Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Ser emprendedores en plena crisis


Precisamente ahora, con la crisis.
¿Buscar trabajo, presentarse a oposiciones o poner en marcha un proyecto propio? Así debería ser. La realidad es otra: en España vivimos o parados o ‘nominizados’. Nos rendimos al sueldo para toda la vida y no nos la jugamos en aventuras más estimulantes, menos seguras. No emprendemos.

Ahora, la economía obliga y la política anima. ¿Estamos preparados? No. ¿Podemos? Por supuesto. Estas siete historias demuestran que querer es poder.

Diego Mellado abre la puerta del estudio del artista Daniel Canogar descalzo y con el pelo revuelto. La obra en la que está trabajando, Dial M for murder, una celosía de cintas de VHS sobre las que se proyecta esa película (Crimen perfecto, en español), está al fondo. Apagada. Pero enseguida se pone a encender interruptores para que cobre vida. “Es una trilogía cinematográfica sobre los medios físicos del cine que se están quedando obsoletos. Sobre las cintas se proyecta la película de Hitchcock… ¿Ves que hay dos proyectores colgados? La verdad es que no es exactamente Dial M, sino una evolución… Si te fijas bien, puedes distinguir a Grace Kelly…”. Asentimos. Aunque ver, lo que se dice ver, no vemos demasiado. Pero que siga hablando. Tampoco es que abunden las personas que hablen con tanto entusiasmo de su trabajo.

Él es ingeniero de telecomunicaciones. Tiene 27 años. Trabajó durante dos en una pequeña empresa hasta dar el salto a una multinacional, donde estuvo “exactamente 900 días”. Unos tres años. Estaba en el lugar donde quería estar, haciendo aquello que presuntamente le gustaba: diseño de radares. “Pero perdía el interés día a día. Echaba en falta un poco de creatividad”, explica. Necesitaba un cambio.

La revelación tuvo lugar en febrero de 2009, en una exposición de los Premios VIDA de arte y tecnología de Telefónica. “Me di cuenta de que las obras tenían tanta parte de ingeniería como de creatividad. Y salí de allí pensando: ‘Vamos a atiborrarlos a todos a correos”. Dicho y hecho. “A los dos meses, Canogar, uno de esos artistas, tuvo un problema con unas piezas que se le calentaban y me propuso que intentase resolverlo”.

Encontró la solución, y desde entonces el artista le confió la fabricación de esas piezas. Durante varios meses simultaneó su trabajo con ese “servicio técnico”. Hasta que empezó a pensar que quizá ese era el cambio que estaba buscando. “Me daba respeto dejar un trabajo seguro, de ingeniero, que tiene cierto pedigrí social, para lanzarme a la aventura. Pero mi círculo más cercano me apoyó y tampoco tenía ni hipotecas ni hijos”. Es autónomo desde octubre de 2010, y todavía le cuesta definir su nuevo trabajo. “Ingeniero para el arte’, me sugieren, pero sé que suena rimbombante…”, dice encogiéndose de hombros. Para entendernos, presta asistencia técnica a artistas multimedia como el mencionado Daniel Canogar (su principal cliente), Federico Muelas, Daniel Palacios, Eugenio Ampudia y Pablo Valbuena.

Diego es un emprendedor. Según su definición académica: “Persona que arriesga su dinero y prestigio”. Hay otras más libres: “Persona que no encuentra la solución a sus problemas en el BOE”. Una persona que ha apostado por un trabajo más estimulante, menos seguro. Una excepción a la regla. Porque España no es un país de emprendedores. Aunque esta palabra sea repetida hasta la saciedad por los principales candidatos a la presidencia del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy. Ambos hacen apología del emprendimiento. Nos animan a asumir riesgos, a cambiar de mentalidad para aventajar a la crisis. A seguir el ejemplo de estadounidenses, australianos e islandeses, los más emprendedores del planeta. La cuestión es: ¿podemos? Según el informe GEM, que desde 2000 observa la actividad emprendedora en España, seguimos estando por detrás de la media de países de nuestro entorno económico y, cómo no, la crisis ha hecho mella y menos personas han optado por el autoempleo. La tasa disminuye del 5,1% en 2009 al 4,3% en 2010. Es decir, la tónica es o quedarse donde se está o, en caso de desempleo, buscar apresuradamente entrar de nuevo al renqueante sistema.

