Martes 27 de Septiembre del 2016
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Ser optimista está relacionado con una vida más longeva y feliz


Optimistas por naturaleza.
Mantiene nuestras mentes relajadas, sin estrés, mejora la salud física y nuestro estado de humor. La esperanza en que aquello que está por venir es mejor que lo presente nos impulsa a luchar por lo que deseamos, pero también nos puede acarrear problemas.

La mayoría de seres humanos solemos ver el vaso medio lleno. Si imaginamos cómo será nuestra vida dentro de unos años, fantaseamos con haber ascendido en el trabajo, con una mejor casa, haber encontrado a nuestra media naranja, quizás tener un hijo o hacer un gran viaje. En nuestra mente, estamos convencidos de que el futuro, nuestro futuro, va a ser sin duda mucho mejor que el pasado y que el presente. Es la naturaleza humana: somos seres optimistas. Tanto da la edad, la cultura o las condiciones socioeconómicas, tendemos al optimismo la mayor parte del tiempo. Es más, solemos exagerar nuestros talentos y sentimos que estamos por encima de la media; si nos preguntan, somos excelentes conductores, mucho mejores que la mayoría; también estamos convencidos de que llegaremos a los noventa y tantos o a los cien, después de una vida completa y feliz.

En cambio, subestimamos nuestras probabilidades de padecer una enfermedad o de sufrir una desgracia. Aunque las estadísticas dicen que una de cada cuatro personas desarrollará un cáncer, ni se nos pasa por la cabeza que podamos formar parte de ese 25%. Tampoco que vayamos a divorciarnos, a pesar de que tenemos un 50% de posibilidades, ni que vayamos a sufrir un infarto ni que pasaremos a engrosar la lista de parados.

Incluso en una situación como la actual, de crisis y de pesimismo colectivo, en la que las expectativas laborales y económicas no son demasiado halagüeñas, en la que cada día a través de los medios de comunicación recibimos noticias nada positivas acerca de la situación de nuestro país y del mundo, nuestro optimismo personal se mantiene intacto.Y si no, hagan la prueba: piensen por un instanteen cómo estarán ustedes dentro de cinco años.¿Qué ven? ¿Se imaginan su vida peor o algo mejor que hoy?

Solemos pensar que somos seres racionales, que valoramos cada situación, los pros y los contras, para tomar nuestras decisiones. Que somos realistas y que soñamos lo justo y necesario. Y sin embargo, lo cierto es que somos sumamente optimistas y tocamos poco con los pies en el suelo.

De hecho, ocho de cada 10 personas son muy optimistas; sólo un 20% no lo es, predice de forma razonable el futuro y… ¡tiende a estar deprimida!

Fe en el futuro Que presentemos ese sesgo optimista es bueno y es malo. Es bueno porque “el optimismo nos inspira, nos empuja a seguir adelante. Seguramente, sin esa fe en el futuro nuestros ancestros jamás se hubieran aventurado a salir de las cavernas o a abandonar sus tribus en busca de cosas mejores”, señala Tali Sharot, neurocientífica, y una de las personas que más ha investigado sobre el optimismo. Sharot es autora del libro The optimism bias (El sesgo del optimismo).

Tener tantas esperanzas nos hace capaces de imaginar realidades alternativas mejores y solemos creer que podemos conseguirlas, por lo que luchamos y tratamos de alcanzarlas.

Y en ocasiones… ¡lo logramos! Por lo tanto, nos acerca de alguna manera a nuestros sueños. Además, el optimismo mantiene a nuestras mentes a gustito, rebaja el estrés, mejora nuestra salud física y nuestro estado de humor. En definitiva, nos conduce a un mayor bienestar.

Los optimistas se recuperan antes de la enfermedad y, en general, suelen ser más longevos. Tienden a ganar más dinero y a trabajar más, piensan que tienen pocas probabilidades de divorciarse y tienden a casarse más que los pesimistas y a casarse, también, por segunda vez más que ellos. Tampoco creen que se vayan a poner enfermos ni que nada malo les vaya a ocurrir. Por lo que, en general, viven más felices.

