Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Una nueva buena vida


La buena vida.
La crisis y los cambios de valores están provocando un auge de los grupos de la buena vida, un fenómeno que está renovando el movimiento neorrural y empieza a arraigar en sectores urbanos. Jóvenes sobradamente preparados han optado por dar un giro en su vida dando portazo al crédito, al consumo desmedido y al derroche de materias y energía. Han descubierto que el paraíso no era tener un empleo de asalariados trabajando ocho horas al día, sino que el bienestar personal puede estar en una casa en el campo compartiendo proyectos colectivos y dedicando más tiempo al ocio o las actividades culturales y asociativas. Su economía es básicamente no dineraria y, aunque optan por poner límites al consumo por motivos ambientales, creen que eso no impide transitar un camino hacia la felicidad.

Un grupo de ocho jóvenes residentes en Barcelona de varias nacionalidades (cuatro chicos y cuatro chicas) acaban de trasladarse a Can Flor, una vieja casa rural de Santa Maria de Martorelles (Vallès Oriental). La vivienda está por reformar, pero el modesto escenario colma sus aspiraciones. “Nuestro ideal de vida es trabajar 25 horas a la semana en el mercado laboral y dedicar más tiempo a las actividades más artísticas, a la relación personal y a la autoproducción, algo que también forma parte de la creatividad”, dice Rubén Suriñach, que trabaja en la revista Opcions,dedicada al consumo responsable.

Marta Galán, una joven gallega que estudió ingeniería, comparte con otras nueve personas la masía Can Piella (La Llagosta), una construcción del siglo XVII que estaba casi destruida. El grupo ha transformado este viejo lugar derruido y abandonado en una isla rural donde disfrutan de la naturaleza cuando no tienen que ir a trabajar a Barcelona de vez en cuando. “La huerta este año ha sido una explosión. Es algo mágico. Yo aún estoy intentando entenderlo”, dice bromeando.

La filosofía del decrecimiento ha revitalizado el movimiento neorrural asentado en la trastienda metropolitana. Gilad Buzi, un israelí norteamericano, cultiva la finca La Torreta de El Masnou, un terreno agrícola encajonado entre una promoción de viviendas por vender y la fábrica textil Dogi. Su sueño era vivir del cultivo agroecológico, ya ello se ha dedicado en cuerpo y alma. En diciembre tuvo sus primeras cosechas. Viste una impecable indumentaria de campesino colono. “Me gusta mi trabajo. Siempre he pensado que era importante fomentar y crear espacios agroecológicos cercanos a la ciudad para proporcionar alimentos de proximidad”, señala Buzi, quien recibe esta mañana a los miembros de un grupo de consumidores que le harán la compra directa, en su campo y sin intermediarios.

El movimiento neorrural y, en general, el deseo de regresar al campo para vivir en grupo o recuperar actividades productivas se inició en los años setenta en paralelo a la crisis del petróleo.

El goteo desde entonces no ha cesado; pero ahora es un fenómeno masivo, según ÁlvaroPorro, miembro del Centre de Recursos i Informació en Consum. Es la apuesta renovada que pone en valor la relación con la naturaleza para recuperar otra forma de vida: otro paradigma del bienestar.

Los nuevos grupos de la buena vida toman como referencia los valores de los primeros neorrurales. Adoptan grados diversos de autoproducción y formas muy diversas de vida comunitaria. Pero incorporan elementos nuevos, comunitaria. Pero incorporan elementos nuevos, como el énfasis en la agroecología o la alianza con cooperativas de consumidores urbanos, que compran al neopayés sin intermedios. Y en el intento de huir de modelos mercantilistas, cultivan productos agroecológicos, pero no sólo buscando el certificado oficial (que garantiza que no se han usado insecticidas o plaguicidas), sino que prescinden de los circuitos tradicionales de semillas (multinacionales), fomentan la recuperación de variedades vegetales arrinconadas y ofrecen a las cooperativas de consumidores cestas de productos frescos de temporada. “Hay una clara oposición a la industria agrícola tradicional. Buscamos una acción colectiva transformadora”, dice Guillem Tendero, coordinador de la Alianza para la Soberanía Alimentaria de Catalunya, que aglutina a los grupos y entidades que trabajan en la producción, consumo, distribución y la investigación en agroecología, uno de los epicentros de estos círculos muy activos en red.

El nuevo modelo de relación entre consumo y producción lo representa, por ejemplo, la asociación de Xicòria, que trabaja en una finca de dos hectáreas cedida en Montblanc (Conca de Barberà). El grupo ofrece por diez euros una cesta semanal de seis productos con variedades vegetales de semillas recuperadas; cocina platos ecológicos de temporada para grandes grupos y fomenta la educación ambiental, explica Anaïs Sastre.

Buena parte de los nuevos grupos de la buena vida han tomado como referencia la comunidad de Can Masdeu, en Collserola (Barcelona), un laboratorio de los modos de vida basados en una economía no monetaria desde hace 10 años. El grueso de las actividades consiste en tareas de autoproducción (alimentos), reparación (bicicletas), rehabilitación (casa), reutilización (materia orgánica para los huertos) o van destinadas a compartir artículos con otras personas del entorno (aceite…). El grupo sólo dispone de un coche para sus 25 miembros, lo que se aviene con la idea de compartir para reducir consumos e impactos ambientales. No obstante, la mayoría de ellos desempeñan otras pequeñas actividades laborales remuneradas, que les permiten pequeños ingresos (no más de 300 euros al mes).

“Los límites en Can Masdeu no son un sacrificio, porque recibimos mucho a cambio. No es una compensación económica, sino la contrapartida de unas relaciones sociales más ricas”, dice Arnau Montserrat. Este tipo de experiencias son seguidas por investigadores de las universidades españolas. “Can Masdeu representa una aportación en innovaciones frugales, es decir, soluciones que tienen como objetivo desarrollar maneras de producir y consumir menos. Estas personas reconocen e incluyen en su modo de vida los límites que suponen la disponibilidad de recursos, materiales o energía. El resultado de todo ello es la reducción del consumo o de residuos”, señala Federico Demaria, del grupo de investigación del decrecimiento de la UAB. Reparar, compartir o intercambiar están en el eje de los grupos de la buena vida. Gastan poco en comida; suelen vivir en casas cedidas o de alquileres bajos, y gastan muy poco en medicinas. “Comen productos ecológicos y viven en un entorno natural. Sus jornadas de trabajo empiezan a la 10 de la mañana, y pueden disfrutar de una vida con un ritmo más lento”, dice Demaria.

“El decrecimiento propone una respuesta a la crisis con una reducción de la magnitud de sistema económico. No es algo futurista, sino práctico. Persigue un nuevo paradigma que no utiliza tanta energía y tantos materiales para ser sostenible ambiental y socialmente.

Su meta es que la gente pueda sentirse bien, que tenga relaciones respetando sus tiempos, para no tener tanto estrés”, dice Demaria. “Por lo que se ve, el crecimiento no funciona; al menos para estos jóvenes”, agrega.

Erik Gómez Baggethun, investigador del departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid, destaca la aportación de estos grupos a la idea de recuperar espacios naturales que sufren un grave riesgo de desaparecer en los ámbitos metropolitanos por estar encajonados entre infraestructuras e industrias. Este anhelo de humanizar las ciudades se ve reflejado en la popular consigna Bajo el asfalto están los huertos.

Antonio Cerrillo.
Fuente: La Vanguardia

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