Esa fue la primera reacción de Josep Hostau, de 42 años. Cuando las cosas empezaron a ir mal en la empresa en la que trabajaba como director de recursos humanos, le despidieron “porque era muy caro”. “Al principio sigues buscando empleo por inercia, pero sin demasiada emoción, pensando: ‘Uy, me voy a meter en lo mismo”, relata. Lo mismo es lo que Hostau llama “estar nominizado”. Es decir, arropado por la seguridad de un sueldo, pero, con el tiempo, atrapado por la rutina. O como él dice, “viviendo en el día de la marmota”. Así estuvo desde los 17 años hasta los 39: fue ayudante de mantenimiento; luego, ya licenciado en Psicología, le contrataron en el departamento de RR HH de El Corte Inglés, donde le hicieron fijo, hasta que decidió mudarse a una organización más pequeña. Corría 2008 y, ya casado y con un hijo, decidió asociarse en la consultora Integra-Consulting. “Tuve un gran apoyo de mi entorno y de mi mujer, por supuesto. No se puede hacer esto sin una persona a tu lado que no crea en el emprendimiento”.

Entre valiente y loco hay un amplio repertorio de calificativos que Mellado y Hostau han escuchado en los últimos tiempos. Casi siempre acompañados de la pregunta: “¿Precisamente ahora, con la crisis?”. Esta es la reacción actual. Cuando vivíamos felices instalados en el boom del ladrillo, la reacción era: “¿Estás loco? ¿Para qué? Olvídate y sácate unas oposiciones”. Los colegios, los institutos y las universidades forman burócratas, generaciones de padres han extinguido cualquier aventura empresarial de sus inconscientes hijos. Aquí nunca ha sido fácil emprender. Y quienes superan el miedo a fracasar -por lo general, un hombre de 36 años, con estudios superiores o universitarios, formación específica para emprender y nivel de renta alto- porque ansían la independencia laboral o mejorar sus ingresos se topan, según Juan José Güemes, presidente del Centro de Gestión Emprendedora del Instituto de Empresa, “con una burocracia y un marco legal que desincentivan”.

Es un verdadero duelo. Aspirante a autónoma versus funcionario. La heroína quiere darse de alta y el burócrata no está por la labor. Ella toma asiento. Él se sonríe. “Espere un momento”. Se sirve un café. “Te falta el impreso de Hacienda”. Tensión dramática. Lo tiene. Ella va sacando papeles cual ninja sin apartar su mirada de la del funcionario, que gasta sus últimos cartuchos. “Muy bien, rubita, tú te lo has buscado: fotocopia del DNI, número de cuenta… ¡doble fotocopia del modelo 036!”. De mala gana, acepta su derrota. Solicitud en curso. En apenas tres minutos, el cortometraje 036, de Juan Fernando Andrés Parrilla y Esteban Roel García Vázquez, resume la impotencia que se siente ante la maraña de trámites que requiere la Administración española. Según el informe Doing Business 2011, del Banco Mundial, aquí necesitamos una media de 47 días y 10 trámites para abrir un negocio. En los otros países de la OCDE, 13,6 días y 10 trámites bastan. Se han hecho algunas reformas, pero queda mucho. Alfredo Pérez Rubalcaba, candidato del PSOE a la presidencia -que ha anunciado que se va a “partir el pecho por los emprendedores”-, adelantaba que, de llegar al Gobierno, apostaría por “una fiscalidad más razonable y la reducción de trabas administrativas”.

Otro de los obstáculos tradicionales de los emprendedores es la financiación. Ahora, porque tenemos unas instituciones financieras que aún se lamen sus heridas, y antes, porque sus intereses estaban en otra parte. “Hasta hace poco, el mercado inmobiliario ha sido tan atractivo para los bancos que ha asfixiado al resto de iniciativas. Y en España hay pocas alternativas a los bancos. En otros países hay más mecanismos como los business angels o el mercado de capitales para pymes, entre otros, pero aquí están poco desarrollados”, señala Javier Andrés, catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia.

A la cantante madrileña Belén Arjona, la genética le ha concedido ojos azules, cabellera rubia y una incontestable cara de niña buena. Pero su vestido negro, sandalias con tachuelas, generoso eyeliner y moño envuelto en un pañuelo con estampado de leopardo contrarrestan esa candidez. No es de extrañar que sus influencias sean Janis Joplin, Ella Fitzgerald o Alanis Morissette.

