Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Moderar la felicidad, los pesares y la melancolía también forman parte de la vida


Tanta alegría me va a hacer mal…
Vivir en estado de felicidad permanente es, más que un síntoma, un mandato de esta época. Entonces, cualquier bajón resulta patológico. Pero bloquear la melancolía y acortar los duelos tiene sus riesgos…
Ser feliz es una de las mayores búsquedas humanas y en los tiempos que corren se ha convertido en un mandato. Una verdadera industria se montó a partir de la premisa de estar felices a toda costa y todo el tiempo: medicamentos, libros de autoayuda, sesiones de coaching, talleres que enseñan a reír, espectáculos y contenidos de entretenimiento.

En un mundo diseñado para caras sonrientes, no hay resquicio donde se puedan colar los pesares o la melancolía.

Sin embargo, algunas voces comienzan a alzarse contra la compulsión a la alegría. Ed Diener, coautor del libro Rethinking Happiness (Repensando la alegría) advierte que “con la felicidad ocurre lo mismo que con la riqueza: una vez que se alcanza un nivel moderado, cualquier incremento no genera mayor satisfacción, sino que puede ir en contra del rendimiento laboral, la motivación y la participación comunitaria y política”. Una persona enteramente satisfecha no sentirá la necesidad de esforzarse por mejorar su vida y su entorno, advierte este profesor de la Universidad de Illinois y autor de numerosos estudios sobre el bienestar y su relación con el temperamento, la cultura y el nivel de ingresos.

Diener no está solo en su alegato. En The Loss of Sadness (La pérdida de la tristeza) Allan Horwitz y Jerome Wakefield también alertan sobre la tendencia a ver cualquier bajón anímico como depresión. Horwitz, decano del Departamento de Ciencias Sociales y del Comportamiento en la Universidad de Rutgers, y Wakefield, profesor de Trabajo Social en la Universidad de Nueva York, acusan a la psiquiatría actual de diagnosticar y medicar como trastornos depresivos situaciones de pena normal causadas por la pérdida de una relación, un trabajo o un problema de salud.

En los Estados Unidos, el 10% de la población toma antidepresivos. Más de la mitad de ellos no lo hace por problemas anímicos graves, sino para superar pequeños malestares con los que podría seguir funcionando socialmente, aunque tal vez con menos alegría.
En la Argentina, los medicamentos para el sistema nervioso (entre los que se incluyen antidepresivos y ansiolíticos) encabezan las ventas de la industria farmacéutica, con una facturación, en el primer trimestre de este año, del orden de los 640 millones de pesos, según el Indec.

Sobre diagnostico
Sin menospreciar la incidencia devastadora de la depresión en las sociedades modernas -la Organización Mundial de la Salud estima que será la segunda causa mundial de bajas laborales en 2020-, numerosos estudios alertan acerca del sobrediagnóstico de esta enfermedad.

En 2008, los resultados de una investigación realizada durante 15 años por científicos de la Universidad de New South Wales Australia en 242 pacientes, revelaron que a tres de cada cuatro se les diagnosticó depresión cuando en realidad atravesaban un proceso de emociones negativas normales.

Del mismo modo, un estudio de la Universidad de Nueva York publicado por la revista Archives of General Psychiatry en 2007 concluyó que una de cada cuatro personas diagnosticadas como depresivas padecía un desasosiego generado por un golpe emocional reciente.

“No se puede ser feliz con el corazón roto -advierten Horwitz y Wakefield-, hay ocasiones en las que la tristeza no sólo es una reacción normal, sino saludable.”

Para el psiquiatra argentino Ricardo Rubinstein, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, “cuando se atiende a un paciente sin tomarse el tiempo necesario, se corre el riesgo de un diagnóstico incorrecto y de medicar sin que la persona realice el proceso natural de duelo”, admite. Según el mismo profesional, “los fármacos crean un estado artificial en el que la persona se sobreadapta y termina obligándose a estar bien, cuando su situación anímica no se lo permite. Se tapa el problema, el conflicto no termina de elaborarse y esto después complica la conexión que el paciente establece con nuevas situaciones de su vida”, advierte el especialista.

Sin contar casos de diagnóstico errado o automedicación que llevan al abuso de psicofármacos, muchas personas inhiben la expresión de la tristeza por razones sociales o culturales, lo que a la larga puede devenir en una depresión mayor o patologías físicas.

“Nuestra cultura reprime las lágrimas como signo de manipulación y debilidad”, advierte la psicóloga Adriana Guraieb, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Sin embargo, “ya Sigmund Freud advertía sobre su función de descarga -catártica- y terapéutica, ya que la persona se relaja luego de llorar”.

En tanto, la no exteriorización del llanto “puede relacionarse con el incremento de estrés, trastornos de ansiedad, úlcera intestinal o asma”, señala un estudio de la Universidad Johns Hopkins. Este trabajo muestra que los individuos que no manifiestan sus sentimientos son más propensos a experimentar angustia y tensiones internas, y tienen 16 veces más posibilidades de sufrir cáncer que quienes se caracterizan por su expresividad. Otros numerosos estudios revelan que quienes contienen sus sentimientos alteran el funcionamiento de su sistema inmunológico y son más propensos a contraer infecciones.

