Martes 27 de Septiembre del 2016
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¿Cómo es el amor?


Anatomía del amor.
Una mirada hace saltar la chispa. Nos hemos enamorado. Somos felices. Más que eso: estamos eufóricos. Pero ¿hombres y mujeres sentimos, y buscamos, lo mismo? ¿Cómo es nuestra pareja ideal? ¿Aún creemos en el amor eterno?
“El amor llena con su presencia el universo entero, mueve sus resortes y los hace concurrir a un admirable concierto”. Varios siglos antes de Cristo, Platón ya se admiraba de esa poderosa fuerza de atracción que nos empuja a besar acariciar, soñar, a ser optimistas y vitales, a caminar con otro, a fundir dos proyectos para construir uno solo.

El amor ha sido fuente de inspiración para poetas, novelistas, pintores y dramaturgos. Ha protagonizado obras maestras del cine. Se le ha fotografiado y cantado. Y ha sido estudiado por físicos, filósofos, químicos, biólogos, neurólogos y psicólogos.

Nacemos con capacidad para amar, según los científicos, y nos pasamos la vida buscando con ahínco a nuestra media naranja, esa persona con la que compartir el cóctel de ternura, sexo y amistad.

Una capacidad que se desarrolla muy pronto: en los meses de embarazo y durante los primeros años de vida. Y eso ocurre así en casi todas las culturas de nuestro planeta, porque el amor, según los expertos, es indispensable para sobrevivir. Es fuerte (Séneca), hace nacer el mundo (Octavio Paz). Es física y química (Severo Ochoa).

Cuestión de hormonas Cuando encontramos a esa persona que nos parece única, el corazón late más deprisa, las mariposas juguetean en el estómago y nos invade una sorprendente sensación de bienestar, de placer. Nuestra salud mejora porque se refuerza nuestro sistema inmunitario.

Todo gracias a “las endorfinas y otros mensajeros químicos que libera nuestro sistema hormonal. Son la recompensa química que nos premia, y nos ata, al proyecto a largo plazo que supone amar y criar a los hijos”, observa Eduardo Angulo, biólogo y profesor de la Universidad del País Vasco. Cuando lo perdemos, diversos estudios han puesto de manifiesto que los niveles de corticotropina –la sustancia bioquímica del miedo– aumentan en nuestro organismo (otros experimentos con animales establecen que en ellos se incrementa el cortisol ¬la hormona del estrés– al verse sometidos a una situación similar).

Y cuando una relación no va bien, el cuerpo también se resiente: un trabajo publicado en el 2009 concluía que unos índices elevados de oxitocina en sangre en mujeres y de vasopresina en los hombres son un biomarcador de que una relación flojea.

La ciencia, eliminado el componente romántico, lo tiene claro: somos organismos que necesitan amar, porque “estamos, desde la biología, obligados a reproducirnos y a transmitir nuestros genes, pues la evolución manda.

Y amar culmina en el éxito reproductor; nuestras crías nacen indefensas e inmaduras, hay que cuidarlas y educarlas durante mucho tiempo.

El amor mantiene unidos a los padres y hace posible el éxito de este proyecto a largo plazo. Quienes aman crían mejor a sus hijos, que, a su vez, llegan a adultos con más garantías de reproducirse. En conclusión, tienen un mayor éxito reproductivo”, describe Angulo.

Adiós al romanticismo Eufóricos, con el cuerpo lleno de hormonas correteando de un lado a otro y románticos boleros sonando en nuestro cerebro al tiempo que vemos fuegos artificiales mientras nos besamos, nos acariciamos o nuestras miradas se cruzan, hemos llegado hasta el siglo XXI. Millones de años después, la biología sigue empujándonos a buscar la pareja perfecta con la que reproducirnos, pero algo ha ocurrido en nuestros corazones.

Ya no vemos el amor igual, a veces hasta lo denostamos y etiquetamos como “una empresa”, como una construcción social que destruye nuestra identidad. Estamos cambiando el modo de amar y de concebir el amor. “Lo más prudente es hablar en términos de tendencia, en la que lo antiguo va languideciendo, sin desaparecer del todo, y lo nuevo va abriéndose paso, aunque no haya alcanzado la hegemonía absoluta.