Tiene 30 años y cuatro discos en el mercado. Y desde el principio le ha tocado vivir los vaivenes de la industria musical. Su experiencia con la multinacional que produjo sus dos primeros álbumes fue agridulce. “Cuando con 21 años firmé el contrato, fue muy emocionante, piensas que te vas a comer el mundo. Pero el primero coincidió con el fenómeno OT y el segundo acabó en un cajón”, explica. Harta, le pidió su carta de libertad al presidente de la compañía. En 2008 sacó su tercer trabajo con un pequeño sello que, paradójicamente, fue absorbido por Warner, y en 2009, tras un proyecto fallido, dijo basta: a finales de año se matriculó en un máster de gestión cultural y empezó a preparar un nuevo proyecto, Bel and the Boy, junto a John Lanigan. “Por fin puedo cantar y componer en inglés”. Y ni discográficas grandes ni pequeñas: ella se autoeditaría el disco. Solo necesitaba reunir 15.000 euros. “Iba a pedir un préstamo, a rehipotecar mi piso, pero afortunadamente percibí unos derechos de ejecución y con ese dinerito le di el primer adelanto al productor”. El resto lo consiguió haciendo traducciones, dando clases de inglés, haciendo bolos de todo tipo…

Antes tenía un equipo de seis personas trabajando con ella, ahora es una ejemplar mujer multitarea. Compone, interpreta, se encarga de la facturación de los músicos, de alimentar con novedades a sus fans en Facebook, Twitter, MySpace y Youtube… Pero nunca ha estado tan contenta. “Es más gratificante. Cuando fuimos al almacén a recoger las 1.000 copias que hemos editado de We belong here, me puse a llorar como una folclórica”, cuenta entre risas.

“Yo tengo una teoría”, anuncia José Manuel Pérez Díaz, alias Pericles. El asturiano es toda una autoridad en el mundo del emprendimiento: en los noventa impulsó Valnalón Educa, “una cadena de formación de emprendedores”, es miembro de Ashoka, la asociación de emprendedores sociales más grande del mundo, y ahora, ya jubilado, se dedica a difundir la palabra emprendedora.

“En todas las sociedades hay el mismo número de emprendedores por metro cuadrado. Simplemente en unas abundan más unas tipologías que otras. Somos una sociedad que no necesitó emprendedores económicos, pero sí tenemos emprendedores sociales e intraemprendedores porque, ojo, las grandes empresas están llenas de emprendedores, por eso funcionan”, concluye.

Esa es la respuesta que Juan Antonio Moriano, profesor de Psicología Social de la UNED, con más de diez años de experiencia en la investigación y formación de emprendedores, les da a los alumnos que le preguntan con insolencia: “Y tú, ¿por qué no tienes una empresa?”. Les dice que él se considera intraemprendedor, es decir, trata de innovar en su trabajo. Tiene claro que el emprendedor no nace, se hace. “Los primeros estudios sobre la materia que se hicieron en los años sesenta hablaban de una persona de alta motivación, orientada al logro, a la que le gustaba asumir riesgos, con una gran confianza en sí misma… La lista era tan larga que parecía Superman. Y lo cierto es que los estudios demuestran que las diferencias entre los emprendedores y quienes trabajan por cuenta ajena son mínimas”, apunta.

Quienes participan en este reportaje son un buen ejemplo de ello. Todos ellos han sido asalariados. Ahora son emprendedores. Incluso una mezcla de ambos. La gaditana Elvia Mesqui nunca se lo había planteado y, tras trabajar en el mundo del motociclismo, ultima la apertura de un segundo negocio animada por el éxito del primero, El Cofre Encantado, una tienda de bisutería y complementos; Roberto Teruel, que se autodefine como “un enfermo de los móviles” y trabaja en un distribuidor de Vodafone, ha convencido a sus amigos Fernando Pico y Fernando Pedrajas, abogado y farmacéutico, respectivamente, para que se embarquen en Movildinero.es, una empresa de reciclaje de terminales, y Marta Santacana cree haber encontrado la vocación buscada en el diseño de ropa y complementos infantiles. “Cualquier persona puede emprender”, insiste Moriano. “La clave no es la personalidad, sino las competencias”.

Pero en estos momentos, esa generación de jóvenes, la más golpeada por la crisis -la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre, publicada el pasado 29 de julio, reiteró un descenso de la ocupación en este colectivo, siendo los más castigados los que están en la franja de los 16 a los 24 años-, pero también la más propensa al emprendimiento -quienes más se arriesgan tienen entre 25 y 34 años, seguidos por los de 34 a 44 años, según el informe GEM-, ¿está preparada para saltar de la seguridad del empleo fijo a la incertidumbre del autoempleo? El sociólogo Enrique Gil Calvo es categórico. “No, porque durante siglos han sido animados a ser buscadores de rentas. Pero si la economía obliga a emprender, lo harán”. No se atreve a predecir cómo será su futuro laboral, pero sí su “presente a corto y medio plazo”: “Creo que las empresas van a deshacerse de los empleados fijos y contratar a profesionales freelance. Este tipo de empleo más libre, el del profesional urbano de clase media, que antes no abundaba, se va a ampliar y mileurizar”.