No obstante, ser tan optimistas y dejar de tener los pies en el suelo también puede pasarnos factura. Asumir presunciones demasiado positivas como ciertas y subestimar los riesgos que eso conlleva puede conducirnos a errores desastrosos. Por ejemplo, si desestimamos que podamos padecer problemas de corazón o un cáncer, puede que no pasemos revisiones médicas cada año o que no nos cuidemos tomando dietas bajas en grasas o practicando ejercicio. Y que cuando nos demos cuenta, ya sea demasiado tarde. En algunos casos minoritarios, “el sesgo puede conducir incluso a un desastre global”, asegura la investigadora Sharot, que pone como ejemplo la crisis financiera del 2008. “Cada inversor, banquero o regulador económico esperaba beneficios un poco mejores de los que estaban garantizados de forma realista. De forma individual, el sesgo optimista no debería haber comportado grandes pérdidas, pero cuando se combina con otros produce una burbuja financiera gigante que ha provocado en el mercado todo lo que hemos visto”, añade.

Pero, ¿por qué somos tan empecinadamente optimistas? ¿Por qué nos empeñamos en ver sólo el lado bueno de las cosas, a pesar de que la realidad nos diga todo lo contrario? Pues, seguramente, responde la neurociencia, porque tiene que ser así; porque a lo largo de la evolución, el optimismo ha sido y es, seguramente, nuestro bote salvavidas.

¿Medio lleno o medio vacío? Durante tiempo, ese sesgo optimista que compartimos todos los seres humanos llevó de cabeza a los científicos, que se encontraban totalmente desconcertados. Que fuéramos tan ilusos no parecía tener sentido e incluso en algunos casos jugaba en nuestra contra. Sabían que debía desempeñar un papel importante, puesto que estaba relacionado con la salud mental y física, mientras que el pesimismo se vinculaba a la severidad de los síntomas en la depresión. Pero por más que buscaban, no encontraban una explicación para esa tendencia a ver siempre el lado positivo.

Hasta que, gracias al avance de la tecnología –en concreto de las técnicas de imagen cerebral, que permiten monitorizar la actividad de nuestras neuronas– empezaron a encontrar respuestas.

En los últimos años, numerosas investigaciones han conseguido reunir evidencia científica que señala que estamos programados para ser optimistas.

De hecho, han visto que cuando pensamos en el futuro, nuestras neuronas codifican de forma eficiente toda aquella información positiva y, por el contrario, desechan la negativa. Así, si leemos en las noticias que aumentará el paro no pensamos en que vayamos a perder nuestro empleo, mientras que si nos cuentan una historia de éxito como la de Mark Zuckerberg, un estudiante de Harvard inventor de Facebook, fantaseamos con que algo parecido pueda ocurrirnos a nosotros.

La neurocientífica Elizabeth Phelps, del departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York, estaba intrigada por este comportamiento un tanto iluso del que es el órgano rey. Y junto a Tali Sharot, entonces una estudiante posdoctoral, decidió llevar a cabo una serie de experimentos para entender un poco mejor el sesgo optimista. Pidieron a un grupo de voluntarios que imaginaran posibles futuros, como por ejemplo el final de una relación amorosa o que ganaban un premio. Y emplearon técnicas de resonancia magnética para examinar qué ocurría en sus cerebros mientras recreaban esos escenarios.

Phelps y Sharot vieron que cuando pensaban en hechos positivos se activaba la corteza cingulada anterior y la amígdala, dos áreas cerebrales estrechamente relacionadas con el procesamiento de las emociones. Estas regiones eran muy activas en las personas sumamente optimistas. La corteza cingulada, en las personas sanas, se encarga de regular la información emocional y autobiográfica para generar una visión positiva del futuro. Y la amígdala, por su parte, funciona como un guardia de tráfico, aumentando el flujo de emociones positivas y asociaciones. Cuanto más optimista es una persona, vieron que más actividad se registraba en estas áreas del cerebro, mientras que en los individuos deprimidos, esas regiones cerebrales presentaban problemas de funcionamiento.

Además, este equipo de investigadores se percató de que las personas eran capaces de imaginar con mayor precisión y de forma más vívida un futuro positivo y esperanzador que, en cambio, un escenario negativo. Y no fue ese el único descubrimiento revelador que hicieron.

