Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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La genialidad no se hereda


Usted es un potencial faro de luz para la sociedad. ¿Lo sabía? ¿No le parece muy positivo? Muchos son los que en los últimos 200 años han venido investigando sobre la genialidad. En sus avances han llegado a descubrir que ésta no se transmite por herencia genética. Sin embargo, el entorno en el que crece y se desarrolla el ser es de extraordinaria importancia para que sea capaz elevar las consciencias de las masas con la ayuda de su talento. Es decir, para que sea un genio. La pregunta es ¿cómo se hace esto? En la sociedad de consumo que vivimos, donde se nos imponen resultados constantemente, poco espacio se da para que afluyan las genialidades de los ciudadanos. Pero si a pesar de ello usted quiere erigirse como uno de ellos, tan solo tiene que poner su talento al servicio de la humanidad. Con empeño y corazón, irá enciendo un tímido y endeble faro que con el trabajo y la perseverancia crecerá y se hará poderoso. Esperanzador ¿verdad? A continuación le presentamos un artículo que revisa la investigación sobre la genialidad que viene produciéndose desde hace dos siglos.

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¿Los ganadores de los premios más prestigiosos del planeta llevan la genialidad grabada en el ADN? ¿Provienen de familias con coeficientes intelectuales privilegiados?

No, responden el profesor de psiquiatría de Harvard Albert Rothenberg y su colega Grace Wyshak, que estudiaron el árbol genealógico de casi 500 literatos y científicos reconocidos con el Premio Nobel. Una síntesis de sus hallazgos fue presentada días atrás en la ciudad de Buenos Aires durante el Congreso Mundial de Psiquiatría.

Los investigadores partieron de los postulados del británico Francis Galton, primo de Charles Darwin, que dos siglos atrás encendió la discusión sobre el binomio naturaleza y cultura. Galton estudió a personalidades muy destacadas y concluyó que debían el éxito a las privilegiadas inteligencias que habían heredado: a la hora de su gestación, la suerte estaba sellada. Así lo definió en el famoso libro Hereditary Genius y desde su publicación genio y herencia quedaron anudadas.

Convencidos de las desavenencias de semejante matrimonio, Rothenberg y Wyshak comenzaron a estudiar a los literatos más reconocidos (50 laureados con el premio Nobel, 135 con el Pulitzer). El análisis se extendió a sus padres para verificar si tal astilla procedía de las presuntas genialidades del palo.

“En general se dice que el genio se hereda, pero nuestros resultados contradicen a Galton y su teoría de la transmisión directa del genio”, dice hoy Rothenberg. Apenas el 1% replicaba la profesión de alguno de sus padres; el 76% compartía con el padre del mismo sexo una actividad equivalente, en tanto incluía la utilización del lenguaje, por ejemplo periodismo, lingüística o edición. Hasta aquí nada novedoso o inesperado. El punto más original del hallazgo surgió del análisis del juego de deseos insatisfechos y asignaturas pendientes de los progenitores.

Para corroborar en qué medida esta hipótesis se cumplía entre quienes se destacaban en el mundo de las ciencias, Rothenberg estudió el árbol genealógico de 435 de los 488 químicos, físicos, médicos y fisiólogos que recibieron el Nobel entre 1901 y 2003. Con la información obtenida, el investigador sostiene que la genialidad no depende de los genes sino de una constelación de factores que sí son hereditarios pero no genéticos, es decir con un sesgo psicológico.

El terreno sobre el que los premiados crecen en general ha sido fertilizado con la orientación creativa, la motivación y la inversión educativa de los padres. Pero según Rothenberg, también con sus deseos incumplidos, que empujan por realizarse a través de los hijos. Con el padre del mismo sexo se produce un juego de identificación y competencia que da por resultado un producto nuevo y superador. Este enroque entre lo viejo y lo nuevo que implica una ruptura y una nueva identidad es, justamente, lo que define a la creación.

Los procesos afectivos y cognitivos involucrados en la creatividad “son complicados y resultan de una combinación de educación, genética y factores sociales”, sintetiza Rothenberg. “La creatividad se produce por una constelación de múltiples factores”, define el médico psiquiatra Héctor Fiorini, director del Centro de Estudios en Psicoterapias.

“La genética puede dar ciertas disposiciones como el cociente intelectual, la capacidad para las matemáticas o la música. Pero aun cuando una persona nace con cierto talento, tienen que combinarse otros factores como la educación sin la cual no llega a dominarse una disciplina, y factores de personalidad como la curiosidad, el interés apasionado, la capacidad de asombro y la intuición.”

Fiorini coincide con Rothenberg pero se distancia al desenmascarar el lado oscuro del mandato familiar: “A veces el deseo insatisfecho de los padres es un buen estímulo. Pero en muchos otros casos es vivido como una presión y provoca frustraciones personales”.

A su entender, lo específico de los grandes creadores es el pensamiento involucrado en la producción de su obra: utilizan un pensamiento “anticonvencional o divergente, que se aleja de los esquemas de uso habitual; resuelven temas complicados por una vía inesperada. Son personas que logran crear un punto de vista nuevo, distinto, original. Ven lo que los otros no ven”. Además, aunque la creación es un terreno que transitan muchos, no todos son capaces de soportar el proceso de transformación capaz de “organizar un cosmos”.

En su libro El psiquismo creador, Fiorini bucea el funcionamiento psíquico de los grandes creadores, que se animan a dar vuelta el mundo, atravesar el caos y crear un mundo nuevo. Tal como se refiere al genial Arthur Rimbaud su biógrafo Cintio Vitier: “Es menester caotizar el caos habitual de nuestros sentidos, desordenar el sólido desorden de nuestra costumbre, confundir la confusión que nos adormece en la vaguedad mediocre de nuestra infinita penumbra vital, para que el otro, el verdadero yo inalcanzable, pueda salir a su intemperie, a lo desconocido”.

Tesy de Biase

Fuente: La Nación.

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