Un millón de emprendedores más. Esa es la cifra que, el pasado marzo, Mariano Rajoy, candidato del PP a la presidencia, aseguraba que eran necesarios para hablar de recuperación económica. “No he escuchado medidas demasiado concretas”, señala el economista Javier Andrés. “Pero creo que los políticos aciertan con el emprendimiento porque es una forma de crear riqueza movilizando el ahorro propio y el de los demás. En España necesitamos más personas que apuesten por la creación de empresas y la innovación, nos hemos dedicado de forma desproporcionada a la construcción y el agujero que la corrección de ese sector ha dejado en el sistema productivo se debe llenar con nuevas empresas o con las que ya existen pero arriesgan para crecer”.

Ese mismo día, Rajoy hacía otro llamamiento a la “reforma de la mentalidad de mucha gente que confunde al empresario con un señor ricachón que tiene un barco”. El propio Gil Calvo avisó antes de dar su punto de vista: “Yo tengo un prejuicio con la palabra emprendedor porque es un eufemismo de empresario, y que haya sido necesario buscar un eufemismo me resulta sospechoso”. Aunque tampoco es que le extrañe demasiado. “Aquí la figura del empresario que ha cuajado es la de ese señor que es capaz de dar un gran pelotazo. Es el ideal vigente: el empresario no como agente constructivo, sino como depredador y dilapidador que se aprovecha de una economía especulativa”.

Es una frase muy repetida en la retórica de las escuelas de negocios: a diferencia de EE UU, donde emprendedores como Steve Jobs o Bill Gates son verdaderos héroes, la sociedad española admira a los futbolistas.

“Quizá es por falta de ejemplos. Pero el deporte es una buena metáfora. Ahora, Mourinho y Guardiola son más admirados que sus jugadores, y los entrenadores son emprendedores, gestores, ese modelo ya empieza a cuajar”, argumenta. Pericles también se suma al optimismo. Cuenta que hace siete años, algunos institutos asturianos no les permitieron implantar los programas de Valnalón Educa “porque decían que sembrábamos el liberalismo. Pero ya no pasa, así que algo hemos mejorado”.

Aunque el emprendimiento también puede tener una cara B. “Hay que tener en cuenta que fomentar la actividad emprendedora supone a veces entrar en conflicto con un objetivo legítimo como es favorecer una distribución más equitativa de la riqueza. Hay que generar los incentivos adecuados para que quien se arriesgue y tenga éxito reciba el rendimiento adecuado y quien fracase disponga de más oportunidades. Y eso a veces implica que la sociedad se hace menos igualitaria en algún extremo. Por eso la elección social es difícil y es lógico que los políticos no se arriesguen a decir la forma concreta en la que van a favorecer esta actividad”, reflexiona Andrés. La clave -y aquí hay consenso- es que no basta con los incentivos y aligerar los trámites burocráticos, hay que educar. “En los sesenta no se había inventado la educación física, las madres incluso pensaban que el deporte era malo. Pero si no se hubiera introducido en el sistema educativo, no habríamos llegado a Barcelona 92″, señala Pericles.

Porque en las sociedades verdaderamente emprendedoras se toma la iniciativa no tanto por necesidad como por oportunidad. Como la arquitecta Irene Benjumea. Ella lo ha hecho por vocación. En realidad, vivía y trabajaba en Londres. En un estudio donde valoraba y valoraban su trabajo. Disfrutaba de condiciones laborales impensables en una España que enviaba en masa a sus arquitectos al Inem. Y decidió cerrar capítulo. “No concibo, en profesiones que tienen un componente creativo, trabajar siempre para otro. Siempre quise ponerme por mi cuenta”, explica. Por oportunidad. “Sé que puede entenderse como un suicidio profesional, pero estaba convencida de que de las crisis también surgen oportunidades para arquitectos que empiezan”. Y también por edad. “Tengo 33 años y me planteo ser madre en algún momento. Valoré que si esto no salía bien, mejor recular a los 36 que a los 42″. El Studio Ibu de arquitectura e iluminación nació en julio de 2010. Y no ha parado de trabajar. Tiene proyectos -eso sí, de pequeña escala, subraya- en Uruguay, Inglaterra, La Rioja y Madrid. Precisamente ahora, con la crisis.

Virginia Collera.
Publicado en: El País

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