La figura del amor que declina es la inspirada en una concepción romántica del amor, en la que se cifraba en una persona la expectativa de la felicidad y del sentido de la propia existencia, tendiéndose a dar por descontado que lo óptimo era encontrar a esa persona que, de forma tan mágica como misteriosa, estaba hecha para nosotros”, reflexiona Manuel Cruz, filósofo, catedrático de la Universidad de Barcelona y autor de Amo, luego existo.

Los filósofos y el amor (premio Espasa de Ensayo 2010). Hemos dejado de buscar a los príncipes azules y princesas rosas que nos esperaban a las puertas de cualquier palacio porque estaban destinados a cada uno de nosotros. Esa idea y la que nos conducía a creer a pies juntillas que encontrar el amor era la panacea de la felicidad, se están diluyendo en nuestra sociedad. Pensar que estar enamorado es el único camino que conduce a la dicha y que no poder estar sin el otro y hacerlo todo juntos –como decía la canción– es el secreto de una buena relación, ya no nos convence. Como ha dejado de seducirnos aquella versión del amor para toda la vida. “Los vínculos se fortalecen bajo dos condiciones: estabilidad y perdurabilidad. No vamos a invertir en un proyecto que se tambalea continuamente o que no garantiza su proyección futura.

Tal vez por eso decimos que el amor es eterno mientras dura. Y así debe ser, porque mientras se mantiene el compromiso afectivo contamos con esa persona y ella con nosotros.

Ya sabemos que un día puede acabarse, ono. Pero mientras eso no suceda, la reciprocidad y la lealtad serán fundamentales”, apunta Xavier Guix, psicólogo y autor de ¡Cuánto te quiero! (Aguilar Editorial).

Pasión en tiempo de crisis Creyentes del amor para toda la vida o partidarios del “amor de este momento de mi vida”, todos sentimos la misma e inigualable sensación de euforia cuando nos enamoramos. Pero a pesar de su fuerza y del placer que nos proporciona, los expertos aprecian que lo hemos ido arrinconando, que ya no hablamos de él, que lo eliminamos de la ecuación de nuestra vida pública. ¿Significa eso que amamos peor que antes? “Depende del modelo de amor que establezcamos, pero, por lo pronto, lo que parece claro es que en determinados espacios públicos el término amor aparece cada vez menos. No sé si amamos peor, lo que sí parece claro es que amamos menos”, precisa el filósofo Manuel Cruz. Y con la crisis azotando desde hace casi tres años, las tareas amorosas se nos complican. No sólo no hablamos de ellas, tampoco las practicamos demasiado ni con entusiasmo. Ante los pagos de la hipoteca, el miedo a perder el trabajo, la angustia de no encontrarlo y la incertidumbre ante el futuro, queda poco margen para el beso, la caricia y las palabras tiernas.

Algo que nos está pasando factura, porque el tsunami económico está dando al traste con muchas relaciones: “Las situaciones de crisis ponen a prueba tanto a las personas como sus relaciones. Esta crisis, sin duda, está en el origen de la destrucción de muchas parejas sometidas a una situación límite que no estaban preparadas para resistir.

Pero no es menos cierto que el amor se ha convertido en el último refugio ante la extrema dureza del mundo exterior”, analiza Cruz.

Eterno o fugaz, antídoto de la crisis o en ruina por derribo financiero, romántico o realista, no hay nada más fuerte que el amor verdadero, como decía Séneca. Y así lo vemos tanto los hombres como las mujeres. Aunque en esto, como en casi todo, también marcamos nuestras diferencias.

