Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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¡Buenas noticias! ¡En serio!


Bill Keller nos ofrece en este artículo diversos motivos para mantener la esperanza. Sí es cierto que los humanos hemos hecho muchas cosas mal, pero también tenemos la capacidad de recapacitar, hacer autocrítica y mejorar. Es así como avanzan las sociedades. En este artículo Bill Keller nos da buenas noticias, en serio.

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¡Buenas noticias! ¡En serio!¿Aburridos de los cansados campamentos y el anarquismo recalentado de Ocupa Wall Street? ¿Hartos de la campaña presidencial para elegir al menos malo? ¿Deprimidos por las señales que alertan de la próxima Depresión?

Les traigo algo que les servirá de consuelo. Igual que la enfermera de Nurse Jackie cuando rebusca en el botiquín algún analgésico suelto, he reunido unas cuantas cápsulas de esperanza procedentes de lugares en los que seguramente no se han fijado desde hace tiempo, porque las noticias más destacadas son tan descorazonadoras que no se atreven a pasar de la primera página.

Reconozco que algunas de estas noticias son de países en los que quizá no nos gustaría vivir. Pero se las ofrezco como prueba de que, de vez en cuando, nuestra lamentable especie hace algo más o menos bien. Tal vez podamos sacar una enseñanza o sentirnos más animados. Por lo menos, nos servirá para recordar -en un momento en el que nuestros políticos compiten entre sí por ver quién es el más ardiente defensor del “excepcionalismo estadounidense”- que nuestro país no es el único regalo de Dios a la civilización.

Empecemos con Eslovaquia, el pequeño país que constituye la mitad menos famosa de la antigua Checoslovaquia. La semana pasada, fue el último en actuar de los 17 países europeos que debían votar el plan de rescate para sostener las economías en peligro de países como Grecia y Portugal mientras ponen freno a su habitual comportamiento despilfarrador. Después de 16 síes, el destino de Europa estaba en manos del parlamento eslovaco. Y los eslovacos, impulsados por un nuevo partido de oposición que se dirige a la generación de Facebook, dijo “NO“. Rechazaron la idea de que sus ciudadanos, que son de los menos ricos de Europa, tengan que rescatar a unos vecinos derrochadores y a los banqueros que les proporcionaron el dinero para serlo.

Después del rechazo, cayó el Gobierno. Y entonces se formó una nueva coalición provisional que se puso a trabajar y decidió ratificar el acuerdo a pesar de todo.

Es decir, Eslovaquia consiguió dos cosas. Al indicar que se le estaba terminando la paciencia, inspiró más miedo en los corazones de los banqueros mundiales que todas las protestas de Occupy Wall Street en un mes de manifestaciones y pancartas. Y luego, una vez hecha la advertencia, se reagrupó y dio a Europa una oportunidad más, con lo que demostró un nivel de madurez muy significativo en un pequeño país que hace no tanto era pupilo de la Unión Soviética.

“Nos parecemos a los estadounidenses”, me dijo un funcionario eslovaco. “Tenemos una política interior fragmentada, pero, a la hora de la verdad, conseguimos que se hagan las cosas”.

Le dije que me sentía halagado de que comparase mi país con Eslovaquia y que tenía razón sobre la fragmentación política, pero que no estaba tan seguro sobre lo de conseguir que se hicieran las cosas.

Pasemos a Liberia. Quizá lo recuerden como ese país de África occidental fundado por esclavos americanos liberados, y que es famoso por haber vivido 25 años demenciales, llenos de niños soldados, diamantes de sangre, violaciones y mutilaciones, entre otras atrocidades. Liberia sigue siendo un país en ruinas, pobre, analfabeto y corrupto, pero hoy tiene elecciones libres, limpias, consecuentes y respetadas.

El martes pasado, Liberia celebró unas elecciones en las que los dos principales candidatos a la presidencia habían estudiado en Harvard, y no se avergonzaban en absoluto de ello. La presidenta actual, que se presentaba a la reelección, Ellen Johnson Sirleaf, antigua economista del Banco Mundial y a quien a acaban de otorgar el Premio Nobel de la Paz, sería probablemente la candidata más cualificada en las elecciones de muchos países, incluido tal vez el nuestro. Su principal rival, Winston Tubman, posee asimismo títulos obtenidos en Cambridge y la London School of Economics y una larga trayectoria en la diplomacia. Es cierto que, como compañero de candidatura, llevaba a una estrella de fútbol, pero, aun así, se le considera un tipo muy sólido.

