Martes 27 de Septiembre del 2016
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Se abren nuevos modelos de consumo


Economía más allá del dinero.
Mercados de intercambio y bienes compartidos abren nuevos modelos de consumo.
Compartir, reparar, rehabilitar o sortear intermediarios demuestran la pujanza de formas de economía en las que no todo es dinero y beneficios.

Cuando tengo necesidad de obtener algo, antes de llevarme las manos a la cartera envío un mensaje a la lista de correo electrónico porque sé que allí siempre habrá alguien que me dará una respuesta. Necesitaba una raqueta para que el niño fuera a jugar a tenis, envié el mensaje por internet y varias personas me la ofrecieron enseguida gratis”. Así se expresa una joven madre al dar cuenta de su experiencia en la red Xaingra, de Gràcia (Barcelona). De hecho, tanto los mercados de intercambios como las viviendas compartidas por jóvenes o la compra de productos agroecológicos al payés sin intermediarios demuestran la pujanza de formas de economía en las que no todo es dinero y beneficios. Compartir, reparar, rehabilitar o sortear intermediarios cotizan al alza… al menos en épocas de crisis.

Entre las iniciativas de economía sin dinero que han surgido en Catalunya destaca el mercado de intercambio de bienes de la plaza de la Virreina, en Gràcia (Barcelona), en donde es posible el trueque de casi todo una vez al trimestre. Este mercado se complementa con la red de intercambio por internet Xaingra de Gràcia, que permite cruzar las necesidades de las 1.500 personas que están en su lista de correo.

El sistema económico no nos ha educado para compartir, pero es imposible crecer indefinidamente en un mundo finito. Es falso el dilema de crecer, devastando el planeta, o bien que la economía se hunde.

Una economía basada en la devastación de la Tierra y la explotación de unos sobre otros es insensata. Preferimos crear e imaginar otros modelos socioeconómicos”, indica Dídac Costa, uno de los promotores de la Ecoxarxa del Montseny, un mercado de intercambio que se celebra una vez al trimestre en La Costa del Montseny. En este caso, el intercambio incluye una moneda local, el ecoseny, que circula en las ferias de trueque. Costa pertenece a esa generación de jóvenes sobradamente preparados (sociólogo, cinco idiomas) críticos con una sociedad que bloquea el acceso al mundo laboral a los jóvenes (“o te condena a cobrar menos de 900 euros, cuando el alquiler cuesta 1.000″) que rehuyó a tiempo la tentación de hipotecarse y que ha convertido su precaria economía en menos precaria a fuerza de compartir cosas. Ahora se ha involucrado en un proyecto de rehabilitación de una vieja colonia industrial abandonada en el Anoia, en donde convivirán varias decenas de jóvenes más.

Claudio Cattaneo, un joven economista ecologista, decidió hace diez años irse a vivir a una masía en la sierra de Collserola en Barcelona. Allí vive en un grupo de la buena vida formado por una veintena de personas más, con las que comparte los gastos (comida, mantenimiento de la casa, huerto..), de manera que el grueso de su economía “no es monetaria”, aunque completa los ingresos con algunas clases en la universidad. “Mucha gente se ve abocada a este estilo de vida porque cada vez es más difícil vivir en las ciudades y vivir dependiendo de encontrar un trabajo o una casa. Es una opción que puede ser consecuencia de una obligación. Pero, una vez que entras en un grupo y ves cómo funciona, se abren grandes posibilidades de relación e intercambio”.

La necesidad de tener viviendas a precio asequible explica el nacimiento de Sostre Cívic, una cooperativa que promueve casas o pisos donde los ocupantes adquieren un derecho de uso a cambio de una pequeña cuota, aunque la propiedad sigue siendo de la cooperativa. Su primer proyecto puede ser la rehabilitación de un viejo inmueble residencial en El Figaró (Vallès Oriental). Raül Robert, su presidente, indica que Sostre Cívic persigue también que los bancos y promotores (que tienen centenares de pisos sin expectativas de ser vendidos por la crisis) los cedan temporalmente, para ser alquilados a precios módicos, o que los vendan con condiciones de financiación muy favorables. Sostre Cívic quiere que la futuras normativas ayuden a hacer despegar este modelo para acabar con un viejo sistema de ayudas públicas (a las viviendas de protección oficial) que no ha revertido a la sociedad, y que “no ha creado un stock de viviendas asequibles”.

Estas experiencias pueden ser interpretadas como una respuesta de la ciudadanía frente a la crisis y una búsqueda de nuevas maneras de vivir independientemente del mercado.

