Martes 27 de Septiembre del 2016
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Wall Street pierde su inmunidad


Que un organismo se queje no es de por sí buena noticia. Sin embargo, que Wall Street se incomode ante la situación actual no termina de desagradarnos. En Positivo se hace eco hoy de una opinión de Paul Krugman que afirma que la ciudadanía está indignada y sus voces, por fin, se están haciendo oír

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A medida que el movimiento Ocupad Wall Street sigue creciendo, la respuesta de los objetivos del movimiento ha cambiado gradualmente: la displicencia despectiva ha sido sustituida por la queja. (Un lector de mi blog propone que empecemos a llamar a nuestra clase dirigente la “quejicocracia”). Los actuales señores de las finanzas observan a los manifestantes y preguntan: ¿no entienden lo que hemos hecho por la economía de EE UU?

La respuesta es: sí, muchos de los manifestantes sí que entienden lo que Wall Street y, de manera más general, la élite económica del país han hecho por nosotros. Y es por eso por lo que protestan.

El pasado sábado, The New York Times informaba sobre lo que la gente del sector financiero dice en privado de las protestas. Mi cita favorita proviene de un gestor económico sin nombre que declaraba: “Los servicios financieros son una de las últimas cosas que hacemos en este país y que hacemos bien. Aprovechémosla”.

Esto es sumamente injusto para los trabajadores estadounidenses, que son buenos en muchas cosas y podrían ser aún mejores si hiciésemos inversiones apropiadas en educación e infraestructuras. Pero considerando que Estados Unidos se ha quedado rezagado en todo excepto en los servicios financieros, ¿no deberíamos preguntarnos por qué y si es una tendencia que queremos mantener?

Porque la financialización de Estados Unidos no ha estado dictada por la mano invisible del mercado. Lo que hizo que el sector financiero creciese mucho más deprisa que el resto de la economía a partir de 1980 aproximadamente fue una serie de decisiones políticas conscientes, en especial un proceso de liberalización que se prolongó hasta justo antes de la crisis de 2008.

No es una coincidencia que la época del sector financiero en constante crecimiento fuese también una época de crecimiento constante de la desigualdad en los ingresos y la riqueza. Wall Street realizó una gran contribución directa a la polarización económica, porque el vertiginoso aumento de los ingresos de las empresas financieras constituía una fracción considerable de la parte creciente del 1% superior (y del 0,1% superior, que representa la mayor parte de las ganancias del 1% superior) de los ingresos del país. A grandes rasgos, las mismas fuerzas políticas que impulsaron la liberalización financiera fomentaron la desigualdad generalizada de diversas maneras: minando la organización sindical, librándose de la “restricción de la indignación” que antes limitaba las nóminas de los ejecutivos, etcétera.

Ah, y los impuestos de los ricos se redujeron drásticamente, por supuesto.

Se suponía que todo esto estaba justificado por los resultados: las nóminas de los magos de Wall Street eran apropiadas, nos decían, por las cosas maravillosas que hacían. Sin embargo, por alguna razón esas maravillas no lograban impregnar al resto del país (y esto era así incluso antes de la crisis). Los ingresos familiares medios, ajustados respecto a la inflación, solo crecieron alrededor de un quinto entre 1980 y 2007, tal como sucedió en la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial, aun cuando la economía de la posguerra estuvo marcada por una estricta regulación financiera y por unos tipos de interés para los ricos mucho más altos que todo lo que actualmente se baraja en el debate político.

Luego llegó la crisis, que demostró que todas esas afirmaciones sobre el modo en que las finanzas modernas habían reducido el riesgo y hecho el sistema más estable eran un completo sinsentido. Los rescates gubernamentales fueron los que nos salvaron de una debacle económica tan mala o peor que la que dio lugar a la Gran Depresión.

¿Y qué hay de la situación actual? Las nóminas de Wall Street se han recuperado aun cuando los trabajadores corrientes siguen padeciendo el elevado paro y la reducción de los salarios reales. Pero es más difícil que nunca vislumbrar lo que están haciendo los financieros para ganarse ese dinero, si es que están haciendo algo.

¿Por qué, entonces, Wall Street espera que alguien se tome en serio sus quejas? Ese gestor económico que afirmaba que las finanzas son lo único que Estados Unidos hace bien también se quejaba de que los dos senadores demócratas de Nueva York no estén de su parte, y declaraba: “Tienen que comprender quién es su electorado”. En realidad, seguramente saben muy bien quién es su electorado (y hasta en Nueva York, 16 de cada 17 trabajadores pertenecen a sectores distintos del financiero).

Pero él no hablaba realmente de votantes, claro está. Hablaba de la única cosa que Wall Street sigue poseyendo en abundancia gracias a esos rescates, a pesar de su absoluta falta de credibilidad: el dinero.

El dinero habla en la política estadounidense, y lo que el dinero del sector financiero ha estado diciendo últimamente es que castigará a cualquier político que se atreva a criticar el comportamiento de ese sector, por muy delicadamente que lo haga (como ha quedado demostrado por la forma en que el dinero de Wall Street ha abandonado ahora al presidente Barack Obama a favor de Mitt Romney). Y esto explica la sorpresa del sector ante los últimos acontecimientos.

Ya ven, hasta hace unas pocas semanas era como si Wall Street hubiese conseguido sobornar e intimidar a nuestro sistema político para que olvidase toda esa historia de que se embolsaba unas suculentas nóminas mientras destruía la economía mundial. Entonces, de repente, algunas personas insistieron en volver a sacar a colación el asunto.

Y millones de estadounidenses se han hecho eco de su indignación. No es de extrañar que Wall Street se queje.

 

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel 2008.

Fuente: New York Times Service 2011

 

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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