Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Tenemos que declarar nuestra independencia de Wall Street


El camino a la verdadera prosperidad

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Como muchos otros estadounidenses blancos de clase media de mi edad, crecí pensando que nuestro potente mercado económico y las instituciones políticas democráticas nos hacían la mejor nación, la más próspera en el mundo. Los EE.UU. de mi juventud fueron el producto de un poderoso contrato social que decía que estábamos todos juntos en eso, al menos todos los blancos, y que cada esfuerzo, por pequeño que fuera, era necesario y nos hacía, en conjunto, los mejores. Ese contrato hizo de los EE.UU. la envidia del mundo. Con el movimiento de los derechos civiles, muchos de nosotros tuvimos la esperanza de que ese contrato pudiera extenderse de verdad a todo el mundo.

Entonces Wall Street se volvió codicioso, abandonó el contrato y creó una sociedad egoísta y desigual, controlada por una oligarquía dedicada al cultivo de sus activos financieros personales. Al contrario de lo que la propaganda de la Bolsa de Valores de Nueva York nos ha querido hacer creer, Wall Street es un asesino de empleos, no un creador de empleos. Prospera hundiendo los salarios, eliminando y externalizando empleos norteamericanos y obteniendo tasas de interés usureras de ciudadanos que se ven obligados a pedir préstamos para llevar comida a su hogares o mantener un estilo de vida de clase media. El resultado es un país decadente y sin trabajo.

Wall Street ondea la bandera de los EE.UU. cuando le conviene. Se relaciona con este país como un auténtico extraño, más o menos como los británicos antes de la Revolución Norteamericana. Exenciones tributarias y las desregularizaciones de Wall Street no harán sino reforzar su rol de invasor y destruir más empleos de los que en realidad crea. Un programa efectivo de empleo incrementaría los impuestos sobre las empresas de Wall Street y los multimillonarios y establecería regulaciones restrictivas sobre sus prácticas destructivas.

Los ciudadanos somos los auténticos creadores de empleo. Nosotros reconstruimos la capacidad productiva de los Estados Unidos a través de programas e instituciones que apoyan la inversión en los negocios locales, en las granjas y en las infraestructura de personas que tienen interés en ser ciudadanos responsables en sus comunidades. Estos programas e instituciones cuentan con una financiación adecuada, al menos en parte, al utilizar la riqueza financiera obtenida mediante engaños y diversas formas de manipulación financiera improductiva por parte de corporaciones de Wall Street y multimillonarios.

Para construir unos Estados Unidos del siglo XXI que resulten más prósperos, debemos declarar nuestra independencia de Wall Street y construir una Nueva Economía adaptada a las realidades de un planeta finito e interconectado con el mundo del siglo XXI.

Las estructura institucional subyacente de esta Nueva Economía deberá buscar oportunidades de negocio positivas, como las empresas locales, que levantaron la clase media estadounidense, la que hizo a los Estados Unidos alzarse como líder mundial en el campo de la industria y de la tecnología, la llevó a cabo el sueño americano de millones de ciudadanos en este país. Esta economía fue el producto de unas leyes que se pusieron en marcha en respuesta a la Gran Depresión de los años 30, con el objetivo de limitar el poder de Wall Street y hacerla democráticamente responsable de las necesidades e intereses de los ciudadanos.

El desplazamiento del poder político y económico de una economía depredadora, como la de Wall Street, hacia una economía generativa, como la de las empresas locales, es el eje central de la mayoría de las iniciativas que documento o recomiendo en mi libro “Agenda para una Nueva Economía” y esta serie de blogs (http://www.yesmagazine.org/blogs/david-korten/agenda-for-a-new-economy).

La economía de los Estados Unidos en el nuevo siglo XXI será capaz de:

  • Hallar un equilibrio entre el consumo material del país y los recursos naturales.

  • Asegurar a todos los estadounidenses, independientemente de su raza o género, la oportunidad de disfrutar de una vida digna.

  • Atreverse a dar un nuevo paso hacia una verdadera democracia, creando una nación de ciudadanos que tengan una gran responsabilidad en la salud y viabilidad de sus nuevas comunidades locales y su medioambiente.

Los humanos somos una especie de grandes posibilidades. Wall Street ha demostrado nuestra capacidad para crear una cultura de instituciones que explotan, celebran y premian las patologías de nuestros instintos más básicos que desembocan en un individualismo despiadado, la avaricia y la violencia. Sin embargo, somos capaces, si queremos, de crear una cultura de instituciones que cultiven, celebren y recompensen las capacidades de un orden superior, como la creatividad, la solidaridad y la cooperación que son las que, al fin y al cabo, distinguen al ser humano del resto de los animales.

Podemos evolucionar de un sistema económico volcado a perfeccionar nuestras habilidades hacia la violencia, la competición y la exclusión, a uno destinado a perfeccionar nuestras capacidad de solidaridad y cooperación inclusiva. Podemos dejar atrás las instituciones económicas que agotan las reservas no renovables de energía fósil de la Tierra y que se oponen a su desarrollo sostenible, intentando dominarla y destruir su biosfera en el intento, y evolucionar hacia un sistema institucional que trabaje de forma conjunta con la extraordinaria capacidad regenerativa de nuestro planeta y su excelente sistema de auto-organización.

Habiendo sido testigo de la devastación causada por la Vieja Economía, mi mayor fuente de tristeza proviene de la conciencia de la profunda brecha entre la realidad humana y la posibilidades que estamos desaprovechando.

Mi mayor fuente de alegría y esperanza es el hecho de saber de lo que es capaz el ser humano.

Mi mayor fuente de motivación es saber que está dentro de nuestras posibilidades colectivas liberar el potencial creativo del conocimiento humano positivo hacer realidad esa visión.

Tenemos el privilegio de vivir el momento más emocionante de oportunidades creativas de toda la historia de la humanidad. Ahora es el momento. Tenemos el poder de cambiar el mundo para nuestro bien y el de nuestros hijos. Nosotros somos lo que hemos estado esperando.

 

David Korten

Economista americano, profesor de la Universidad de Harvard e importante activista político. Es autor de los libros “Agenda por una Nueva Economía”, “El Gran Cambio: del Imperio a la Comunidad de la Tierra” y el bestseller internacional “Cuando las transnacionales gobiernan el mundo”

Publicado en yesmagazine.org

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

4 comentarios

  1. Paula Responder

    Muy weno, pero … y ese tinte racista?

  2. Ned Responder

    Paula, ¿dónde ves el tinte racista?

  3. Jose Benedito Tavares Responder

    Exelente articulo, és para meditar e repensar nuestra manera de vivir!!!

  4. Adolfo León Camacho Caicedo Responder

    Totalmente de acuerdo con la necesidad de cambiar el manejo económico para involucrar a todos los ciudadanos de un país hacia los conceptos de bien común, equidad, solidaridad, cooperación y compasión.. Solo dudo de que se logre rápidamente, si no despertamos conciencia en esos mismos ciudadanos para que accedan a las áreas de poder que permitan modificar la normativa y valores vigentes, dejando la indiferencia y participando en foros, mesas redondas, talleres, seminarios, congresos, etc.

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