Domingo 25 de Septiembre del 2016
Google+ Pinterest
sponsors 1; 2; 3; 4

La evolución humana, la historia más grande jamás contada


El thriller de la evolución.
La historia humana se inició hace unos seis millones de años en Africa. Pero, ¿cómo hicieron monos velludos que vivían en los árboles para llegar a ser las personas modernas del siglo XXI?
La evolución humana es, quizá, la historia más grande jamás contada. Se inicia en un pasado imposible de conocer y continúa misteriosamente los siguientes cinco o seis millones de años. ¿Es un thriller, una epopeya o una comedia de situaciones? No hay sobrecubierta, no hay página de títulos ni dedicatoria ni agradecimientos.

Falta casi todo el texto, fuera de la expresión ocasional, la frase o el párrafo, aparentemente sacado al azar de la gran narración de seis millones de años. Si la historia de la humanidad es un solo volumen, entonces lo único que sobrevive es la última página.
Cada tanto, los académicos encuentran no obstante otro pedazo fosilizado de la narración faltante, entra un nuevo personaje, y el argumento adquiere un nuevo giro. Algunas cosas están claras: la historia comenzó en Africa entre 5 y 7 millones de años atrás, con el último ancestro común de dos especies de chimpancé y de Homo sapiens sapiens. Charles Darwin calculó todo cuando empezó a contar la historia en El origen del hombre (1871). “Descubrimos así que el hombre desciende de un cuadrúpedo velludo y con cola, probablemente de hábitos arborícolas y habitante del Viejo Mundo”, escribió.

Los antropólogos coinciden en la conexión hombre-mono. El acuerdo se traduce en los libros publicados en los últimos 40 años: El mono acuático, El mono desnudo, El tercer chimpancé, El mono hablante, Nuestro mono interior, El mono pensante, El mono en el espejo, Los monos cazadores, El mono que habló y El mono artificial.

Todos estos libros constituyen intentos de trabajar hacia atrás, desde lo que somos ahora hacia lo que tal vez fuimos. El hecho de que zoólogos, antropólogos y paleontólogos puedan escribir tantos libros con la palabra “mono” en el título nos dice dos cosas. Una es que siendo tan escasas las pruebas existe libertad para encuadrar cualquier hipótesis favorita acerca de qué hizo a los humanos diferentes. La otra es que la conexión humano-chimpancé es tan evidente que no hay otro lugar donde empezar.

Primero, el parecido familiar: los chimpancés luchan por el estatus, vocalizan, se comunican, juegan a la política, usan subterfugios, muestran agresión, rechazan a los de afuera, se higienizan y se apoyan unos a otros, se traicionan entre sí y recurren a la violencia o el chantaje sexual para salirse con la suya. Los chimpancés exhiben una conciencia de sí mismos, habilidad para razonar y una captación de los números. Los chimpancés son omnívoros oportunistas que también fabrican y usan herramientas para ganar, y grupos de chimpancés en la naturaleza tienen tradiciones y formas distintas de hacer las cosas que transmiten de generación en generación. Es decir, los chimpancés tienen cultura. Los chimpancés y los humanos tienen un parentesco genético tan cercano que comparten casi el 99% de su ADN.

Los victorianos los llamaban “monos parecidos al hombre”. Los científicos y los observadores del siglo XX empezaron a referirse a los hombres como monos desnudos. A comienzos del siglo XXI, son tan estrechos los paralelos entre las especies que algunos taxonomistas y ecologistas comenzaron una campaña para cambiar el género chimpancé de Pan a Homo.

Sin embargo, el chimpancé africano es una especie en peligro, del que quedan quizá 150.000, mientras que la población humana está al borde de los 7.000 millones. La implicación es que, hace mucho tiempo, los antepasados más primitivos de los humanos también vivían en grupos sociales pequeños, y cooperaban y competían por recursos en los bosques y la sabana. ¿Por qué los humanos se volvieron tan diferentes: bípedo, erguido, sin vello, con una fuerza limitada, mandíbulas débiles, espaldas débiles, cabezas incómodamente grandes y cerebros con un córtex cerebral cuatro veces más grande que el del chimpancé?

La historia se complica
Durante décadas, el linaje evolutivo convencional fue simple: un mono que se arrastra se yergue, evoluciona hasta convertirse en una bestia velluda bípeda, luego en bestia velluda erguida con un hacha de mano y, finalmente, en humano sin vello con BlackBerry. Esta es la escala de la teoría de la evolución humana. Hace mucho tiempo que la desecharon.

Descubrimientos en Africa –un fémur por aquí, un fragmento de calavera por allá, una pelvis, cada tanto un esqueleto parcial, un conjunto de huellas fosilizadas en antiguo barro volcánico– revelan una imagen más de confusión que de dirección: un florecimiento de criaturas más o menos simiescas o parecidas a los humanos, algunas de ellas posiblemente antepasados directos, algunas de ellas probablemente primos que siguieron un linaje paralelo, todos tratando de llevar adelante una vida de subsistencia en un Africa muy diferente millones de años atrás. Los fósiles aparecen en Sudáfrica, Africa oriental, Etiopía e incluso el Sahel. Tienen nombres genéricos como Sahelanthropus, Ardipithecus, Orrorin, Australopithecus, Paranthropus y Kenyanthropus, y sus restos fueron desenterrados del polvo, de la piedra y de sedimentos de barro asentados hace 3 millones, 4 millones y 5 millones de años.