Pero “también podemos considerar que todo esto se inserta en corrientes que entroncan con prácticas de vida en comunidad que se remontan a los años sesenta y setenta, sobre todo en Alemania, y en las que se preconizaba un modo de vida regida por principios ecologistas”, dice Joan Martínez Alier, profesor de Economía de la UAB.

Martínez Alier estima que en los últimos años se han asentado nuevos valores sociales. Ha crecido la convicción de que los recursos naturales son limitados, hay una crisis climática y estamos ante “el pico del petróleo que anunció ya el geólogo Hubbert en 1950″, por lo que “el coste energético de la energía está aumentando”. Todo eso hace que cobre importancia la conciencia de que existen límites ecológicos o de consumo. ¿Desciende el número de coches porque la gente no tiene dinero o porque se pone de moda no tenerlo?, se interroga Martínez Alier.

Muchas de estas iniciativas responden a la libre voluntad de las personas, que se sienten más cómodas en un ambiente de cooperación. “A fin de cuentas, como especie, hemos evolucionado gracias a la cooperación, que ha sido una de la bases de nuestra prosperidad”, dice Beatriz Rodríguez-Labajos, economista de la UAB. “Pero también es verdad que hay quien quiere participar en los beneficios del sistema y este lo rechaza.

Seguramente, lo que vemos es una combinación de las dos situaciones”, cree. Tal vez a muchos de estos jóvenes (expresión vital y organizada del 15-M) les iría bien el crecimiento para tener un trabajo remunerado, pero los indignados no creen en esa solución, dice Martínez Alier.

Productos de la huerta sin intermediarios
Los grupos de consumidores que compran productos agroecológicos al payés sin intermediarios han formado un mercado floreciente. Románticos, activistas o sibaritas, a fin de cuentas quieren recuperar los aromas y sabores que la comercialización en masa ha echado al traste. Pero sobre todo, rehuyendo los circuitos de comercialización para tener alimentos de más calidad, más proximidad y de temporada.
Miquel Vallmitjana, de la cooperativa Germinal en Rubí, elogia las ventajas de comprar sin intermediarios. Miembro de la oenegé So de Pau (de cooperación), un día acudió a una jornada informativa sobre soberanía alimentaria, y decidió que dejaría de ser un consumidor pasivo. “Nuestros productos son más sanos que los tradicionales porque no tienen restos de insecticidas”, dice convencido.
Este modelo de clientes preocupados implica una actitud más activa; muchas veces se organizan en cooperativas, que exigen una alta implicación a los socios a la hora de tomar decisiones y controlar las compras, pues se busca modificar un mercado regido por una competitividad que margina al usuario y pilotada por unas pocas multinacionales que tienen toda la seguridad alimentaria en sus manos, dice Vallmitjana. Por eso, más allá de la etiqueta de producto ecológico (que prescinde de insecticidas o plaguicidas), se busca también sortear los circuitos tradicionales y retornar a variedades vegetales orilladas por el monocultivo y la comercialización en masa.
Catalunya tenía en el 2001 menos de 20 grupos agroecológicos, mientras que ahora son ya 130, según Guillem Tendero, coordinador de la Aliança per la Soberania Alimentària de Catalunya. El éxito les ha obligado en algunos casos a contratar gerentes (hay miedo a que les den gato por liebre) mientras crece las listas de espera, la antesala de nuevos grupos (se crean dos al año). Mientras tanto, el foro La Repera mantiene la relación entre consumidores y productores para que no se pierdan las esencias.

El trueque busca su segunda edad de oro.
El mercado de intercambio de Mieres (Garrotxa), que se celebra una vez al año, se ha convertido en una referencia, pero en Catalunya hay al menos una docena de mercados más de este tipo. Estos mercados tienen orígenes muy antiguos. Sin embargo, con el paso del tiempo han ido languideciendo y desapareciendo (dando paso en última instancia a los mercados tradicionales de segunda mano). La preponderancia de los objetos de usar y tirar, que acaban prematuramente en la basura, ha hecho que se haya perdido el hábito de reutilizar las cosas, con lo que se dispara la producción de basura. Pero muchos municipios están empezando a recuperar esta tradición por todas estas razones. Entre los mercados importantes están el de Gràcia (plaza Virreina) o el de la Xarxa d´Intercanvi del Montseny, aunque son populares los de Sant Joan Despí o Cornellà, en primavera. El Àrea Metropolitana abrirá uno en otoño en Sant Antoni (Sepúlveda, 47).

Antonio Cerillo.
Fuente: La Vanguardia

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