Cuerpo a cuerpo A la hora de elegir pareja, la biología tiene un peso importante y los objetivos de hombres y mujeres son diferentes. “El hombre, ante todo, intenta transmitir sus genes. Es un proyecto a corto plazo. La mujer debe criar a sus hijos y su proyecto es a largo plazo”, define el biólogo Eduardo Angulo. Un estudio de la Universidad de Texas pone de manifiesto que ellos se fijan en el cuerpo de las mujeres cuando buscan una relación pasajera, y en la cara si desean una larga. En la Universidad de Chicago se han estudiado las necesidades de ellas: cuando una mujer desea una relación temporal, prefiere hombres con rostros muy masculinos, sinónimo de altos niveles de testosterona. En cambio, para procrear prefieren caras más aniñadas: las formas más redondas y las barbillas pequeñas se convierten en señales de que a esos hombres les gustan los niños. Siguiendo estos patrones, muchos españoles pasarían toda su vida al lado de Angelina Jolie. Y muchas españolas lo dejarían todo si George Clooney les dijera “ven”. La mujer ideal para ellos es morena, de ojos verdes y delgada, lleva el pelo largo y mide entre 1,65 y 1,70 m. Prefieren una cara bonita a un buen cuerpo y una abrumadora mayoría elegiría a alguien más joven. Las mujeres, por su parte, sueñan con hombres morenos de pelo corto y ojos verdes. Se decantan por los que son bastante altos (entre 1,80 y 1,85 m) con los músculos poco marcados, elegantes y mayores que ellas (datos de una encuesta realizada en el 2010 por un portal de encuentros en internet a nivel europeo).

Objetivos claros Pero además de las cuestiones de piel, nos lanzamos en brazos de Eros buscando algo más: “La sexualidad, la amistad y el cuidado son tres condiciones que se insertan en un proyecto en común que le da sentido a la relación. Cuando falla uno de esos tres componentes la relación tiene otros objetivos, como la compañía, la mera amistad o los amigos con derecho a roce. El proyecto en común es clave para entender su naturaleza”, destaca el psicólogo Xavier Guix. Y dentro de esos planes de futuro, cada miembro de la pareja concreta sus prioridades. Las mujeres protegen la intimidad y los hombres son más dados a exhibir su amor. Ellas quieren ser escuchadas, compartir inquietudes y dificultades (nueve de cada diez españolas solteras desean que su pareja sea su confidente, según una encuesta de Match.com).

Buscan afecto y hombres que sepan mostrar el suyo. Reclaman mimos y cariño, aunque no soportan que su pareja intente resolver sus problemas. Los españoles, por su parte, adoran a las supermujeres (con una vida laboral activa y buenas amas de casa) desinhibidas en la cama y con un punto salvaje. Pero como no renuncian a su papel de héroes no les atraen las resueltas en exceso. Unos se hunden ante las negativas, otros se crecen. Ellas odian la pasión masculina por el fútbol y casi todos los deportes, que no ayuden en casa y el legendario desorden que los acompaña.

Ellos no soportan el feminismo, que los tomen por fontaneros y que las mujeres no acaben de decir con claridad qué quieren. Pero una abrumadora mayoría, a pesar de saberse de memoria el listado de etiquetas que definen a unos y otras –y según el II Estudio Europeo Parship sobre solteros y no solteros 2008–, desea una relación estable (sólo un 17% está interesado en una pasajera).

Fieles con reservas Aunque nuestro objetivo es encontrar a alguien para mantener una relación duradera y un 85% de los españoles tiene claro que si se ama de verdad se es fiel a la pareja para siempre, no le hacemos ascos a las legendarias canitas al aire. Quizás pensamos que nuestra pareja no es el amor verdadero o, simplemente, estamos convencidos de que una cosa es el amor y otra, muy diferente, el sexo. Según una encuesta elaborada en el 2009 por Parship, un 55% de nosotros se acostaría con otra persona si supiera que su pareja no iba a enterarse y un 40% lo ha hecho (aunque sólo un 14% de estos repetiría). Los expertos han calculado que un 60% de hombres y un 40% de mujeres han sido infieles alguna vez. Que ellos lo sean más que ellas ha llamado poderosamente la atención de los científicos. Hasta tal punto que hace unos años se descubrió el famoso “gen de la infidelidad masculina” o RS334. Por lo visto, su presencia era una señal de que el hombre en cuestión tenía una tendencia más acusada a buscar aventuras fuera de su relación. “Desde el 2008, cuando se publicó la existencia del primer gen de la infidelidad en un receptor de vasopresina, se han descrito otros: por ejemplo, en noviembre del 2010, en un receptor de dopamina.

