de salir de casa, anotaba en un trozo de papel los temas que iban a ser abordados en su discurso de cierre de la concentración obrera. Era siempre el último en hablar. Su discurso marcaba la culminación de la asamblea.

Ocupado el estrado, se iniciaba la sucesión de pronunciamientos: dirigentes del sindicato de los metalúrgicos, líderes obreros, abogados laboralistas, políticos… A medida que el acto avanzaba, los puntos señalados por Lula brotaban de la boca de los oradores que le precedían. Yo me sentía afligido por él, preocupado de si, allí en el estrado, se acordaría de otros temas que nadie hubiera tocado.

Terminada la lista de oradores, se le daba a Lula la palabra de finalización de la manifestación. Todos le prestaban una silenciosa atención, como si cada una de sus frases debiera ser absorbida por la multitud. Entonces Lula sorprendía. No por sacar del sombrero retórico, como un mago, temas inéditos. El temario era el mismo. La novedad consistía en el modo como lo abordaba.

No hablaba con la cabeza sino con el corazón. No exponía teorías ni se perdía en el énfasis de frases demagógicas, sino que discurseaba a partir de experiencias vividas en su trayectoria personal, inventaba parábolas, contaba anécdotas.

Exhortaba, advertía, expresaba metáforas con mucha pertinencia, destilaba ironías en torno a la dictadura, caricaturizaba a ministros y empresarios, motivaba en cada huelguista el empeño para la movilización, estimulaba los bríos éticos de la masa trabajadora. Su pronunciamiento sonaba más moral que político. Su voz inflamaba a la asamblea.

Ahora esa voz sufre. Descansa. Exige cuidados. Lula, como sucede con las águilas cuando cumplen 40 años de edad, se retira a la montaña para adquirir nuevo vigor. Y retomar en breve su vuelo por una política, en el Brasil y en el mundo, centrada en el fin de la miseria y de la pobreza, allí donde dio inicio su vida.

[Frei Betto es escritor, autor de “Conversación sobre la fe y la ciencia”, junto con Marcelo Gleiser, entre otros libros. http://www.freibetto.org – twitter:@freibetto.

Publicado en Adital

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