Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Los saqueos diurnos se encuentran con los saqueos nocturnos


Respuestas al saqueo mundial


He oído comparaciones entre los disturbios de Londres y los disturbios de otras ciudades europeas -las ventana rotas en Atenas o en las hogueras de coches en París. Y se pueden establecer paralelismos, sin duda: una chispa encendida por la violencia policial, una generación que se siente olvidada.

En todos estos acontecimientos la destrucción está en primer plano; el saqueo queda en segundo lugar. Hemos conocido saqueos masivos en los últimos años, y tal vez habría que hablar de ellos.

Por ejemplo, el de Bagdad tras la invasión de los EE.UU., con un frenesí de incendios y saqueos que vació bibliotecas y museos. También las fábricas. En 2004 visité una de frigoríficos. Sus trabajadores se llevaron todo lo que había de valor, y después provocaron un incendio tan intenso que el almacén parecía una escultura de metal retorcido.

En aquel entonces la gente que veía las noticias por cable pensaba que el saqueo era muy político. Dijeron que esto es lo que sucede cuando un régimen no tiene ninguna legitimidad a los ojos de la ciudadanía. Después de ver durante tanto tiempo que Saddam y sus hijos se apoderaban de lo que fuera y de todo lo que querían, muchos iraquíes sentían que se habían ganado el derecho a apropiarse de unas pocas cosas para ellos mismos. Pero Londres no es Bagdad, y el primer ministro británico, David Cameron, no es Saddam, así que seguramente no hay nada que aprender de eso.

¿Qué tal un ejemplo democrático, entonces? Argentina, alrededor del año 2001. La economía estaba en caída libre y miles de personas que viven en vecindarios difíciles (y que habían sido próspera zonas industriales antes de la era neoliberal) irrumpieron en las grandes superficies de propiedad extranjera.

Salieron empujando carritos de la compra llenos de los bienes que ya no podían pagar -ropa, electrónica, carne. El gobierno decretó un “estado de sitio” para restaurar el orden, pero a los argentinos no les gustó, y derrocaron al gobierno.

El saqueo de masas de Argentina se llamó así mismo: El Saqueo. Este sí era políticamente importante, ya que se trataba de la misma palabra utilizada para describir lo que las élites de ese país habían hecho vendiendo los bienes nacionales en privatizaciones acompañadas por una flagrante corrupción y ocultando su dinero en los paraísos fiscales para luego pasar la factura a la gente con un brutal paquete de austeridad. Los argentinos entendieron que el saqueo de los centros comerciales no hubiera sido posible sin el saqueo más grande del país por parte de los gángsters que eran los auténticos responsables.

Pero Inglaterra no es América Latina, y sus disturbios no son de carácter político, por lo que estamos escuchando. Son sólo muchachos fuera de la ley que se aprovechan de la situación para tomar lo que no es suyo. Y la sociedad británica, Cameron nos dice, detesta ese tipo de comportamiento.

Lo dice con toda seriedad. Como si los rescates bancarios masivos nunca hubieran sucedido, seguidos por los desafiantes bonos a los altos directivos. Seguidos por las reuniones de emergencia del G-8 y G-20, cuando los dirigentes decidieron, en conjunto, no hacer nada para castigar a los banqueros, ni de hacer nada serio para evitar que se repita una crisis similar. En su lugar, todos se irían a casa, a sus respectivos países, y obligarían a cargar con los sacrificios a los más vulnerables, que se traducirán en el despido de trabajadores del sector público, tomando al personal de enseñanza como chivos expiatorios, cerrando bibliotecas, subiendo el precio de las matrículas, haciendo retroceder la negociación colectiva de los sindicatos, decretando nuevas privatizaciones de bienes públicos y disminuyendo las pensiones … . ¿Y quién pontifica en la televisión sobre la necesidad de renunciar a esos “derechos”? Los banqueros y gestores de fondos de cobertura, por supuesto.

Este es el Saqueo mundial, el tiempo de los grandes robos. Alimentado por un sentimiento patológico a poseer, este saqueo se ha cometido con las luces encendidas, como si no hubiera nada que ocultar.

Sin embargo, no todos los temores han desaparecido. A principios de julio, el Wall Street Journal, citando una encuesta reciente, informó que el 94 por ciento de los millonarios tienen miedo a “la violencia en las calles.” Al parecer, es un miedo razonable.Por supuesto que los disturbios de Londres no eran una protesta política. Pero la gente que comete un robo nocturno saben con toda seguridad que sus élites han estado cometiendo robos durante el día. Los saqueos son contagiosos.Los conservadores tienen razón cuando dicen que los disturbios no tienen nada que ver con los recortes. Pero tienen mucho que ver con lo que los recortes representan y que marginan a tanta y tanta gente, que queda presa en una subclase a la que se le han cerrado las pocas rutas de escape que previamente existían: un trabajo sindicado, acceso a una buena educación. Los recortes son un mensaje. Dicen a todos los sectores de la sociedad que se queden quietos dónde están, del mismo modo que obligan a inmigrantes y refugiados a alejarse de nuestras fronteras cada vez más fortificadas.

La respuesta de David Cameron es literal: deshaucios de viviendas públicas, amenazas con cortar los instrumentos de comunicación y las condiciones indignantes de las cárceles (cinco meses para una mujer por aceptar un par de pantalones cortos robados). El mensaje vuelve a ser enviado: desapararezcan, y háganlo en silencio.

En la “cumbre de la austeridad” del G-20 del año pasado en Toronto, las protestas se convirtieron en disturbios y se quemaron algunos coches de la policía. Nada que ver con lo que llegaría a ser Londres en el 2011, pero aún así los canadienses nos quedamos muy sorprendidos. La gran controversia fue que el gobierno se había gastado $ 675 millones en la cumbre en “seguridad” (y sin embargo, no parecía capaz de apagar esos incendios). En ese momento, muchos de nosotros hablamos del nuevo arsenal que la policía había adquirido: cañones de agua, cañones de sonido, gases lacrimógenos y balas de goma. Pero no iban a usarse sólo con los manifestantes en las calles. Su uso a largo plazo sería para disciplinar a los pobres, que en la nueva era de austeridad tenían peligrosamente poco que perder.

En este punto David Cameron se equivocó: no se pueden recortar los presupuestos de la policía cuando se hacen recortes en todo lo demás. Porque cuando se roba a la gente lo poco que tiene para proteger los intereses de los que tienen más de lo que nadie se merece, cabe esperar resistencias –ya sea con protestas organizadas, ya sea con saqueos espontáneos.Y eso no es política. Es física…

 

Publicado en The Nation

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