Parece que hay algo, pero es más complejo de lo que se suponía. Y, por cierto, en cuanto al receptor de dopamina, no hay diferencias entre hombres y mujeres”, establece Eduardo Angulo. Aunque lo que está claro que el “no lo he podido evitar, la culpa la tiene el gen” no sería una explicación demasiado bien aceptada, especialmente si tenemos en cuenta que a un 71% de los españoles le resultaría insoportable que su pareja le fuera infiel. Y a pesar de que la genética puede tener su influencia, la infidelidad no se debe exclusivamente a ella. El peso de la base cultural en que se sustenta no admite dudas entre aquellos que la han estudiado. “Como seres culturales que somos, hemos ido elaborando el tema de la fidelidad, concluyendo que sale más a cuenta serlo que no serlo. Al final, acaba siendo una decisión, primero individual y, después, si de da el caso, de la pareja. Aunque es un tema polémico porque se mezclan en él evolución, cultural, control social y subjetividad”, puntualiza Xavier Guix.

Una visión diferente Que los hombres son más infieles que las mujeres es una idea aceptada por todos. Como también lo es que para ellos y ellas, la fidelidad tiene un significado y una aceptación diferentes. “La visión sistémica de la mujer y su forma de vivir la afectividad delimita el destino de sus infidelidades; es decir, tienen un para qué. Puede que en el caso de los hombres, el propósito no pase de la propia infidelidad”, matiza Guix. De modo tan diverso vemos el coqueteo y la aventura fuera de la relación, que incluso la biología explica el porqué: en nuestras visiones dispares tienen mucho que ver los proyectos de hombres y mujeres ligados a la reproducción. “El hombre quiere sexo y la mujer compañía para el futuro. Por lo mismo, hombres y mujeres aceptan de manera diferente la infidelidad.

El hombre no acepta que su mujer tenga sexo con otro hombre, no vaya a ser que ayude a criar los genes de otro. En cambio, la mujer no acepta el amor de su hombre con otra mujer no vaya a ser que lo pierda en el proyecto a largo plazo de la crianza de los hijos”, perfila Angulo. Tan fuerte es el peso de la evolución que cuando la infidelidad queda al descubierto, a ellos lo que más les irrita es imaginar a su mujer con otro en la cama, mientras que a ellas las martiriza pensar que puedan haberse enamorado de otra.

El mapa amoroso
– El porcentaje de hombres que buscan una simple aventura casi duplica al de mujeres. Italianos e irlandeses son los europeos más liberales y despreocupados en cuestión de amor y los que más se decantan por relaciones casuales.

– Los británicos son los más tradicionales y quieren una relación que acabe en boda. Franceses y belgas desean compromiso, pero sin matrimonio.

– En la cama, españoles, alemanes e ingleses prefieren una mujer que sepa lo que quiere. Los franceses y suecos prefieren a una pareja a la que le guste experimentar.

– Un estudio de la Universidad de Montpellier revela que ni hombres ni mujeres estamos con la pareja ideal. A ellos les gustaría más alta y más delgada. Ellas son más impredecibles: los preferían o más gordos o más flacos.

LOS NÚMEROS DEL CORAZÓN
60%
Las norteamericanas son más infieles que las españolas. Según un estudio, el 60% de ellas lo ha sido y un 90% declara no haber tenido remordimientos
5%
Menos de un 5% de mujeres españolas quiere que los hombres se dediquen casien exclusiva al trabajo
9%
Lo que más valoran los hombres europeos en una mujer es el sentido del humor, la ternura y el nivel cultural. Que una mujer haga deporte sólo es importante para un 8% y que esté delgada, para un 9%
41%
Un 41% de los españoles aprecia más que otra cosa la ternura de su pareja. Y un 32% quiere ‘supermujeres’ capaces de afrontar al mismo tiempo vida familiar y carrera profesional
64%
Un 64% de los españoles ha sido infiel alguna vez a su pareja frente al 46% de ellas.
50%
Casi un 50% de mujeres anhela un compañero que quiera tener hijos y que sea viajero (46,8%).
20%
Los españoles se casan en segundas nupcias un 20% más que las españolas
83%
Un 83% de los solteros y solteras europeos está interesado en encontrar una relación estable. Sólo un 17% busca una pasajera

Carmen Grasa.
Fuente: ES-La Vanguardia

2 comentarios

  1. Llum Responder

    Muy interesante y real.

  2. Emme Responder

    Muy buen articulo, la verdad es que es muy interesante :)

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