También hay quienes atribuyen a los estados de ánimo bajos una función evolutiva de supervivencia, ya que al obligar a un repliegue sobre uno mismo se evitan posibles peligros, al tiempo que son un indicio de la necesidad de ayuda. “En general, uno es más reflexivo y crítico cuando está triste o de mal humor que cuando está contento”, enfatiza Diener, el autor de Repensando la alegría.

Ya lo dicen Los Auténticos Decadentes: “Tanta alegría seguida me va hacer mal./ Y así, pasa el tiempo, gira el mundo/ Y sigo siempre igual.”
Los beneficios de la alegría y el buen humor en la salud han sido comprobados en numerosos estudios científicos. Hay trabajos que vinculan los estados de ánimo positivos con un menor riesgo cardiovascular, de enfermedades oncológicas, un mejor manejo del estrés, menos trastornos del sueño y hasta mayor expectativa de vida.

Elogio de la melancolia
No obstante, una investigación comandada por Diener, el psicólogo de Illinois, advierte que “niveles constantes y altos de felicidad atentan contra la motivación de mejora”. Lo comprobó a través de una encuesta en la que personas que se consideraban muy felices tenían en promedio menores niveles educativos, de ingresos y de participación en actividades benéficas o sociales que aquellas que se declaraban moderadamente felices.

Es cierto que los estados de ánimo como la tristeza y la melancolía no gozan de prestigio. Sin embargo, una nueva corriente de la psiquiatría está comenzando a revalorizar estos sentimientos “no positivos”. Es más, adjudican a cierta dosis de melancolía y descontento un impulso vital y creativo. Artistas, científicos e intelectuales destacados han padecido períodos de tristeza: Franz Kafka, Ludwig van Beethoven, Vincent Van Gogh, Woody Allen y Bruce Springsteen crearon parte de sus obras desde el dolor. ¿Y qué sería de nuestra música rioplatense sin la melancolía?
Al fin de cuentas, la vida tiene sus matices. Sus momentos de alegría, pero desánimos. Sin unos, no podríamos percatarnos y disfrutar de los otros. La pretensión de vivir todo el tiempo en el éxtasis de un parque de diversiones amenaza con convertir nuestra existencia en un continuo gris, sin altibajos, como el que describe Aldous Huxley en su Mundo feliz, donde las personas acuden al soma para perpetuarse en un estado de alegría y conformismo.

EMOCIONES CONTENIDAS
La incapacidad severa de identificar y expresar emociones -sean éstas positivas o negativas- se denomina alexitima (del griego, sin palabras para los sentimientos; a: sin; lexis: palabra, léxico; timio: afecto). Este trastorno es más frecuente en los varones (8%) que en las mujeres (2%) y genera afecciones físicas como migrañas, trastornos gastrointestinales, palpitaciones, con las que frecuentemente confunden sus estados de ánimo. El síntoma físico reemplaza en estos casos la emoción que no logra aflorar.

TRISTEZA NORMAL VS DEPRESION
Según el manual DSM IV, sobre el que psicólogos y psiquiatras basan sus diagnósticos de desórdenes mentales, cinco o más de los siguientes síntomas, cada uno con presencia casi a diario, corresponden a un cuadro depresivo.
1. Tristeza o sensación de vacío la mayor parte del día, por autorreferencia o la observación de otros. En los niños y adolescentes, el estado de ánimo puede ser irritable.
2. Disminución del interés o de la capacidad para el placer en todas o casi todas las actividades, la mayor parte del día (según refiere el propio sujeto u observan los demás).
3. Aumento brusco o pérdida del apetito, o cambios de peso importantes (más del 5%) en un lapso breve (un mes).
4. Insomnio o hipersomnia.
5. Agitación o enlentecimiento psicomotores.
6. Fatiga o pérdida de energía.
7. Sentimientos de inutilidad o de culpa excesivos o inapropiados (que pueden ser delirantes).
8. Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión (ya sea una atribución subjetiva o una observación ajena).
9. Pensamientos recurrentes de muerte (no sólo temor a la muerte), ideación suicida recurrente con o sin un plan específico para suicidarse.

No obstante, muchos de estos síntomas pueden darse normalmente -y es saludable que así sea- tras una situación de pérdida o duelo: ruptura amorosa, falta de trabajo, accidentes traumáticos, problemas de salud propios o en el entorno.
Existe consenso entre los especialistas de que un duelo normal lleva entre un año y un año y medio. Más allá de ese lapso, la persistencia de la tristeza debe dar origen a una consulta profesional. En muchos casos, la medicación es de mucha ayuda para restaurar el orden químico del cerebro y equilibrar el ánimo. Pero nunca debería tomarse por cuenta propia.

María Gabriela Ensinck.
Fuente: www.respuestasaladepresion.com – La Nación

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