Hace dos millones de años, las criaturas que llevan el nombre genérico de Homo comienzan a aparecer en el registro fósil: Homo habilis, Homo ergaster, Homo erectus y con ellos aparecen herramientas de piedra elaboradas, hachas de mano, objetos para astillar y cortar. Prácticamente ninguna de esas reliquias humanas está completa. A los paleontólogos les gustaba decir en una época que se podía trazar todo el registro fósil sobre una mesa, o empacar en un juego de equipaje Gucci, pero ya no es así. Lo cierto es que incluso 2 millones de años atrás, el linaje humano comienza a verse como un monte donde las especies brotan en todas las direcciones.

Y entonces la historia pasa a complicarse de verdad. En algún punto, los primeros humanos se levantan y empiezan a moverse. Se diseminan. Empacan sus hachas de mano, abandonan Africa y comienzan a colonizar Oriente Medio, Europa y el sur de Asia. Y hay más de una emigración salida de Africa: primero Homo erectus o algo aún más primitivo, y después, mucho más tarde, Homo sapiens. Y continúan diferenciándose en nuevas especies. En un momento en la historia humana, alrededor de 40.000 años atrás, los humanos modernos deben de haber compartido el planeta con otros cuatro primos humanos por lo menos: Homo erectus, los Neandertales, un humano extraño de cerebro pequeño hallado solamente en la isla de Flores en Indonesia, cariñosamente conocido como el Hobbit; y en el último tiempo, la especie X: un linaje genético humano aparte identificado en 2010 sólo por el ADN extraído del hueso de un dedo hallado en una cueva siberiana.

¿Qué fue lo que dio a los primeros humanos su “levántate y anda”? ¿Por qué los humanos desarrollaron cerebros grandes y piernas largas? ¿Los primeros humanos móviles deberían clasificarse como buscadores de asilo, empujados de su tierra nativa por el cambio climático? ¿O fueron migrantes económicos, en busca de oportunidades mejores en Europa y Asia abiertas de par en par?

Es el cerebro, estúpido
Los cerebros son artículos caros, como los llaman los biólogos: el cerebro humano en reposo consume 20% de la ingesta calórica diaria. En otras palabras, a los cerebros hay que alimentarlos. De modo que un cerebro grande y ávido sólo se vuelve valioso si ayuda a producir aún más comida y mayor seguridad. Entonces, ¿el cerebro más grande fue una mutación genética que produjo gradualmente una ventaja selectiva en la lucha por la supervivencia? ¿Y cómo pasaron los humanos de pensar en estrategias de recolección de alimentos a pensar en taxonomía, evasión impositiva y Twitter?

La historia del cerebro grande posiblemente comenzó en los árboles. Los primates con hábitos arbóreos que buscan alimento en grandes extensiones en la bóveda parecen saber qué es bueno para ellos: a menudo ignoran las provisiones fáciles y van a buscar alimentos especiales. Parecen tener una idea de una dieta balanceada –hojas ricas en proteínas y frutas con elevadas calorías y no demasiada fibra– y se los ha observado seleccionando deliberadamente plantas con propiedades medicinales. Todo esto requiere una memoria funcional, un mapa mental que establezca adónde ir y qué buscar. Según un estudio al menos, los primates que cazan en altura y abajo por comida de calidad tienden a tener cerebros más grandes.

Comienza luego la historia humana en algún punto con el cambio climático: en un continente más frío y más árido, las criaturas que habían sido arborícolas tuvieron que empezar a explotar la tierra boscosa y la sabana. Era claramente una ventaja pararse y caminar en dos pies, para ver más lejos, para tener una mano libre y cargar a un bebé. La unión de pareja –amor y matrimonio para los no biólogos– ya es un rasgo evolutivo y el macho bípedo podía ir más lejos a buscar comida para su familia, y traerla de vuelta.

“Darwin sostuvo que el bipedalismo liberó las manos”, dice Chris Stringer, responsable de orígenes humanos en el Museo de Historia Natural. “El afirmó eso hace 150 años y todavía se mantiene. Pero hay otra visión que vale la pena considerar: podría haber empezado en los árboles. Los orangutanes, por ejemplo, caminan bípedamente”. Para conseguir forraje más sabroso, los orangutanes caminan junto a las ramas, sosteniéndose de ramas aún más altas, de modo que posiblemente hubo un largo período en el que los miembros primitivos de la familia todavía no humana caminaron en la superficie y vivieron en árboles.

Y aproximadamente en esa época, el tamaño del cerebro comenzó a aumentar. Hay nuevos retos, nuevas oportunidades, nuevos alimentos para probar y nuevas dificultades para superar. En las últimas tres décadas, los investigadores han sacado a relucir una serie de ideas acerca de cómo pudo haberse desarrollado la historia humana. ¿Los homínidos empezaron a desarrollar cerebros más grandes porque perdieron la mayor parte de su vello corporal? Un humano sin pelos con talento para exudar transpiración corría menor riesgo de recalentarse; piernas más largas mejoraban la relación superficie/volumen y mantenían el cerebro fresco; y como bonificación, garrapatas, piojos y otros parásitos no tenían dónde esconderse.