Regreso al futuro Tras los atentados del 11-S en Nueva York, Tali Sharot comenzó a estudiar los recuerdos que conservaban de aquel trágico día quienes habían vivido el suceso. Once meses más tarde, Sharot volvió a interrogar a aquellas personas sobre lo acaecido y cotejó sus recuerdos con las grabaciones que se tomaron poco después de los atentados. Se dio cuenta de que, a pesar de que las personas estaban convencidas de que sus recuerdos eran fieles a lo sucedido y de que lo recordaban todo de forma detallada, lo cierto es que sólo el 63% de los recuerdos coincidían. El resto no tenía nada que ver; además, la mayoría habían olvidado detalles del evento y en sus crónicas había numerosos errores. Sharot, extrañada, decidió acudir a consultar a colegas neurocientíficos expertos en memoria.

Estos, después de estudiar los casos, achacaron esos errores a nuestro propio sistema para recordar. Tal y como señala Gary Marcus en su libro Kluge. La azarosa construcción de la mente humana (Ed. Ariel, 2010), el sistema neuronal encargado de recordar episodios del pasado, de hecho, no se creó con tal objetivo, aunque se hizo cargo de esa función. La memoria funciona como un gran cofre en el que vamos recolectando y depositando momentos, escenas, personas, palabras, olores, sentimientos. El problema es que el cerebro no lo hace en ningún orden determinado. Las neuronas captan la información pero no la clasifican, sino que la relacionan con un contexto. Nuestro cerebro guarda las cosas utilizando pistas, que son los contextos en los cuales se produjo el recuerdo. El problema viene cuando dos situaciones son similares, ya que la memoria tiende a equivocarse. Las emociones también tienen un papel importante puesto que interfieren en cómo se graban esos recuerdos e incluso pueden distorsionarlos. Pero, además, existía otra teoría acerca de la poca fiabilidad de la memoria. ¿Y si la función de nuestro sistema de recuerdos fuera no sólo recordar el pasado sino también imaginar el futuro y prepararnos para lo que tiene que venir? “¿Y si la memoria no estuviera diseñada para repetir una y otra vez fidedignamente lo que ya ha ocurrido, sino para reconstruir de forma flexible futuros posibles en nuestra mente?”, se preguntó Sharot. Aquella hipótesis parecía tener mucho sentido, porque, de ser así, la memoria sería un proceso de reconstrucción, en el que algunos recuerdos se insertan y otros se borran. Lo que explica por qué los neoyorquinos no recordaban del todo el 11-S.

Para comprobar si esto era realmente así, Sharot llevó a cabo un experimento. Pidió a un grupo de voluntarios que pensaran en hechos pasados y grabó su actividad cerebral; a continuación, les hizo imaginar eventos futuros en sus vidas, como por ejemplo, un viaje en avión; curiosamente, nadie de aquellos voluntarios pensó en turbulencias, ni en accidentes, ni en bebés llorando, ni mucho menos en retrasos ni en cancelaciones. Cuando la gente se imaginaba el futuro, incluso las cosas más normales y corrientes resultaban positivas. Y lo más sorprendente es que para recordar algo pasado y para fantasear acerca del futuro se activaban las mismas áreas cerebrales. “El optimismo empieza con el que seguramente sea uno de los talentos humanos más extraordinarios, que es la capacidad de viajar en el tiempo”, asegura la investigadora Sharot. Si bien no solemos otorgar mucha importancia a la posibilidad de imaginar cosas acerca del futuro y de recrear una escena del pasado una y otra vez, es una capacidad esencial para la supervivencia.

