Martes 27 de Septiembre del 2016
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Jobs, siempre Jobs


Talento y oportunidad.
En su publicitado libro Fueras de serie (Outliers), el periodista Malcolm Gladwell desmenuza la creencia, tan americana, de que el talento lleva de forma casi automática al éxito empresarial. Para tener éxito, razonaba el citado periodista, es necesario el talento, pero también que se presenten las oportunidades y que uno sepa aprovecharlas.

Para demostrar su tesis, Gladwell describía la adolescencia de Bill Gates, fundador de Microsoft y uno de los padres de la revolución high tech del siglo XX.

El escritor “descubre” que la clave del posterior éxito de Gates en el mundo del software hay que buscarla en su acceso a un ordenador en la Universidad de Washington, algo imposible para el resto de adolescentes que, como él, se adentraban en el mundo de la computación. Para cuando Gates cumplió los 20 años, tenía a sus espaldas 10.000 horas de programación. Gente brillante y ambiciosa como Gates había unos cuantos, según Gladwell. Pero ninguno tuvo la suerte, el regalo de que dispuso Gates.

La historia de Steve Jobs, fundador y hasta el jueves primer gestor de Apple (y nacido como el fundador de Microsoft en 1955) bien podría ser el reverso de Gates. Vista su trayectoria profesional y su inacabable capacidad para renovarse, es muy fácil decir que Jobs hubiera triunfado con o sin las oportunidades que se le hubieran podido presentar a lo largo de su vida.

Jobs ha revolucionado el mundo de la high tech, pero su influencia se deja notar en un montón de industrias: de la música a la televisión, del cine al software, de los teléfonos móviles al cloud computing… Es responsable de un montón de patentes y posee un sentido de la innovación difícil de encontrar en otras organizaciones.

Cabe atribuirle a Steve Jobs la paternidad de algunos de los productos de referencia de la cultura contemporánea (el iPod, el iPhone y el iPad), a los que ha sabido dotar, además, de un diseño de una elegancia y simplicidad que ha enviado al basurero de la obsolescencia a otros artefactos surgidos del mundo de la tecnología.

La estrecha asociación entre el personaje y sus productos es difícil de encontrar en otros gestores del capitalismo reciente. Muchos de los clientes de los productos de Apple son algo más que clientes. Son fans, en el sentido de fanáticos. Quieren Apple y no otra cosa. La madrugada del jueves, las redes sociales iban llenas de dolor y lamento por la marcha de Jobs de la primera línea de Apple.

Y también de comparaciones: Jobs sería Leonardo da Vinci (por su incansable capacidad de innovación) o Henry Ford (por cómo habría cambiado el paradigma de la industria tecnológica).

Se puede despreciar tanta idolatría. Pero los primeros que la secundan son los mercados financieros: ayer las acciones de Nokia y Sony –dos de entre las innumerables víctimas del imparable avance de la tecnología de Jobs– celebraron su dimisión con subidas en sus cotizaciones. No importa que la organización que deja esté llena de gente con talento. Sin Jobs, todavía les queda una oportunidad.

Si hay ahora mismo una región del mundo occidental que sigue instalada en la burbuja del aquí-no-pasa-nada, a la que todavía afluye el dinero para proyectos raros, esta es Silicon Valley. Y Silicon Valley es en buena parte como es porque todavía existe un montón de gente que cree en aquello de “Apple fue fundada en 1976 en un garaje de Palo Alto por Steve Jobs y Steve Wozniak…”. Jobs no inventó las start-up, ¿pero qué más puede soñar un joven con ambición y talento sino emular su historia?
Jobs tampoco inventó la nueva economía. Pero se va de Apple cuando la empresa está a punto de convertirse en la primera del mundo por su valor en bolsa, superando en ello a la rica (y vieja) petrolera Exxon.
Jobs, siempre Jobs.

Ramon Aymerich.
Publicado en: La Vanguardia

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