¿O los homínidos se volvieron libres de desarrollar cerebros más grandes porque los músculos de sus mandíbulas empezaron a encogerse, permitiendo que el cráneo se expandiera? ¿Los primeros humanos empezaron a desarrollar cerebros aún más grandes porque se volvieron cada vez más corredores de resistencia que podían llegar a una res antes que las hienas y los buitres, y arrancar una nutritiva comida de carne, grasa y médula? ¿Los humanos empezaron a pararse metiéndose en el agua y a nutrir cerebros más grandes con dosis altas de proteína de peces y moluscos?

¿Los humanos descubrieron el uso del fuego hace millones de años, mucho antes de la colonización de Europa? Cocinar hizo que las plantas fueran mucho más nutritivas y a la vez más fáciles de digerir; eliminó infecciones y patógenos de la carne y aportó provisiones mayores de energía por bocado. Los dientes, las mandíbulas y los tractos digestivos pudieron achicarse y los cerebros pudieron así agrandarse. ¿Los humanos desarrollaron cerebros más grandes debido a que era necesario un circuito neuronal extra para entender las demandas de la vida social y cooperativa?

“Creo que mucho en nuestro cerebro en realidad tiene que ver con trazar un mapa de las relaciones, y leer la mente de nuestros amigos y enemigos; ¿qué están haciendo? Hace falta mucha capacidad de procesamiento para hacer bien eso”, dice Stringer. “Si usted empieza a cazar animales, tiene que pensar mejor que ellos, y eso impulsa el desarrollo de una capacidad mayor de procesamiento y de una memoria más grande. Pienso, por lo tanto, que el cerebro social y el consumo de carne fue clave en eso”.

El gran éxodo africano
En cierto modo, de esta mezcla de millones de años de comida, miedo y compañerismo de cazadores-recolectores en Africa, surgió el lenguaje complejo. El humano que pudo estructurar la oración “Esperá detrás de esa roca al final de la barranca que voy empujando el ciervo hasta ahí” demostró conciencia de causa y efecto, de geografía, de zoología, de estrategia, de cooperación para mutua ventaja futura. En alguna parte de esa oración también está el germen de la primera obra para dos actores, el primer juego de computadora y la primera historia de aventuras.

Sin embargo, no hay historias nítidas para contar respecto del primer éxodo de la patria africana. Una vez más, la evidencia es fragmentaria, a veces provocativamente ambigua, y caprichosamente escasa. Pero es suficiente como para confirmar la presencia de especies humanas primitivas en Georgia, en España, en Portugal, en Alemania y Gran Bretaña ya 800.000 años atrás, y también en Oriente Medio y en el Sur de Asia. Los primeros migrantes tal vez fueron expulsados por el cambio climático, o debido a la competencia por los recursos o el deseo de algún lugar nuevo. Después siguieron los cazadores-recolectores, y al desaparecer las presas de caza, siguieron adelante. Lo único que debían hacer estos primeros migrantes era abrazar la costa: primero subiendo por la costa occidental del Mar Rojo y luego bajando por la costa de Africa.

Y en el transcurso de esta gran aventura, los migrantes cambian. Aparecen especies nuevas, y con ellas, nuevos comportamientos. Los Neandertales son los primeros que entierran formalmente a sus muertos. Y mucho tiempo después, aparecen los humanos modernos. Una vez más, la historia comienza en algún lugar de Africa, nadie sabe con certeza dónde, y una vez más, hace por lo menos 60.000 años –y quizá, según pruebas enigmáticas recientes de herramientas en piedra descubiertas en Arabia, de hace ya 125.000 años– una nueva especie humana comienza a abandonar Africa y a diseminarse por el planeta, a través de toda Europa y Asia, y luego finalmente sobre las llanuras áridas heladas que con el tiempo serán el Estrecho de Bering, hasta Alaska y luego toda América. Los humanos modernos son todavía cazadores-recolectores, pero existen pruebas de hace unos 30.000 años de tecnologías sofisticadas en base de piedra, hueso y caparazones. Usan agujas, decoran con ocre, crean obras de arte asombrosas, agregan ornamentos y exhiben una idea de religión –pruebas de todas estas cosas acompañan a los fósiles humanos–. En Europa, estos recién llegados viven junto a los Neandertales, cazan los mismos animales, recogen las mismas semillas y frutos. Existen pruebas recientes de que –en algún lugar en el capítulo europeo de esta historia– los humanos modernos y los Neandertales deben de haberse cruzado, pero en otros aspectos, los Neandertales parecen ser una especie diferente.

Mucho antes del final de la era de hielo, los Neandertales y todas las otras especies humanas que han recorrido el mismo camino desaparecen juntas, dejando a los recién llegados solos en su tipo y en posesión indiscutida del planeta.

Tim Radford
Fuente: The Guardian-Ñ/Clarín

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>