Por supuesto, después del expresidente Charles Taylor, que se encuentra en La Haya en espera de juicio, acusado de haber cometido crímenes contra la humanidad, el listón no está muy alto.

Habrá una segunda vuelta. Sirleaf dice a los votantes que tiene las cosas controladas y que Tubman debe esperar. O, como dice su lema de campaña: “El mono aún está ocupado, el babuino puede esperar sentado”. Probablemente no tendría mucho éxito en Iowa.

De ahí, vayamos a Perú. Mientras sus homólogos en los vecinos Brasil y Ecuador se dedicaban a consolidar su poder con medidas llamativas, nacionalizando industrias e iniciando disputas con Estados Unidos, el nuevo presidente peruano, Ollanta Humala, parece empeñado, hasta ahora, en llevar a cabo una reforma tranquila y moderada del sistema. Se ha olvidado de la retórica nacionalista de izquierdas, ha nombrado un Gobierno partidario de favorecer las inversiones y dice que Estados Unidos es “un socio estratégico”.

La semana pasada, al tiempo que anunciaba una campaña contra la corrupción, despidió a 30 de los 45 generales de la dirección de la policía nacional, una fuerza hacia la que existe una desconfianza generalizada entre los peruanos, que la consideran una asociación de estafadores. Como es natural, esto tiene la ventaja añadida de que permite crear una nueva policía leal al presidente, pero, si consigue que los agentes dejen de tender la mano para recibir sobornos y los despliega con eficacia contra el crimen y el narcotráfico y para impedir que sigan en aumento, los peruanos se lo agradecerán. Mantengamos nuestros dedos cruzados por el país.

Ahora, juntemos las manos para aplaudir a Somalia, seguramente el lugar más triste de la tierra, devastado por combatientes islamistas, bandoleros y una hambruna espantosa. La semana pasada, los residentes en Mogadiscio se reunieron en un estadio de fútbol y celebraron lo que The New York Times llamó “una de las mayores concentraciones en años”. ¿Para pedir donativos? ¿Para exigir recortes fiscales? No, para protestar contra Al Shabab, el grupo guerrillero y seguidor de Al Qaeda que aterroriza Somalia desde hace años.

Evidentemente, Somalia no es ningún modelo dentro del África poscolonial, pero no es frecuente que la gente llene un estadio de fútbol para protestar contra unos malhechores armados. Ahora que lo pienso, no aplaudan. Mejor, envíen dinero. Dios sabe que lo necesitan.

Y por último, Myanmar -es decir, Birmania-, un hermoso país que lleva la mayor parte de los últimos 50 años oprimido por una de las juntas militares más excéntricas y horribles que existen. Yo recorrí sus bellezas hace 25 años, y nunca me he desprendido por completo del recuerdo de un estudiante birmano que nos apartó a un lado, en voz baja, para pedir que prestáramos atención al miserable aislamiento de su país. Gracias a él, este visitante comprendió que, con su separación del resto del mundo, Birmania se había convertido en un museo para los turistas, pero en una temible prisión para sus habitantes. Durante décadas, se han reprimido las protestas, se han robado o anulado elecciones y se ha mostrado intransigencia frente a las sanciones de Occidente.

Ahora empieza a haber indicios de deshielo. El régimen militar instaló un nuevo Gobierno parlamentario hace seis meses, ha iniciado conversaciones con la líder de la oposición y premio Nobel Aung San Suu Kyi y, la semana pasada, empezó a dejar en libertad a algunos disidentes. Queda mucho para la democracia, pero es un rayo de esperanza nada habitual en un país sediento de ella.

Gran parte del sur de Europa se encuentra al borde de la bancarrota, la primavera árabe parece estar empezando a agriarse, la propia economía china está desacelerándose, Ucrania está retrocediendo hacia el autoritarismo, Irán está acusado de contratar asesinos en Estados Unidos y la semana pasada nos enteramos de que nuestros aliados afganos se han dedicado a la tortura generalizada de los prisioneros (¿de dónde se habrán sacado esa idea?). La lista de países que se comportan mal es infinita.

Así pues, les dejo que vuelvan a su pesimismo habitual. Pero desde aquí digo a Eslovaquia, Liberia, Perú, Somalia, Myanmar: ¡Gracias! ¡Seguid así!

Bill Keller es exdirector del diario The New York Times

Publicado en elpais.com

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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