La insoportable levedad del ser Está claro que esa capacidad de poder viajar hacia el futuro nos ha reportado grandes beneficios a lo largo de la historia de la humanidad y que ha garantizado nuestra supervivencia. No obstante, el precio que hemos tenido que pagar es muy alto: somos conscientes de que un día ese viaje se acabará, que nos moriremos. Y esa idea, de no haber sido modulada por el cerebro, seguramente nos habría conducido a la extinción. Quizás el ser conscientes cada segundo de nuestra existencia de la inminencia del desenlace que nos aguarda hubiera afectado a nuestras funciones diarias. Y puede que la única forma con la que dio el cerebro de contrarrestar eso fuera el optimismo irracional. Somos conscientes de que la muerte nos aguarda pero somos capaces de imaginarnos un futuro esperanzador que nos empuja a querer vivirlo. La capacidad de imaginar el futuro se halla en el hipocampo, una estructura cerebral esencial para la memoria. Las personas que tienen daños en el hipocampo son incapaces de recordar el pasado, pero también de recrear escenarios futuros. “Parecen atrapados en el tiempo”, afirma la investigadora Sharot. Curiosamente, ese viaje por el tiempo que hacemos no es arbitrario, sino selectivo. Así, cuando aparece un escenario negativo, el cerebro tiende a pasar de puntillas por él y se centra sólo en cómo evitarlo.

Cambiando la realidad Las expectativas que tenemos sobre un determinado hecho pueden alterar nuestras actuaciones y por tanto, lo que pase en el futuro. No es que nuestro optimismo transforme la realidad, pero sí la forma en que la percibimos y eso puede repercutir en ella. Por ejemplo, puede que nos despidan; si eso ocurre, en lugar de deprimirse y regodearse en cuán fracasado se siente, el optimista lo asume como una forma de encontrar otro trabajo que le satisfaga más, como una oportunidad de cambiar para mejor; reinterpreta las cosas negativas de forma positiva.

En un experimento científico, a un grupo de estudiantes se les pidió que realizaran un test mientras se escaneaba su actividad cerebral. A algunos de ellos se les estimuló diciéndoles que eran muy inteligentes, mientras que a otros, menos afortunados, se les dijeron las palabras estúpido e ignorante. Los que habían sido expuestos a mensajes positivos obtuvieron mejores resultados que aquellos que habían recibido mensajes negativos. Además, ambos grupos respondieron de manera distinta a los errores: los que habían recibido una palabra positiva, al cometer un error el cerebro registraba actividad en la parte media anterior del córtex prefrontal, la región implicada en la autorreflexión y el recuerdo. En cambio, los cerebros de los otros estudiantes no registraban actividad ninguna tras el fallo. Es como si su cerebro, tras los inputs negativos, tirara la toalla y no esperara hacerlo bien. Esa actitud impide que aprenda y mejore, mientras que los optimistas sí lo hacen.

En general, señala el investigador Martin Seligman, al frente del Laboratorio de Psicología Positiva de la Universidad de Pensilvania, los optimistas suelen tener más éxito en la vida que los pesimistas.

Si crees que un contratiempo es permanente, como les ocurre a los pesimistas, ¿intentarás cambiarlo? Las explicaciones pesimistas tienden a hacernos sentir derrotados, por lo que es probable que no llevemos a cabo ninguna acción constructiva. Mientras que las explicaciones optimistas hacen que sea mucho más probable que actúes, porque los contratiempos los consideras temporales. De ahí que en ambos casos, las proyecciones sobre el futuro se conviertan en una profecía que se cumple.

De acuerdo, el optimismo nos ayuda, pero sin control, también nos puede suponer un gravísimo problema. Si somos optimistas por naturaleza, si el 80% de la población del mundo lo es, ¿cómo podemos hacer para beneficiarnos del optimismo y a la vez evitar los tropiezos que comporta? Pues, simplemente, siendo conscientes. “Primero, debemos entender que nuestro cerebro también tiene fallos, pero que eso no es excusa para nuestros actos. Conocer cómo funcionan nuestras neuronas y los errores que tienden a cometer nos puede ayudar a compensarlos o repararlos”, señala Gary Marcus. Se trata, pues, de que estemos en alerta, de que no nos dejemos cegar por la ilusión.

FICHA TÉCNICA
Cuando pensamos en alguien optimista, nos viene a la cabeza el típico soñador, que ve el vaso lleno, que está siempre está en las nubes. No obstante, esa es exactamente el tipo de esperanza menos recomendable, la que nos puede abocar a errores garrafales. “No se trata de pensar que todo es maravilloso, sino de mantener ilusión pero con los pies en la realidad”, afirma Tal Ben-Shahar, profesor de Harvard, quien aconseja que lo mejor es ser un optimista realista, lo que él llama optimalista.

Cristina Saéz
Publicado en: La Vanguardia

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